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ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ


PESCADOR DE SONRISAS

Para Jorge


No podrás recordar nunca esta tarde

feliz como tu padre

viéndote conducir el coche eléctrico

de juguete en el patio.

Nunca verás, sino en fotografías,

tu hermoso pelo rubio cubriéndote la frente,

mi pequeño y travieso pescador de sonrisas.

Ni tú ni yo sabemos dónde van a llevarnos

con su soplo los años,

o cómo nos veremos después de la tormenta.

Desde luego no así,

no como ahora,

tan ajenos al peso de la vida y tan libres.

Ni siquiera este apunte, que no describe nada,

servirá para mucho.

Sólo aspiro a que un día, pese a todo, recobres

parte de este momento,

al menos una lámina desprendida de pronto

de la simple alegría.

***


MEMENTO MORI


Los sabios nos recuerdan que la muerte

da sentido a la vida,

que si amamos, sentimos o reímos

se debe a que, algún día, todo habrá terminado,

se habrá cerrado el círculo y al fin conoceremos

la última anotación del pergamino.

Lo dicen los filósofos y Borges,

los gurús de culturas muy lejanas.

La muerte de la que hablan no es la nuestra,

sino la medieval de los grabados,

unos huesos con túnica y guadaña.

Ellos piensan en Séneca recostado en su tina

o en Hamlet escuchando los clarines de Fortinbras.

La muerte es el final, pero de un libro,

el último estertor de un personaje.

De la otra, de la ausencia que te hace ser un alga

incolora en el fondo del más puro silencio,

de la muerte que infunde el pánico y te empuja

como un perro furioso contra el mundo,

de esa saben muy pocos.

De Nuestro sitio en el mundo.

***


ODISEA 2.0


Ulises se ha quitado la vida esta semana.

Lo encontraron tendido sobre un banco

de los Campos Elíseos.

Eos bajó a cubrirlo con su peplo

de lluvia y hojas muertas.

No tuvo que cegar a Polifemo

para ser invisible.

El audaz Odiseo,

que se zafó de Antífates,

el que no temió a Escila ni a la fuerza

de los hijos de un dios, descansa ahora

frío bajo un extraño sol de invierno.

Lo llorará en un pueblo de Mali su Penélope.

La bella Circe ríe todavía

en un rincón perdido de Instagram.

No queda mucho para que Atenea, la de brillantes ojos,

se muestre ante Telémaco y lo anime

a atravesar el mismo mar incierto.

En la casa de empeños sigue el arco

sin que lo tense nadie.

Dicen que, enloquecidas, las sirenas

aullaron en Montmartre toda la noche.

***


ES POESÍA


Esto no es una crítica de arte ni una instancia formal ni una pintada

en un viejo vagón de cercanías.

Esto no es un eslogan de la tele ni un aforismo zen ni un tatuaje

en el durazno blanco de tu pecho.

Esto no es un apunte en el diario ni un mensaje de wasap ni una cita

de misticismo anónimo en un muro.

No es la plegaría hueca a ningún dios ni una ecuación ni un mantra de liturgia.

Tampoco es una noche en la masmédula.

Esto no es la excreción de algún cantante ni un desahogo lírico. Es poesía.

Si no te hace temblar, olvídala. Si no te hace sentir afortunado

portador de un secreto inconfesable,

no malgastes tu tiempo.

***


VERDE


Tú envidia la dureza mineral del diamante,

la rigidez y el filo del acero;

yo admiro el tallo verde de los juncos

que guardan la ribera.

Si el viento silba, bailan su canción;

si el agua se desplaza, ellos la buscan.

Quien quiera que se vista con el gris de la roca,

que yo prefiero el verde flexible de los juncos.

Vivir es claudicar. Quien vive sabe

que las piedras se parten en esquirlas,

mientras el junco oscila y bebe y sueña

que ese verdor es suyo para siempre.

Que otro envidie la pobre dureza del diamante,

que yo prefiero el verde flexible de los juncos.

Cada vez que se doblan suena un canto

de amor sobre la tierra.

De Bailando en la azotea.

***


ENCONTRARÁS DRAGONES

(Para Vega)


Despertarás muy pronto al llanto y a la risa,

a los primeros golpes, y más tarde

estallará en tu boca el don de las palabras

como el jugo agridulce de la fruta mordida.

Te invadirá el asombro, tuyo ya para siempre,

ante el enorme lienzo de este mundo esperándote.

Aquí tienes el cuerpo que nació de nosotros,

del amor y la sangre,

y en él te guardaremos como al cristal más frágil.


Pero, a pesar de todo, encontrarás dragones.

Será el regalo amargo que habrás de abrir tú sola.

Aún es pronto y descansas dentro del vientre líquido,

pero tarde o temprano, encontrarás dragones.

Aunque, antes, mucho antes, perseguirás palomas,

el perro cariñoso te lamerá la cara


y querrás ser sirena y nadar con los delfines.


Pero la vida tiene lugares más funestos,

y en sus aguas violentas encontrarás dragones.

Entonces ten en cuenta cómo fuiste engendrada,

cómo entre los primeros temblores de tus células

ya habitaba el amor. Nunca lo olvides.

Recuérdalo, hija mía, cuando encuentres dragones.

Y será tu coraje distinto de los otros,

porque nació tu cuerpo del amor y la sangre,

y en él te guardaremos como al cristal más frágil.


Porque el mundo no es solo este lienzo que espera,

debes tener presente cómo fuiste engendrada.

Recuérdalo, hija mía, cuando encuentres dragones.

De Los signos del derrumbe.

***


ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ

(Albacete, 1978) es autor de los libros de poesía El camino de vuelta (Pre-Textos, 2012), Insomnio (Fractal Poesía, 2013; Origami, 2015) Las hojas imprevistas (Ayto. de Alhaurín el Grande, 2014), Los signos del derrumbe (Hiperión, 2014), Estado líquido (La Isla de Siltolá, 2017), Nuestro sitio en el mundo (Eolas Ediciones, 2020) y Bailando en la azotea (Renacimiento, 2023). Ha recibido los premios “Antonio Machado en Baeza”, “Arcipreste de Hita”, “Antonio Gala”, “Antonio González de Lama” y “Tiflos”, entre otros. Es licenciado en Filología Hispánica y máster en Edición por la Universidad de Salamanca y trabaja como profesor de Lengua castellana y Literatura en un instituto de educación secundaria de su ciudad. Algunos de sus poemas, traducidos al inglés, han aparecido en revistas de Estados Unidos como Osiris Poetry, Asheville Poetry Review, Connecticut River Review o Cimarron. También en aquel país ha publicado Signs of Collapse (New York, Clare Songbirds Publishing House, 2018), la versión inglesa de Los signos del derrumbe, a cargo de Jorge Rodriguez-Miralles. Como dramaturgo, ha estrenado las obras de teatro La entrevista (2018) y El camino de los elefantes (2024), editadas en un solo volumen por Chamán Ediciones en 2024.

ALEJANDRO CÉSPEDES


UNO


Lo que se nos presenta como nuestro 

es una alegoría del olvido.

El calor de un asiento que acaba de dejarse,

su radiación, su irse, su desvanecimiento suavemente.

Dice Marcel Duchamp: «infraleve, adjetivo,

no hacer nunca de ello un sustantivo».

Los infraleves son también las distintas apariencias

de aquello que se muestra como idéntico.

Cualquier analogía es infraleve, vuelve a decir Duchamp.

Es eso imperceptible que difiere en lo producido en serie.

Lo que queda en el molde de la pieza copiada,

la ausencia que ha emigrado de uno a otra.

Es lo que se ha escondido debajo de su aspecto. 

Lo mismo y lo distante. 

Lo correcto y lo enfermo. Lo arrugado y lo recto.

Lo que ansía lo plano de cuando fue rugoso.

Lo que cada uno envidia cuando lo tiene el otro.

El ruido que se duerme en brazos del silencio, 

su despertar de golpe.

Las cajas de zapatos y su olor a humedad,

ese moho que vive sobre las fotos muertas,

la oscuridad de la que se alimenta.

Las perlas de un collar en blanco y negro

que aún tienen que esperar a otro poema

para existir después de ser escritas.

La gratuidad de lo que apenas pesa.

El tiempo es un objeto. El objeto y su causa es infraleve.

La sombra de la aguja que marca los segundos.

Infraleve es la tela de una araña,

pero grave el insecto que tropieza con ella.

También lo son los ecos de su vuelo,

el recuerdo del vuelo mientras muere en la araña.

El dorso de lo simple y la complejidad de lo que es cierto.

El viajero que pierde en el último instante su tren es infraleve. 

La mirada de aquel que espera su llegada en el destino

y ve el tren alejarse y el andén vacío. 

El aire que despiden los huecos de las puertas giratorias.

El veloz intercambio entre lo que se ofrece a una mirada

y lo que permanece en la retina.

Lo que queda del mundo durante un parpadeo.

El roce de los párpados encima de la córnea.

El instante indecible en que algo se olvida.

Esa fugacidad de lo impensable

en la gravitación de lo pensado.

Aquello que sucede cuando ya no se espera

y se pierde al instante por azar o por miedo.

El calor que genera el propio miedo.

El vapor del aliento sobre el frío

mientras alguien se muere en otra parte.

Las dos expiraciones buscándose en el aire.

La lluvia, cada gota que pasa delante de los ojos.

La gota que en el suelo se reúne con otras. 

Ese momento mágico del líquido que se estrella en lo sólido

y se esparce en astillas más pequeñas.

La inefabilidad que hay en lo sólido 

cuando danza en el polvo sobre un rayo de sol. 

Toda separación es infraleve y grave.

Lo que se pierde es un infraleve.

También a veces es lo que se gana.

La teoría cuántica aplicada a la ausencia, 

la superposición, eso que hace posible 

que tú sigas aquí después de haberte ido,

la existencia sincrónica de dos formas opuestas. 

El maullido del gato en la caja de Schrödinger

muerto y vivo a la vez, igual que todos.

La transparencia es en su cualidad inaprensible un infraleve.

La oquedad que en el aire va dejando una bala 

mientras busca a su víctima. Las plumas liberadas 

por ese proyectil que alcanza a la paloma,

su viaje por el aire ya sin dueño.

El aire de Madrid metido en una caja 

que se envía a Uruguay con una dirección que ya no existe

mientras alguien la espera en Buenos Aires.

Lo que queda en la lengua después de una palabra venenosa.

El veneno que absorben los oídos 

en el reverberar de esa palabra.

El fluir de la savia por el tronco.

La amargura de un árbol que se tala.

El olor a resina de su alma.

Lo que se ve aumentado en una lupa.

Todo lo que es minúsculo y ahoga.

La mirada de un niño en un escaparate de juguetes.

El cristal, la ventana, el dentro/fuera.

La mano en el cristal. La mano en el cristal.

La mano en el cristal que va a empañarse

al principio de la FRACCIÓN 15.

Lo que el cristal de esa ventana absorbe 

mientras se está mirando lo que hay fuera… 

                                                                y se va.

Lo que se queda dentro sin poder traspasarlo. 

El vaho que se fija a las ventanas,

la humedad que se escurre por el vidrio,

el surco de la gota que recorre dos mundos empañados.

La mano en el cristal. La mano en el cristal.

El llanto que divide el vaho en dos extrañas 

islas de inexistencia. 

El nombre que se escribe con la yema del índice

en una de esas islas separadas.

El irse diluyendo de los trazos.

El pájaro y la jaula, 

los pájaros huidos, 

la jaula sin el pájaro.

La oscilación del palo que conserva el impulso de la huida.

El vaivén de la puerta de la jaula.

Lo que existe, sin verse, entre lo que se elige y se rechaza. 

Toda caricia es un infraleve, 

el distinto gradiente de sus temperaturas.

Lo que aún sobrevive en el espejo 

justo cuando dejamos de mirar.

Verte desembarcar sobre la noche unánime 

contra todo pronóstico mientras sueñas que late el corazón, 

el corazón que sueña que funciona

mientras late en el sueño de otro corazón.

El corazón y su latido unánime 

y postrero e inútil...

El hueco de tu rostro encima de la almohada

después de haberte ido.

El contorno de un perro que persiste en la hierba

tras haberse tumbado. La hierba incorporándose 

tan sosegadamente de forma imperceptible.

La sombra que desea perdurar sobre el suelo

después de que la flor fuese cortada.

El hueco que se sigue imaginando lleno. 

Una escalera con los peldaños rotos. 

Los recuerdos del pie que la ha subido.

El humo de las llamas que la queman.

La decisión de hacerla prescindible.

El paisaje que está fosilizado 

dentro de los ladrillos de una ventana tapiada.

El olor del café que se escapa en la orina.

Los sueños de grandeza de un seto recortado

y la satisfacción de las tijeras.

Los recuerdos del hueso de una sepia en la arena,

su añoranza del viaje y de la hondura.

El amor esculpido en un cuerpo de mármol,

las lágrimas halladas en un bloque de hielo

extraído a la fuerza de un glaciar que se funde.

La implacable tendencia a la inexactitud de las balanzas,

las dudas permanentes que tienen sus agujas

antes de decidir dónde posarse, la indecisión, 

el tiempo y el espacio en el que oscilan,

las posibilidades que engendra el titubeo.

Lo que ocurre detrás de lo instantáneo. 

Lo que ocultó ese instante en su afán de ser visto.

Lo que anhela ocurrir mientras se evita.

Los sueños de los fetos que se abortan.

El llanto que tenían ensayado 

cuando viesen la luz por vez primera.

La fuerza del arrastre de un «te quiero».

La relatividad que curva su materia

y hace un nudo en la luz que lo traspasa.

Todo lo que resulta incalculable

y, sin embargo, nos da nuestra medida.

Lo que queda en nosotros de lo que ya perdimos.

La lucidez que nubla a los suicidas…

La certidumbre de saberse muerto

en el instante previo a ya no saber nada.

Ese momento prístino en el que te das cuenta 

de que no es necesario saber nada.


Si hubiera una razón para morir, ¿sería esa razón un infraleve?



*Del libro Los infraleves, ediciones liliputienses (2023)


***



ALEJANDRO CÉSPEDES


Licenciado por la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Oviedo, es poeta, gestor cultural y crítico literario (El Mundo, Cadena Ser, La Cultura de Madrid, Círculo de Bellas Artes, etc.., con una destacada trayectoria en la poesía contemporánea desde 1980, publicando desde entonces:
El lenguaje de las cosas mudas, Premio Internacional de poesía Centrifugados-San Gil (Ed. Lilipuetienses. 2025); Los infraleves; Soy Lola Jericó, Premio Iberoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez; Cazadores de icebergs; La infección de lo humano; El aliento del klai, Premio de la Crítica de Asturias; Las caricias del fuego; Voces en off; Topología de una página en blanco; Flores en la cuneta, Premio Jaén de Poesía; Los círculos concéntricos, Premio Blas de Otero y Premio de la Crítica de Asturias; Sobre andamios de humo, poesía reunida 1979-2008; Hay un ciego bailando en el andén; Las palomas mensajeras sólo saben volver, Premio Hiperión; James Dean, amor que me prohíbes, Premio Navarra de poesía y Ángel González; La noche y sus consejos, Premio Internacional de Poesía Ciudad de Lanjarón. Ha publicado también 4 plaquettes. Sus obras han sido incluidas en once ocasiones en las listas de los 5 mejores libros del año por diarios y revistas de ámbito nacional (ABC, El País, El Mundo, El Español, Público, El Ciervo, etc. Es editor de la obra poética de Luis Sepulveda: Disparos al aire (Madrid. Visor. 2023); O caçador descuidado. Poesia Reunida (1967-2016) (Oporto. Porto editora. 2023); Istruzioni per il viaggiatore. Poesie (1967-2016), (Milán. Guanda Editore. 2022); y Grecia (Atenas. G. MIRESSIOTIS & Co. - OPERA EDITIONS).


ENLACES


TODO SOBRE EL AUTOR, aquí está la mayor parte de su obra publicada en lectura y descarga gratuitas:  www.alejandrocespedes.com


VÍDEOPOESÍA: https://www.youtube.com/@alejandro.cespedes/videos


POESÍA ESCÉNICA:


1.- Voces en off, la invención del espacio, Carmen Teatre (Festival Vociferio, Valencia)

https://www.youtube.com/watch?v=t4rt6_FV76Y&t=84s


2.- El aliento del klai (Fragmento), Teatro Palacio de la Audiencia (ExPoesía-Soria) https://www.youtube.com/watch?v=l6dWd8Hr0Bo&t=173s


3.- El aliento del klai (espectáculo completo): Paraninfo de la Universidad Complutense de Madrid, Festival Poesía y Teatro. https://www.youtube.com/watch?v=cZWMRtYP8-E&t=786s


CINE-POESÍA: 

Las caricias del fuego: https://www.youtube.com/watch?v=OROWzH1i0gs&t=1033s