La doble pena de volver a contarlo todo es una extraña sinopsis de sucesos vívidos y de agudas reflexiones sobre la creación que Pablo Queralt despliega en cada una de las páginas desde una búsqueda intencionalmente instintiva, como queriéndonos decir “aquí está lo que quiero decir, sin puntos ni comas”.
BIENVENIDOS!!!!
El misterio de escribir una historia distinta - Por César Bisso
ALEJANDRO ZAPATA ESPINOSA
Cúntina
Morirla en pleamar o subconjunto
las ondas fallecientes en represa
cuenco del fondo lora
los pozos del gorjeo
la boca a la desaparición
del prófugo y su guisante
el croar tácito del colon
su minera axila en arpegio
desagüe y convecina mies
a lo hondo de lo afín
esa es el destete que ulula
el índice del viaje en concubinato
los trocadores que vengan
la cripta del pozo
glóbulo estallado
la costumbre de la mazorca
abriéndose en grita y en tallos secos
en la especie de lenguas
y lazo insecticida que inflige
el coco azul
la mosca madre.
Aguas Calientes, febrero 15 de 2026
***
Íntino
La trastienda para moscardones robados
cuéceme de remolinos en tejer vaso o grumo
la costera pare
que no es más un huésped
sino fanal y campanada
evidencia del gorgoteo por carburadores
una maña personera y los restrictivos loros
el totálico arrume de enseres
cancelaron la agenda y su repartidor
siempre en contra lo médano
la fauce en tapir
gusto de fabricantes y cucañas
donde nadie revele al negro José
el abierto portalón
la órbima del enclaustre.
El Carmen de Viboral, febrero 16 de 2026
***
Nolo
Pasta un grisero
la queja de la enamordada
arazón hermano
blotones de chocolate
dónde uno encaminarse el regaloso
frescuras de valle
invita a participar en la delánima
y contriste las alamenas
el vaserón lleno de clienques.
El Carmen de Viboral, febrero 16 de 2026
***
Abredura
Entorpece el resabio
una de las gangas maromas
y el silencio se enturbia
con el traquear
sobre las carnes del acopio
léxica y aguachenta
un pitido
y en la principal se desviven
arancelado más lo torero
llama para el candor de ingles
en toda la bramadura
que ofrece el litoral
y al mastín de los pacatos
las nueve no cierra sin propina
es menester buscarla
en los campales
o en la tierra que se llevó
la uña de una muleta.
El Carmen de Viboral, febrero 17 de 2026
***
ALEJANDRO ZAPATA ESPINOSA
(Itagüí, Colombia, 2002). Licenciado en Literatura y Lengua Castellana (Tecnológico de Antioquia) y maestrando en Educación (Universidad Santiago de Cali).Mentor de la Universidad EAFIT y miembro del Comité Editorial de Contacto Literario (Armenia, Colombia).
Ganador del Premio Mundial de Literatura Aldo Samuel Cavero Galimidi, Federación Mundial de las Artes, la Literatura, la Paz y la Cultura (Perú, 2025).
Blog Archivo Cantera:
FRANCISCO URREA PÉREZ
CHAMPÁN Y MORTAJA
En lunas de lobos grises
nos sabemos, cercanos y malditos,
en ese maltrecho desvarío,
donde libélulas de cianuras flamas
combustionan sangre emancipada.
***
COBRE
Congelado en tu grito
luces combativo
entre el acero y el ladrillo.
Inadvertido en tu existencia.
Glorificado en tu muerte.
¿Fuiste un coloso?
***
SECUESTRADO
Con el sol te sepultaron vivo
en las sombras de la nada.
Pronto cremarán tu recuerdo y las cenizas, sin alas,
te llevarán al olvido.
Del libro Sumario de olvido (2020)
***
LOS PASOS HUNDIDOS
Voy a entregar un epitafio a mi pecho
capaz de verter ahí sordas lejanías
Regar la soledad ya blanca
y florezca pronto el olvido
sobre el zaguán emplumado.
***
COMO UN FARO VESTIDO DE ETERNIDAD
Mella el paso
Encontrarme cara a cara con mi otro rostro
como si ese espejo mirase el paso ya anónimo
se deambula en las profundidades de los mismos ojos
de pronto francos y quizá marchitos
Son los ojos del otrora con la mirada traída del infinito
como muriéndose en el tajo de la arena.
***
SAINETE DE FIN DE AÑO
Las muertes de seres cercanos
fueron librando el sainete de fin de año
de los abrazos ociosos
con el presagio de ser el último abrazo
Y la muerte sigue y sigue abrazando
con su cruda verdad teñida de alborada
con su chapín ad portas del ocaso.
Del libro Grito de faro (2020)
***
FRANCISCO URREA PÉREZ
Escritor colombiano.Más de una veintena de obras componen su legado literario a la fecha.
Ha sido publicado en Europa y América Latina.
Es cofundador de Toská Editorial.
DIONY SCANDELA
YEI
Mateo seguía arrodillado ante la tumba de su esposa. El reverendo Fullerton leía unas líneas del Salmo 121; ambas figuras, como dos cactus en el desierto, parecían hacer juego con aquel camposanto del Arizona. La tarde trajo los recuerdos de una vida pasada llena de violencia: donde Mateo Estévez cumplió su rol de forajido del Viejo Oeste; junto a Bartolo «Apolión» Beans, líder de una peligrosa banda que violó, asesinó y exterminó condados en nombre del Mal. Fueron años sangrientos donde el hombre blanco y los pieles rojas sufrieron por igual.
Con la muerte de su esposa (a manos de Bartolo), Mateo Estévez buscó refugio en Dios, acercándose a la Iglesia Bautista del reverendo Horace Fullerton. El pastor, con algo de influencia en los tribunales redujo la pena de Mateo a dos años de servicio social. Barrer las calles, limpiar las oficinas de algunos diputados y cuidar las tierras del gobernador era mejor que pudrirse en una cárcel del Arizona.
Fullerton, quien veía en Mateo al hombre pecador en búsqueda de redención, se acordó de aquellos años antes de ser pastor en los que él mismo fue maleante también. Luego echo a mirar un montículo situado a pocos metros, parecía emitir ligeros destellos.
-A veces no entiendo, reverendo ¿Cómo Dios me libró de una vida de violencia quitándome a mi esposa?
El reverendo cerró su Biblia y miró al horizonte: una polvareda se veía.
-El Señor trabaja de formas muy misteriosas.
Mateo comenzó a llorar mientras sacaba de su chaleco una foto de su querida Brunilda. El sol se fue colocando naranja como despidiéndose de la llanura; Fullerton colocó su pálida mano en el hombre del mexicano. La herida seguía intacta.
-No solo tienes a Dios en tu vida, también tienes a un amigo, Mateo.
La polvareda en el horizonte traía seis siluetas. Seis jinetes, todos ellos hombres de Bartolo «Apolión» Beans. No habían olvidado vengar el acto de traición a la banda de maleantes: el haber renunciado a la violencia. Bartolo respondió con el asesinato de Brunilda Estévez; y todo el pueblo fue testigo de aquel suceso atroz.
«Treinta días han pasado desde que aconteció todo. Ahora han venido por mi cabeza» pensó Mateo.
A lo lejos, las campanas de la iglesia del pueblito anunciaban las seis de la tarde; Bartolo detuvo su cabello a escasos metros de Mateo y Fullerton. Los otros cinco jinetes daban vueltas alrededor del pastor y el mexicano. La banda estaba integrada por gringos y mexicanos, pero Bartolo era una mixtura entre USA y México; a pocos metros de la escena, el pequeño montículo que sobresalía de entre la arena parecía brillar de forma inusual. Antiguo lugar de rituales navajos, quienes adoraban a un misterioso dios lagarto. Un espíritu protector que muchos juraron ver de medianoche.
Bartolo bajo de su negro corcel. El rostro casi desfigurado, el bigote tupido y la nariz aguileña hacían juego con sus ojos azules; un enorme sombrero beige hacia juego con su gabardina negra. Esbozando una sonrisa que dejaba al descubierto tres dientes de oro:
-¡Maldito seas, Mateo! ¿Es verdad lo que están diciendo? Te estas refugiando en la iglesia, junto al pastor para librarte de mí. Cobarde malnacido.
Los otros miembros de la banda comenzaron a reír. Uno de ellos se acercó al reverendo Fullerton y lo golpeó con la escopeta.
-No veo a Dios ayudándole, pastor. Aquí en el Oeste no hay más Dios que Bartolo «Apolión» Beans.
El reverendo intentó levantarse pero Bartolo le asestó una patada en las costillas. Mateo seguía rodeado por los hombres del forajido; en aquella parte del Viejo Oeste era muy común ver relámpagos al caer la noche, pero Bartolo y sus hombres, tan paranoicos y supersticiosos se alarmaron al ver que la forma del rayo trazaba la letra «S» ¿Qué era aquello? Mateo Estévez tenía entre sus brazos a un inconsciente reverendo Fullerton. Sobrevivirá pensó.
Los hombres de Bartolo seguían idiotizados, observando el ocaso con relámpagos en forma de «S». Pero el líder, con ansias de matar a su antiguo matón, buscaba enlazar a Mateo como si fuera ganado.
Un pequeño movimiento sísmico y, de entre la tierra del desierto surgió un ejército de cadáveres vivientes: seres encorvados de rostros huesudos, piel lacerada y cubiertos de gusanos. Algunos con rostros desfigurados por impactos de balas; indios, vaqueros y forajidos así como víctimas inocentes caídas por manos de maleantes. Los hombres de Bartolo apenas pudieron sacar sus pistolas, pero la carnicería fue inevitable y la tierra recibió la sangre de los bandidos.
Mateo seguía con la cabeza gacha. Espantado, vio al único sobreviviente de aquel exterminio: Bartolo «Apolión» Beans. Petrificado como la mujer de Lot en la Biblia.
El desgraciado sostenía el revolver apuntando a un punto imaginario del horror. Como si buscara a tientas un digno adversario.
-Bartolo…-susurró un perturbado Mateo.
«Bartolo Beans» dijo una voz siniestra en la noche. El maleante subió a su caballo pero, el equino era ahora una negra y hórrida bestia de los infiernos; el criminal corrió en dirección al montículo. Desde allí profirió amenazas e injurias contra Mateo y el reverendo.
La voz susurró el nombre del criminal, posterior a un tétrico silbido. Entonces, con una brisa helada que movió hasta los cactus del desierto la noche fue testigo de otro evento:
Un grande y abominable lagarto surgió de entre el montículo (ese mismo que adoraban los navajos); la cuadrúpeda bestia tenía una enorme protuberancia en la espalda, era verde, escamosa y con la cabeza similar a la de un ternero. Mateo creyó escuchar a la bestia pronunciar el nombre de «Bartolo».
El forajido, con manos temblorosas disparó y falló. Los siguientes siete disparos parecieron hacerles cosquillas al lagarto; ágil como una serpiente fue hasta donde estaba Bartolo y le arrancó la cabeza, para luego convertirlo en su cena.
Los muertos vivientes regresaron a la tierra. El montículo abrió su boca y, el gran lagarto se hundió cual grillo de tierra, en las fauces de lo Desconocido. Mateo escuchó ocho campanadas en la iglesia del pueblo. Una brisa fría revolvía el polvo del Oeste; allí mismo el mexicano oró. Fullerton despertó y Mateo lo ayudó a levantarse, mientras observaban la luna llena que coronaba el cielo de Arizona escucharon un coro de indios navajos en la negra noche.
Lo cierto es que aquella noche fue testimonio para un sermón dominical: los lugareños decían que aquel suceso fue una venganza de los Yei, espíritus protectores de los navajos. Estos guardianes castigaban a quienes osaban profanar terrenos sagrados.
Pero el reverendo Fullerton y Mateo Estévez sabían que aquello fue algo más trascendente: la ira del Todopoderoso sobre aquellos que blasfemaban de su santo nombre. A semejanza de un castigo bíblico, y la muerte de Brunilda Estévez fue vengada de la manera más sobrenatural posible.
Arizona.1911
DIONY SCANDELA
Escritor aficionado nacido en Venezuela, el 3 de julio de 1993. Iniciado formalmente en la escritura con la novela "Perros de la Prehistoria", autor de varios cuentos y relatos, siendo los mas conocidos "Zorobabel", "Alienación", "La abominación desoladora" y "Al Dios no conocido"; reconoce en sus trabajos influencias de Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga y Dan Brown. Cristiano convencido, es fiel lector de la Biblia. Actualmente dirige la Revista Paladín, un fanzine dedicado a la literatura de género.
JULIA ZELIS DE ERCOLANI
LA VIDA
Rueda la vida y entre un mar de anhelos
Debe el hombre buscar solo el camino
Sin ahogar la pasión en negro vino
Ni mezclar la ilusión con los desvelos.
Sin detenerse a ver oscuros cielos
Buscar la luz que alumbra al peregrino
No cometer jamás el desatino
De desafiar al sol con negros velos.
La vida es una rueda que te lleva
A buscar plenitud en las estrellas
Sin ver que es ilusión la que te eleva.
La vida es un crisol de cosas bellas
Es sol abrasador que en torno nieva
Una llama de luz entre centellas.
***
ENTRE LUCES Y SOMBRAS
Esa luz que me guarda desde lejos
Es sombra que me apena en este día
Teje en mi entorno cruel melancolía
Que dan a vivir sueños añejos.
Los años que viví son años viejos
Que llevando en su entorno rebeldía
No avalan prepotencia ni osadía
Porque son del ayer sólo reflejos.
Pero la sombra crece y me lastima
Agranda en mi interior las ansiedades...
Y me pregunto ansiosa... ¿Quién la anima?
Tal vez en mi vivir... Las soledades
Son sombras que a las penas las arrima
Apagando la luz con realidades.
***
A MIS HIJAS
Si él se inclina al azul no busques rojos
que perturben su paz y la armonía
de saber que entre dos florece el día
y no hay lugar de angustias o de enojos.
Que al mirarte en el fondo de los ojos
no encuentre entre rubores la falsía
entrega tu alma limpia sin la fría
expresión del que miente sin sonrojos.
Mirá que el tiempo pasa y duramente
pintará mil arrugas en tu frente
y él no verá ya en ti la más hermosa.
Pierden su luz los ojos del que miente
más si tu amor lo mira consecuente
siempre serás para él... perfume y rosa.
***
LA GATA NICOLASA
Cuando se acerca la noche
nunca tiembles pequeñin
es este mago fantoche
que está tocando el violín.
Cuando llega la mañana
bañando de luz la casa
el sol baila en la ventana
con la gata Nicolasa.
***
PLEGARIA DEL NIÑO NEGRO
Niño negro que te duermes
amparado en tu negrura
ángeles blancos en sueños
te acosan con su blancura.
¿Porque? si eres solo...un niño
pequeño tanta tortura
si eres tan blanco por dentro
y tu sangre es roja y pura
como es puro el cascabel
de tu risa y tu ternura.
Pequeño niño los hombres
blancos con tanta cordura
hoy desatan contra ti
la hiel vestida de albura.
Pequeño niño no llores
mira al frente con brabura
pequeño negrito...hombre
es tu sangre ardiente y pura.
***
JULIA ZELIS DE ERCOLANI
PREMIOS EN ESPAÑA DURANTE EL AÑO 2025
*Primer Premio en el Décimo Concurso Literario de Poesía “Viajes”
*Mención Especial en el Noveno Certamen de Sonetos “Francisco de Quevedo”
*Mención Especial en el Once Certamen de Poesía “Reloj de sol”
*Mención Especial en el Once Certamen de Sonetos “Charles Baudelaire”
*Mención Especial en el Once Concurso Literario de Sonetos “Un bargueño para mis cuentos”
ANA ROMANO
Agustina descorre
Ondula una gata
recorre el surco
mordisqueando lilas
Agustina
descorre cortinones
la tela raída
arrincona telarañas
El colchón propicia estornudos
y un indescifrable titubeo
acosa el desamparo
que la ampara.
***
Algo
Prende la impaciencia
en el templado rostro
mordisquea
el insomnio
Ahuecada, algo ella
se persigna.
***
Basta
El calmo hastío
degrada
el encierro
Los huesos pesan
amazacotando
las vueltas
Recoge la mirada
los ojos gotean
La botas anuncian
la soberanía del látigo
Fósforos de carne
se encienden y cercenan
Emancipado ese animal
huye.
***
Indagar
Ráfagas ligeras
envuelven
la palidez de la mujer
Una sombrilla de luna
observa
el mar en su enojo
La arena despreocupada
se pasea en la cintura
Un magnetismo aparente
enjaula las pestañas
mientras
indaga con la mirada
los zarpazos del mar.
***
La mecedora
Susurran las plantas
y el fuego rechina en el jardín
La mecedera atempera
la asfixia del remordimiento.
***
Sobrevolar, revolotear
Indóciles
claros oscuros
sobrevuelan
los umbrales de la aventura
Un meneo frágil
fisura
el cuerpo compacto
Revolotean indulgencias
en los ojos áridos
Hincada
Adriana
zurce tajos
ensangrentados.
***
Verde
Oscila
en el aire
un verde intenso
El hilo
sincroniza
el movimiento
Llora
un niño
su desilusión
Globo.
***
ANA ROMANO
(1944). Es escritora y profesora de francés, vive en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Recientemente publicó de manera digital su último libro “Efímero silencio” editado por Luis Rico Chávez del blog Agora. También ha publicado 4 libros de poemas: “De los insolentes fantasmas” (Ediciones Vela al Viento, 2010), “Expiación del antifaz” (Ediciones La Luna Que, 2014), “Zumbido de guirnaldas” (Ediciones La Luna Que, 2016) y “El Alfil rojo” (Ediciones La Luna Que, 2019), que se difunden en distintos sitios literarios.
SEBASTIÁN NOVAJAS COFRÉ
GLOSAS
⸺La loca de patio grita como desaforada.
¿Dónde está?
EN LA VENTANA.
⸺Estar en estado de gracia para crear una obra.
¿Qué obra?
LA CASA EN RUINAS.
⸺La carencia devora por dentro.
¿Qué carencia?
LA FAMILIAR.
⸺La vida es perra
¿Toda la vida?
SÍ.
⸺La espalda encorvada es un suplicio.
¿Por qué?
NO ES NATURAL.
⸺Cerrar los ojos con una mano.
¿A un vivo o a un muerto?
CUALQUIERA SEA EL CASO.
⸺Ya no hay temor a Dios
¿La gente lo olvidó?
PREFIEREN LOS PECADOS POR SU SABOR.
⸺Nadie está libre de los pecados.
¿De cuáles? ¿Veniales o mortales?
AMBOS.
⸺Las flores se pusieron mustias.
¿Cuáles flores?
LA DEL MATRIMONIO.
⸺Recién nacidos.
¿Tortolitos?
NO SABEN NADA DE LA VIDA CONYUGAL.
⸺Nunca beber de esa agua.
¿Por qué empeñar la palabra?
POR ARROGANCIA.
⸺Una bala de plata.
¿Una única solución?
EL CALVARIO DEBE ACABAR.
⸺Cada uno mata a su toro.
¿De qué sirve ser tan laborioso?
PARA ALIGERAR LA CAÍDA.
⸺La probidad comienza por casa.
¿Por qué en casa?
LA SEMILLA DEBE BROTAR EN ALGÚN LUGAR CERCANO.
⸺Cruzar un río
¿El Rubicón?
CUALQUIERA QUE CAMBIEN LA VIDA.
⸺Que los invertebrados ahora sean espigados.
¿Quién lo dice?
UNA ORDENANZA.
⸺Disparar la flecha y no pensar en el blanco, sino en lo blanco.
¿O era acaso otro tipo angelical de milagro?
UN QUERÚBÍN PODRÍA SER.
⸺Un fugaz destello.
¿Pura labia de una promesa?
UN SUEÑO INCUMPLIDO.
⸺Revolver el gallinero.
¿De quién?
DE LOS SUFRIENTES.
⸺Sentar cabeza, pero no como dicta la herencia.
¿Convertirse en nido?
NO LLENARSE DE PAJARITOS LA CABEZA.
⸺El cortejo de la luz y la sombra.
¿Los ritos de la luz y la sombra?
LA BODA DE LA LUZ Y LA SOMBRA.
⸺Las lecturas de cuentos de hadas en la infancia
¿Son las pequeñas olas que bañan los pies?
VIENE LA VAGUADA COSTERA DE LA ADULTEZ.
⸺Cada navidad contigo fue un mal sabor de boca.
¿Los fantasmas del pasado te acosaban?
VENÍAN DE TRES EN TRES COMO LA TRINIDAD.
⸺Lo sensato es guardar silencio en un funeral.
¿El abrazo silencioso es un consuelo más?
NUNCA HAY MUERTO MALO.
⸺El niño abandonado al borde de la vía del tren.
¿Dónde están los responsables?
FUSTIGADOS POR LA VIDA.
⸺Estar a suelo raso para vivir felices y comer perdices.
¿Por qué en un sumidero como gusanos?
UN MUNDO SIN DIOS.
⸺Estas películas de mi vida.
¿Qué son?
LOS AYERES.
***
SEBASTIÁN NOVAJAS COFRÉ
(El Salvador. Región de Atacama. Chile, 1987). Narrador y poeta. Diplomado en Escritura Creativa Universidad Diego Portales. Diplomado de Extensión Literaturas del mundo: problemáticas actuales Universidad de Chile. Ha publicado el poemario Huellas y tallos, Inti ediciones, 2025. Primer Lugar Categoría Senior Concurso de Haiku 2022 convocado por la Embajada de Chile en Japón. 1er Lugar Categoría Poesía en el Concurso de Revista Grifo 2023 (Chile).KAFDA I. VERGARA ESTURAÍN
Cuarto Oscuro
Mis manos se hacen polvo
y cubro el espejo que nos separa.
Sobre la herida seca
la huella de tu aliento.
El vidrio cede ante tu gota.
Yo quiero hacerlo y que todos lo sepan.
Moldear este espejo con la rabia
del que atiza la llama de los juicios
beber las aguas del que nunca se ahoga
y ondular los giros del abrazo oculto.
Y luego el espejo, siempre el espejo
que se sacuda y que se rompa
que niegue a gritos su propia forma
que se quiebre en mil pedazos.
Y que estallen nuestras dudas
de una buena vez.
Que la arena disuelva el reflejo
y lo condense en tibias nebulosas
de un universo con hoyos negros.
Boca abierta de un agujero de gusano
insaciable de nuestra luz.
Que este polvo no conozca
ni el principio ni el final.
Que se borre de su libro
todo origen y toda sal.
Que le sean indiferentes
las ansias del mundo
y sus más vomitivos anhelos.
Que el quebranto se haga luz.
Que nos recuerde el camino.
Que en silencio nos penetre
hasta hacernos luz.
Luz y polvo absorbidos
por el Cuarto Oscuro
donde todo nace y muere
una y otra vez
en la rueda del Verbo.
***
Changó
Cuando sueña Santa Bárbara
y está llena su copa de oro
El monte celebra.
Huye La Virgen de su cueva
venerada prisionera de la cal
y se desnuda para tomar el sol
que la corona.
Cuando sueña Santa Bárbara
la mujer llama al hombre
vestido de hacha y de monte.
Bañado en abre-camino
el pueblo prepara festivo
la posesión de los cuerpos.
El tabaco hace el resto.
***
Rendez-Vous
Ella morirá a las cinco de la tarde
y de ella sólo quedarán los surcos
de una desnudez arenosa
el sonido perdido de un pensamiento
y una vasija llena de cenizas.
Ya son las cinco de la tarde.
Prepara el café.
***
KAFDA I. VERGARA ESTURAÍN
Poeta panameña. Se hace llamar Kafda ‘Conejo’ en honor a su abuelo materno. Profesora de francés en la Universidad de Panamá. Cuenta con maestrías, tanto en lingüística general como en lingüística hispánica, por las universidades de la Sorbona 3 de París y la Universidad de Nuevo México, Estados Unidos. También es Traductora Pública al inglés y al francés. Ha traducido poemas panameños a la lengua francesa.En 2015 gana el 3er lugar del concurso León A. Soto del municipio de Panamá con su obra Toccata y Fuga. Luego de ser publicados en diferentes antologías y revistas literarias, este libro junto a poemas posteriores es publicado en la obra Toccata y Fuga y otros poemas en 2024 por la Facultad de Humanidades de la Universidad de Panamá.
Kafda es también amante de la música y del mundo de la grabación y el sonido. Le gustan los viajes, los juguetes y aprender idiomas. Su héroe literario es Víctor Hugo.
CLARISA BIONDA
Amores imperceptibles (NOVELA)
Algunos extractos
“Se entregó a su destino, ya no había fuerzas que escarbar en resquicios de su cuerpo, apenas notaba como la brisa suave de la mañana le recorría el cuerpo y agradecía el calor que los rayos del sol, que le daban por completo, le brindaban algo de tibieza a su cuerpo entumecido”
“Si el destino pudiera hablarles, en ese instante les habría dicho que el tiempo se convertiría en su verdugo, y que ambos, irremediablemente, enfrentarían sus miedos”
Amores imperceptibles es una novela ambientada en la década de 1980 en Argentina, los escenarios principales son San Telmo en Buenos Aires y Traslasierras en Córdoba. Es una historia en la que te encontrarás con vidas y vínculos que hablan de segundas oportunidades, mandatos familiares, secretos de familia, historias de superación, triángulos amorosos, el valor de la amistad y, mucho amor y pasión.
***
En las alas de Amelia (Novela)
Algunos extractos
“Releo las primeras páginas de este diario y siento nostalgia por aquella persona que fui alguna vez.
Es que hubo un tiempo, un tiempo maravilloso donde aún aguardaba en mí la esencia de las almas puras, las almas que no han sido rozadas por la maldad en su máxima expresión. Un tiempo donde creía en los hombres nobles y de bien. Por entonces… aseveraba el amor. Lo advertía por todos lados, estaba en aquella brisa fresca de una mañana de abril, en esa gota de rocío que con perseverancia se sostiene del ápice de una hoja. Adoraba el amor incluso sabiéndolo vacilante, irresoluto, caprichoso, deseoso… peligroso. Como aquel sentir, aquel aleteo frenético en la boca del estómago de un acróbata que al soltarse de la seguridad de su trapecio se deja caer al vacío; a pesar de ello, se suspende en aquel mar de incertidumbres y locura. Creía con insensatez en el amor.
Aventuradas las almas que sean capaces de ver a tiempo en quién reina la maldad y en quién la bondad.”
En las alas de Amelia es una novela ambientada en la década de 1940 en Argentina, el escenario principal es Mar del Plata en Buenos Aires. Es una historia en la que te encontrarás con historias de superación, triángulos amorosos, identidad negada, esoterismo, búsqueda de la libertad, secretos de familia, inmigrantes, y un desenlace que sorprende.
CLARISA BIONDA
Es escritora y científica, originaria de la ciudad de Río Cuarto, Córdoba, Argentina. Se desempeña como escritora de novelas y es doctora en biología, trabajando en temas ambientales para la Universidad Nacional de Río Cuarto y como investigadora del CONICET.Ha publicado dos novelas: "Amores imperceptibles" en 2020 y "En las alas de Amelia" en 2024, ambas editadas por Emporio Ediciones de Córdoba. Además, participó con un cuento en la antología "Una Navidad nada normal" en 2022.
Gracias a la publicación de sus obras, ha sido invitada a participar en diversas ferias literarias y eventos literarios en el país.
REDES SOCIALES:
IG: @clarisabionda
LEANDRO LLULL
Ropa tendida
Desde el patio veía el pecho de los pájaros atravesar el celeste y me imaginaba lo que ellos veían. Seguramente se trataba de casas y patios y calles muy parecidas a las mías. El terreno del fondo habitualmente tenía una parte de baldosas o de portland y otra de césped, cuando no pura tierra. Ahí verían los alambres arrugados o sogas que los vecinos tendían de un extremo al otro y que lo normal era apuntalar con un palo o un fierro. En casa había uno de estos últimos, color óxido. Una vez que mi mamá o mis abuelas terminaban de tender, empujaban el puntal hacia arriba y lo trababan con un ladrillo o lo enterraban en el pasto. Allá, en lo alto, quedaban las prendas aleteando al sol. De los ruedos chorreaba la sinfonía brillante y silenciosa de las gotas, que caían graves o agudas y formaban pequeños plops ahogados de barro. Yo las admiraba como velas de un barco que navega sin haber zarpado nunca; era posible porque mis lanchas y aviones siempre fueron los sillones inamovibles que rodeaban la mesa de granito. Se tejía así una música que le hablaba a mis ojos y a mi piel, y cuando las notas se tornaban sabidas, daba un paso y luego otro y otro, tratando de que nadie me descubriera. Me paraba bajo los fantasmas empapados y tomaba una manga. Me la llevaba a la nariz, la exploraba. El perfume del jabón en polvo me trasladaba a un futuro de naves intergalácticas y patinetas voladoras, y como queriendo atrapar aquella promesa de viaje en el tiempo, me la metía en la boca y empezaba a chupar. El sabor coincidía con el olor, yo sentía esparcirse en mí otra forma de vida, más metálica y estridente, opuesta a lo que creía que era: madera terciada oscura. Así fue que por mucho tiempo los únicos testigos de mis trips chamánicos con Ala fueron los pájaros y algún que otro gato asomado a deshora durante el día. Hasta que una tarde, al darse cuenta, mi mamá, en vez de retarme, desde la galería me preguntó riéndose qué hacía y no supe qué responder. Solo me reí tragándome el agua jabonosa y esta me atravesó rápida el esófago como los gorriones y los benteveos cruzaban el cielo.
***
Goofy
Alguien me regaló un llavero de Mickey que traía un sliding puzzle con la cara de Goofy. El rompecabezas consistía en once fichas móviles en un tablero de doce y uno debía deslizarlas utilizando el espacio vacío. Yo aprendí bastante rápido y a cada adulto que llegaba a casa le mostraba el juego a ver qué les parecía. Algunos tardaban más y otros menos, pero a todos les ganaba. Tanto ellos como yo creíamos que mi facilidad provenía de la práctica, solo que con el tiempo entendí que no era así.
Al encontrar en la adolescencia el llavero en un cajón, armé la figura en un instante. Lo mismo ocurrió una década y media después, cuando tuve que mudarme (misma velocidad, misma soltura). A los cuarenta y uno, leyendo un poema de Paul Muldoon, reparé en estos versos: «mientras medito bien / sobre las reglas de este juego indescifrable / al que parece faltarle al menos una pieza», y recordé su existencia. Pero como no podía buscarlo, tuve que conformarme con escribir.
En el puzzle, el espacio vacío era el que permitía su resolución. Como un tokonoma o el Kū, la ficha que faltaba les brindaba a las otras la posibilidad de movimiento. Implicaba una especie de objeto x desplazándose a lo largo de una serie. Me di cuenta de que cuando yo armaba el Goofy, en vez de concentrarme en la figura, lo que hacía era apoyarme en ese hueco, pivotear sobre él como un eje mientras el rabillo del ojo delineaba al personaje entre los fragmentos: lo importante era cómo trasladar el vacío por el tablero.
A veces le tenemos miedo a la oquedad, la vivimos como absorción; llenamos y llenamos para no experimentar ser succionados y, sin embargo, es gracias a ella que logramos hallar lo querido. Más que como causa del deseo, el faltante provee la chance de articular. Requerimos de su presencia para disponer de lo dado y alcanzar lo entrevisto, lo leído, lo interpretado.
Esto me llevó a preguntarme si lo goofy, si un goof, no resulta un modo de operación del vacío en el pensamiento, un accidente de ilogicidad o sinsentido que abre el espacio para que las formas aparezcan en su gracia. Me remití entonces a la agilidad de los pulgares sobre el tablero, a cómo todas sus decisiones dependían de la ficha inexistente, cómo ese rectángulo ausente —ese no-ser que a simple vista representaba una rotura o una pérdida— le daba su ser a aquel juguete.
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Navidades sin nieve
Navidad. Alguien la dice y ya veo el bajoescalera de portland pintado de gris. Sobre su pared, cucarachas. Brillantes, consistentes, voladoras. Trato de matarlas con una ojota. Detrás, el tablón con caballetes tiene puesto el mantel. La noche cae con aliento de bueyes. Miro las estrellas a través de la enredadera. Parecen ajenas al sopor, a los bichos, al sufrimiento de la piel. Con su rigor plateado reflejan eso que en otro hemisferio está teniendo lugar: la nieve. Busco en el cuadrante el Carro de los Reyes. Ese fulgor helado es el deseo que durante años cultivé como televidente. Nochebuenas blancas, el Polo Norte, furiosas tormentas a través de las cuales los héroes van por las calles hasta encontrar un lugar junto al fuego.
Entonces, la pregunta: ¿por qué nací donde nunca jamás caerá la nieve? Persigo con mayor énfasis a las cucarachas. Cuando las mato a todas, me siento en el zócalo que separa la porción de césped de las baldosas. Me palpo la frente. Húmeda. Me calzo la ojota. Percibo el aroma del arrollado, la ensalada rusa. No puedo asociarla con Rusia, aun si las palabras me obligan. La ensalada está tan lejos del Norte como este de mí. Nunca voy a vivir como en la tele; acá la navidad es el agobio del aire, y pobre el Niño Dios en su pesebre, tan encerrado. Todos los años lo armamos con papel madera. Arrugamos la lámina hasta que parece una cueva y después envolvemos envases de manteca o margarina y tapas de cremas para los bebederos y comedores. Ponemos a José, a María, a los burros, vacas, corderos, a los Reyes, los camellos. En el centro está el bebé, cuna de paja.
Pero Jesús nació en el desierto, donde no nieva. Así que tampoco está tan mal que lo haga en casa, bajo este arbolito heredado, cuyos adornos también lo son. El problema es que me convoca el frío, sueño ser Clark Kent descubriendo la verde barra alienígena en el granero de su casa y lanzándose sin mayores explicaciones rumbo al Polo. ¿Qué puede haber en esa blancura radiante, esa nada? En el camino están las casas de troncos a dos aguas, los trineos, los muñecos con nariz de zanahoria y brazos de ramas; patinar sobre lagos congelados, guerras de bolas, dejarse rodar por una pendiente. Quizás me detendría ahí un tiempo, hasta encontrar en esa hostilidad geográfica un interior. El nombre del cubil que alojará a Superman lo sugiere: Fortaleza de la Soledad. Cuando la nieve aparece, vienen con ella la lejanía y la intimidad, tan distintas a la furia del verano que nos saca piel afuera.
Van a servir la comida. Me paro. La palabra navidad queda atada a los élitros repulsivos de las cucarachas, pero por debajo de su sonido late la nieve. Su sola blancura mental me abre algo: veo un sendero barrido, la nevada apisonada, los abetos densos, ruedas de autos con cadenas; voy hacia otra parte de mí sin dejar de estar ahí, en el patio, el 24 de diciembre, a más de treinta y cuatro grados, y las ramas del plátano, alzadas por encima de la casa, me parecen más vívidas bajo las luces anaranjadas de la calle, como si en vez de fuego cansado revolvieran en ellas un atardecer boreal.
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Zanjas
Eran un fenómeno propio del más-allá-del-boulevard. Cuando cruzábamos para ir a algún negocio, yo creía entrar en un reino de estanques y fosos en el que las casas eran castillos. Bastaba con el primer roce de su olor para que sintiera una leyenda. Por Roca, antes de llegar a Casablanca, las primeras que salían al cruce generalmente estaban secas; había que pasar 24 de Septiembre para que aparecieran las verdaderas. Yuyos altos o juncos, agua negra salpicada de hojas y papelitos, ranas, sapos, renacuajos, a veces ratas, a veces pescaditos que alguien había soltado, los puentes hechos de portland con un caño de material o solo tablas o chapones.
Mientras caminábamos, yo me preguntaba por qué del-otro-lado teníamos que someternos al aburrimiento del cordón; por qué los chicos de-este-lado podían andar con sus cañas encarnadas con pollo o carne picada y sus baldes llenos de sapos y ranas. Esa frescura, aunque llena de mosquitos y jejenes, le humectaba el alma a uno, la volvía más vital, le soplaba un árbol por dentro, y en sus orillas los gomeros y los paraísos crecían con más fuerza, alimentándose del verde que les besaba los pies para hacerlo brillar más intenso en sus copas.
Siempre las deseé. Aun cuando comenzaron a llenarse de basura; aun cuando vi pibes recostados en ellas aspirando Poxi; aun cuando algunos empezaron a taparlas con losas y hormigón y solo quedaron unas pequeñas ranuras rebanadas hacia la chata oscuridad. Siempre. Y en la adolescencia, cada vez que visitaba amigos que tenían una, antes de tocar timbre me paraba en los bordes o sobre los puentecitos y miraba hacia la oquedad de sus vientres como si hubiese habido un porqué.
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Fidel
Más que como espectáculo de la naturaleza, nos llevaron a verlo como fenómeno social. Desde hacía semanas en la tele habían hecho público el maltrato y el pedido de que fuese trasladado a lugar más propicio. Las maestras nos habían puesto a buscar recortes de diario con la noticia y nos habían explicado qué era el abuso animal, pero no se habían metido demasiado con el concepto de zoológico.
Mi idea sobre el oso Fidel era la de los zíngaros de Disney. El aro del hocico lo imaginaba dorado y brillante, su pelaje reluciente, el semblante ameno. Pero cuando lo tuve ante mí, me sentí frente a un embalsamamiento mal hecho. Todo su pelo estaba ajado, y le crecía bastante más raleado de lo que correspondía. Su postura daba lástima, apenas si alzaba la cabeza cuando lo llamaban. Más que caminar, se arrastraba, y con él, restregaba la cadena contra el cemento de la jaula a cielo abierto tipo piletón. Era extremadamente flaco, como un hombre gordo que de pronto baja veinte, treinta kilos. Nos miraba repleto de pena, profiriendo algún que otro quejido grave, sofocado.
Yo estaba apoyado sobre el hombro de unos compañeros, abriéndome paso para tratar de verlo mejor, pero desde atrás me empujaban y en un momento tuve que hacerme al costado. Fuera del tumulto, me llené desilusión. No sabría decir si del oso, de la visita o del zoológico. Lo cierto es que los saludos que los demás les mandaban y los clics de algunas cámaras que habían llevado las madres de los más adinerados me desconcentraron por completo y ya no quise pensar en él. Sin separarme demasiado, fui hacia otra jaula (la de las nutrias), y ahí me quedé en un banco hasta que las maestras dijeron que venía otra escuela y había que avanzar.
Mientras caminábamos, alguien cantó agravando falsamente la voz «Yo vivía en el bosque muy contento...». Unos días antes, la profesora de música había aprovechado el revuelo periodístico para enseñarnos el tema. Entonces la metáfora que había querido mostrarnos cambió de relación y no vi a un oso que valiera un hombre, sino a un oso que había valido un hombre y que volvía a ser oso después de haber sido hombre, y —no con estas palabras que siguen, sino con una impresión sensorial— algo me decía que todo lo que Fidel tenía de harapiento y desvencijado era el costo que debía pagar por haberse animado a ser humano alguna vez.
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Plesiosaurio
Por decoro, llamémoslo Luis Pedro San Juan. Era un amigo de la primaria. Recuerdo que pasaba toda la semana en lo de sus abuelos, que vivían a la vuelta de la escuela, y los fines de semana se iba de los viejos (unas diez cuadras al suroeste). Hay tres cosas suyas que siempre me acompañan: su fanatismo por Jurassic Park, el pelo puntudo (especialmente en la nuca) y el terror que daba la ducha.
Contaba sin vergüenza que para que no lo retaran ni lo persiguieran para bañarse, entraba, abría el agua, y la dejaba correr durante una hora. Con el vapor, los dedos se le arrugaban. Este espanto felino por la ducha, si podía sostenerlo (es decir, si la abuela o los viejos no lo metían de prepo en la bañera) lo convertía en una fuente de olores mortíferos que no vale la pena describir, aunque sí referir que de un modo u otro se equivalían al color pardo de sus ojos.
Se trataba de un nene buenísimo, inocentón, algo torpe, algo aplicado (con resultados que oscilaban entre el bueno y el regular en libreta), regordete, tímido y con reacciones físicas graciosas ante la agresión externa. Desde que había visto la peli en el cine, su habitación y sus cuadernos y cartucheras se plagaron de dinosaurios. Yo no entendía por qué le gustaba esa historia sin héroes, donde valía lo mismo quién interpretara a los humanos (y por tanto, siendo intercambiables a lo largo de la saga sin generar nostalgia ni apego en el público) y en la que lo único que ocurría era el escape de las criaturas.
Un sábado fui a la casa de sus viejos. Era de dos plantas, amplia, sobria y bonita. Se decía que al papá le iba muy bien como visitador médico; la mamá era una mamá como la de las series argentinas de los ochenta y la hermana se parecía a las gemelas Olsen, de Full House (o Tres por tres). El acento que tenían era entre anticuado y patagónico y se distinguía mucho de cómo hablaba Luis Pedro. Cuando los escuchaba, yo me sentía en una película con doblaje.
Vimos Rescate en el Barrio Chino en un VHS que mi amigo había pedido como regalo (ahora se había fanatizado también con esa peli). A pesar de que era como su décima vez, él no paraba de sorprenderse, y cuando subimos a jugar a la habitación, corría y saltaba de la cama tirando patadas. Entonces entró la hermanita (debería andar por los cuatro cuando nosotros tendríamos ocho o nueve) con su timbre de topo Giggio. Luis Pedro la quiso echar, pero subió por la escalera un grito de la madre y él paso de la negativa a recibirla como a una princesa. Jugamos un rato entre los tres a recrear las escenas de Rescate en el Barrio Chino, después merendamos, luego anocheció y vinieron a buscarme.
En el auto, mi papá le preguntó a mi mamá por qué Luis Pedro no vivía ahí, con los viejos, y mi mamá, con un gesto, desvió el tema. Más adelante, aproveché un silencio y le contesté a mi papá con las propias palabras de Luis Pedro: «Porque la abuela vive cerca de la escuela». «¿Y la hermana no va a preescolar?», retrucó él. Contesté que sí y no dije más nada. Unas cuadras adelante, mirando por la ventanilla, vi a Luis Pedro sentado sobre la tabla de inodoro, rodeado de vapor, con la ropa puesta, aguardando a que los minutos corrieran para justificar su no-ducha con un simple manotazo de agua tibia sobre el pelo.
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Sala de las banderas
Eran realmente bellos todos los colores y las formas. Yo tenía un gusanito de felicidad en el estómago, o un puñado de ellos perforándomelo con pequeñas e infinitas alegrías que se encendían y apagaban como una lluvia de asteroides. Mis compañeros igual. ¿Quién sabe por qué cada tanto los niños de barrio somos cooptados por la luz del gozo? Lo cierto es que vimos cada pabellón y nos regocijamos, tal vez por las lámparas que avivaban las telas, al punto de parecer lustrosas como plumas en el lomo de pájaros paradisíacos. Todos se codeaban y soltaban sus ¡guau!; algunos hasta estiraban las manos y tocaban las vitrinas cuando las maestras no los veían. Esa cantidad de nombres de lugares nos hacía sentir parte del mundo, como si de pronto viajar fuese posible para nosotros. El rojo de la bandera de Perú, el verde de Brasil, el amarillo de Bolivia. Era tanta la orgía visual que nos entregaban, que casi no guardo figuras. Solo una urna transparente, con tierra arcillosa del Paraguay. Y con ella, la impresión de que estaba cerca de aquel pueblo, a solo un brazo que se animara a saltar el cordón-valla. Después, al final del paseo, sentados sobre el césped del parque para el picnic, sentimos que el propio país nos trepaba por los muslos: bajo el nombre brillante de Argentina yacía también esa humedad esponjosa del humus en la que nos apoyábamos sin decir nada ni dejarla hablar.
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LEANDRO LLULL
(1983). Publicó los libros Disonancia del jardín (EMR, 2009), Horas menores (Huesos de jibia, 2013), A los pibes crudos (VOX, 2015), Maratón (27 Pulqui, 2016), El gamo (27 Pulqui, 2019), La vida sin centro (Salta el pez, 2022), Luna del cazador (Bajo la luna, 2023) y Otra luz (Bardos, 2023), y el trabajo La lengua en soledad, dentro de la obra colectiva Prueba de soledad en el paisaje (Mansalva, 2011). Se encuentra a cargo del taller literario La rama hacia el este, dictado en la Biblioteca Popular C. C. Vigil y dirige la Colección Alfa de la Editorial Biblioteca.










