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LEANDRO LLULL

 

Ropa tendida


Desde el patio veía el pecho de los pájaros atravesar el celeste y me imaginaba lo que ellos veían. Seguramente se trataba de casas y patios y calles muy parecidas a las mías. El terreno del fondo habitualmente tenía una parte de baldosas o de portland y otra de césped, cuando no pura tierra. Ahí verían los alambres arrugados o sogas que los vecinos tendían de un extremo al otro y que lo normal era apuntalar con un palo o un fierro. En casa había uno de estos últimos, color óxido. Una vez que mi mamá o mis abuelas terminaban de tender, empujaban el puntal hacia arriba y lo trababan con un ladrillo o lo enterraban en el pasto. Allá, en lo alto, quedaban las prendas aleteando al sol. De los ruedos chorreaba la sinfonía brillante y silenciosa de las gotas, que caían graves o agudas y formaban pequeños plops ahogados de barro. Yo las admiraba como velas de un barco que navega sin haber zarpado nunca; era posible porque mis lanchas y aviones siempre fueron los sillones inamovibles que rodeaban la mesa de granito. Se tejía así una música que le hablaba a mis ojos y a mi piel, y cuando las notas se tornaban sabidas, daba un paso y luego otro y otro, tratando de que nadie me descubriera. Me paraba bajo los fantasmas empapados y tomaba una manga. Me la llevaba a la nariz, la exploraba. El perfume del jabón en polvo me trasladaba a un futuro de naves intergalácticas y patinetas voladoras, y como queriendo atrapar aquella promesa de viaje en el tiempo, me la metía en la boca y empezaba a chupar. El sabor coincidía con el olor, yo sentía esparcirse en mí otra forma de vida, más metálica y estridente, opuesta a lo que creía que era: madera terciada oscura. Así fue que por mucho tiempo los únicos testigos de mis trips chamánicos con Ala fueron los pájaros y algún que otro gato asomado a deshora durante el día. Hasta que una tarde, al darse cuenta, mi mamá, en vez de retarme, desde la galería me preguntó riéndose qué hacía y no supe qué responder. Solo me reí tragándome el agua jabonosa y esta me atravesó rápida el esófago como los gorriones y los benteveos cruzaban el cielo.

***


Goofy


Alguien me regaló un llavero de Mickey que traía un sliding puzzle con la cara de Goofy. El rompecabezas consistía en once fichas móviles en un tablero de doce y uno debía deslizarlas utilizando el espacio vacío. Yo aprendí bastante rápido y a cada adulto que llegaba a casa le mostraba el juego a ver qué les parecía. Algunos tardaban más y otros menos, pero a todos les ganaba. Tanto ellos como yo creíamos que mi facilidad provenía de la práctica, solo que con el tiempo entendí que no era así.

Al encontrar en la adolescencia el llavero en un cajón, armé la figura en un instante. Lo mismo ocurrió una década y media después, cuando tuve que mudarme (misma velocidad, misma soltura). A los cuarenta y uno, leyendo un poema de Paul Muldoon, reparé en estos versos: «mientras medito bien / sobre las reglas de este juego indescifrable / al que parece faltarle al menos una pieza», y recordé su existencia. Pero como no podía buscarlo, tuve que conformarme con escribir.

En el puzzle, el espacio vacío era el que permitía su resolución. Como un tokonoma o el Kū, la ficha que faltaba les brindaba a las otras la posibilidad de movimiento. Implicaba una especie de objeto x desplazándose a lo largo de una serie. Me di cuenta de que cuando yo armaba el Goofy, en vez de concentrarme en la figura, lo que hacía era apoyarme en ese hueco, pivotear sobre él como un eje mientras el rabillo del ojo delineaba al personaje entre los fragmentos: lo importante era cómo trasladar el vacío por el tablero.

A veces le tenemos miedo a la oquedad, la vivimos como absorción; llenamos y llenamos para no experimentar ser succionados y, sin embargo, es gracias a ella que logramos hallar lo querido. Más que como causa del deseo, el faltante provee la chance de articular. Requerimos de su presencia para disponer de lo dado y alcanzar lo entrevisto, lo leído, lo interpretado.

Esto me llevó a preguntarme si lo goofy, si un goof, no resulta un modo de operación del vacío en el pensamiento, un accidente de ilogicidad o sinsentido que abre el espacio para que las formas aparezcan en su gracia. Me remití entonces a la agilidad de los pulgares sobre el tablero, a cómo todas sus decisiones dependían de la ficha inexistente, cómo ese rectángulo ausente —ese no-ser que a simple vista representaba una rotura o una pérdida— le daba su ser a aquel juguete.

***


Navidades sin nieve


Navidad. Alguien la dice y ya veo el bajoescalera de portland pintado de gris. Sobre su pared, cucarachas. Brillantes, consistentes, voladoras. Trato de matarlas con una ojota. Detrás, el tablón con caballetes tiene puesto el mantel. La noche cae con aliento de bueyes. Miro las estrellas a través de la enredadera. Parecen ajenas al sopor, a los bichos, al sufrimiento de la piel. Con su rigor plateado reflejan eso que en otro hemisferio está teniendo lugar: la nieve. Busco en el cuadrante el Carro de los Reyes. Ese fulgor helado es el deseo que durante años cultivé como televidente. Nochebuenas blancas, el Polo Norte, furiosas tormentas a través de las cuales los héroes van por las calles hasta encontrar un lugar junto al fuego.

Entonces, la pregunta: ¿por qué nací donde nunca jamás caerá la nieve? Persigo con mayor énfasis a las cucarachas. Cuando las mato a todas, me siento en el zócalo que separa la porción de césped de las baldosas. Me palpo la frente. Húmeda. Me calzo la ojota. Percibo el aroma del arrollado, la ensalada rusa. No puedo asociarla con Rusia, aun si las palabras me obligan. La ensalada está tan lejos del Norte como este de mí. Nunca voy a vivir como en la tele; acá la navidad es el agobio del aire, y pobre el Niño Dios en su pesebre, tan encerrado. Todos los años lo armamos con papel madera. Arrugamos la lámina hasta que parece una cueva y después envolvemos envases de manteca o margarina y tapas de cremas para los bebederos y comedores. Ponemos a José, a María, a los burros, vacas, corderos, a los Reyes, los camellos. En el centro está el bebé, cuna de paja.

Pero Jesús nació en el desierto, donde no nieva. Así que tampoco está tan mal que lo haga en casa, bajo este arbolito heredado, cuyos adornos también lo son. El problema es que me convoca el frío, sueño ser Clark Kent descubriendo la verde barra alienígena en el granero de su casa y lanzándose sin mayores explicaciones rumbo al Polo. ¿Qué puede haber en esa blancura radiante, esa nada? En el camino están las casas de troncos a dos aguas, los trineos, los muñecos con nariz de zanahoria y brazos de ramas; patinar sobre lagos congelados, guerras de bolas, dejarse rodar por una pendiente. Quizás me detendría ahí un tiempo, hasta encontrar en esa hostilidad geográfica un interior. El nombre del cubil que alojará a Superman lo sugiere: Fortaleza de la Soledad. Cuando la nieve aparece, vienen con ella la lejanía y la intimidad, tan distintas a la furia del verano que nos saca piel afuera.

Van a servir la comida. Me paro. La palabra navidad queda atada a los élitros repulsivos de las cucarachas, pero por debajo de su sonido late la nieve. Su sola blancura mental me abre algo: veo un sendero barrido, la nevada apisonada, los abetos densos, ruedas de autos con cadenas; voy hacia otra parte de mí sin dejar de estar ahí, en el patio, el 24 de diciembre, a más de treinta y cuatro grados, y las ramas del plátano, alzadas por encima de la casa, me parecen más vívidas bajo las luces anaranjadas de la calle, como si en vez de fuego cansado revolvieran en ellas un atardecer boreal.

***


Zanjas 


Eran un fenómeno propio del más-allá-del-boulevard. Cuando cruzábamos para ir a algún negocio, yo creía entrar en un reino de estanques y fosos en el que las casas eran castillos. Bastaba con el primer roce de su olor para que sintiera una leyenda. Por Roca, antes de llegar a Casablanca, las primeras que salían al cruce generalmente estaban secas; había que pasar 24 de Septiembre para que aparecieran las verdaderas. Yuyos altos o juncos, agua negra salpicada de hojas y papelitos, ranas, sapos, renacuajos, a veces ratas, a veces pescaditos que alguien había soltado, los puentes hechos de portland con un caño de material o solo tablas o chapones.

Mientras caminábamos, yo me preguntaba por qué del-otro-lado teníamos que someternos al aburrimiento del cordón; por qué los chicos de-este-lado podían andar con sus cañas encarnadas con pollo o carne picada y sus baldes llenos de sapos y ranas. Esa frescura, aunque llena de mosquitos y jejenes, le humectaba el alma a uno, la volvía más vital, le soplaba un árbol por dentro, y en sus orillas los gomeros y los paraísos crecían con más fuerza, alimentándose del verde que les besaba los pies para hacerlo brillar más intenso en sus copas.

Siempre las deseé. Aun cuando comenzaron a llenarse de basura; aun cuando vi pibes recostados en ellas aspirando Poxi; aun cuando algunos empezaron a taparlas con losas y hormigón y solo quedaron unas pequeñas ranuras rebanadas hacia la chata oscuridad. Siempre. Y en la adolescencia, cada vez que visitaba amigos que tenían una, antes de tocar timbre me paraba en los bordes o sobre los puentecitos y miraba hacia la oquedad de sus vientres como si hubiese habido un porqué.

***


Fidel


Más que como espectáculo de la naturaleza, nos llevaron a verlo como fenómeno social. Desde hacía semanas en la tele habían hecho público el maltrato y el pedido de que fuese trasladado a lugar más propicio. Las maestras nos habían puesto a buscar recortes de diario con la noticia y nos habían explicado qué era el abuso animal, pero no se habían metido demasiado con el concepto de zoológico.

Mi idea sobre el oso Fidel era la de los zíngaros de Disney. El aro del hocico lo imaginaba dorado y brillante, su pelaje reluciente, el semblante ameno. Pero cuando lo tuve ante mí, me sentí frente a un embalsamamiento mal hecho. Todo su pelo estaba ajado, y le crecía bastante más raleado de lo que correspondía. Su postura daba lástima, apenas si alzaba la cabeza cuando lo llamaban. Más que caminar, se arrastraba, y con él, restregaba la cadena contra el cemento de la jaula a cielo abierto tipo piletón. Era extremadamente flaco, como un hombre gordo que de pronto baja veinte, treinta kilos. Nos miraba repleto de pena, profiriendo algún que otro quejido grave, sofocado.

Yo estaba apoyado sobre el hombro de unos compañeros, abriéndome paso para tratar de verlo mejor, pero desde atrás me empujaban y en un momento tuve que hacerme al costado. Fuera del tumulto, me llené desilusión. No sabría decir si del oso, de la visita o del zoológico. Lo cierto es que los saludos que los demás les mandaban y los clics de algunas cámaras que habían llevado las madres de los más adinerados me desconcentraron por completo y ya no quise pensar en él. Sin separarme demasiado, fui hacia otra jaula (la de las nutrias), y ahí me quedé en un banco hasta que las maestras dijeron que venía otra escuela y había que avanzar.

Mientras caminábamos, alguien cantó agravando falsamente la voz «Yo vivía en el bosque muy contento...». Unos días antes, la profesora de música había aprovechado el revuelo periodístico para enseñarnos el tema. Entonces la metáfora que había querido mostrarnos cambió de relación y no vi a un oso que valiera un hombre, sino a un oso que había valido un hombre y que volvía a ser oso después de haber sido hombre, y —no con estas palabras que siguen, sino con una impresión sensorial— algo me decía que todo lo que Fidel tenía de harapiento y desvencijado era el costo que debía pagar por haberse animado a ser humano alguna vez.

***


Plesiosaurio


Por decoro, llamémoslo Luis Pedro San Juan. Era un amigo de la primaria. Recuerdo que pasaba toda la semana en lo de sus abuelos, que vivían a la vuelta de la escuela, y los fines de semana se iba de los viejos (unas diez cuadras al suroeste). Hay tres cosas suyas que siempre me acompañan: su fanatismo por Jurassic Park, el pelo puntudo (especialmente en la nuca) y el terror que daba la ducha.

Contaba sin vergüenza que para que no lo retaran ni lo persiguieran para bañarse, entraba, abría el agua, y la dejaba correr durante una hora. Con el vapor, los dedos se le arrugaban. Este espanto felino por la ducha, si podía sostenerlo (es decir, si la abuela o los viejos no lo metían de prepo en la bañera) lo convertía en una fuente de olores mortíferos que no vale la pena describir, aunque sí referir que de un modo u otro se equivalían al color pardo de sus ojos.

Se trataba de un nene buenísimo, inocentón, algo torpe, algo aplicado (con resultados que oscilaban entre el bueno y el regular en libreta), regordete, tímido y con reacciones físicas graciosas ante la agresión externa. Desde que había visto la peli en el cine, su habitación y sus cuadernos y cartucheras se plagaron de dinosaurios. Yo no entendía por qué le gustaba esa historia sin héroes, donde valía lo mismo quién interpretara a los humanos (y por tanto, siendo intercambiables a lo largo de la saga sin generar nostalgia ni apego en el público) y en la que lo único que ocurría era el escape de las criaturas.

Un sábado fui a la casa de sus viejos. Era de dos plantas, amplia, sobria y bonita. Se decía que al papá le iba muy bien como visitador médico; la mamá era una mamá como la de las series argentinas de los ochenta y la hermana se parecía a las gemelas Olsen, de Full House (o Tres por tres). El acento que tenían era entre anticuado y patagónico y se distinguía mucho de cómo hablaba Luis Pedro. Cuando los escuchaba, yo me sentía en una película con doblaje.

Vimos Rescate en el Barrio Chino en un VHS que mi amigo había pedido como regalo (ahora se había fanatizado también con esa peli). A pesar de que era como su décima vez, él no paraba de sorprenderse, y cuando subimos a jugar a la habitación, corría y saltaba de la cama tirando patadas. Entonces entró la hermanita (debería andar por los cuatro cuando nosotros tendríamos ocho o nueve) con su timbre de topo Giggio. Luis Pedro la quiso echar, pero subió por la escalera un grito de la madre y él paso de la negativa a recibirla como a una princesa. Jugamos un rato entre los tres a recrear las escenas de Rescate en el Barrio Chino, después merendamos, luego anocheció y vinieron a buscarme.

En el auto, mi papá le preguntó a mi mamá por qué Luis Pedro no vivía ahí, con los viejos, y mi mamá, con un gesto, desvió el tema. Más adelante, aproveché un silencio y le contesté a mi papá con las propias palabras de Luis Pedro: «Porque la abuela vive cerca de la escuela». «¿Y la hermana no va a preescolar?», retrucó él. Contesté que sí y no dije más nada. Unas cuadras adelante, mirando por la ventanilla, vi a Luis Pedro sentado sobre la tabla de inodoro, rodeado de vapor, con la ropa puesta, aguardando a que los minutos corrieran para justificar su no-ducha con un simple manotazo de agua tibia sobre el pelo.

***


Sala de las banderas


Eran realmente bellos todos los colores y las formas. Yo tenía un gusanito de felicidad en el estómago, o un puñado de ellos perforándomelo con pequeñas e infinitas alegrías que se encendían y apagaban como una lluvia de asteroides. Mis compañeros igual. ¿Quién sabe por qué cada tanto los niños de barrio somos cooptados por la luz del gozo? Lo cierto es que vimos cada pabellón y nos regocijamos, tal vez por las lámparas que avivaban las telas, al punto de parecer lustrosas como plumas en el lomo de pájaros paradisíacos. Todos se codeaban y soltaban sus ¡guau!; algunos hasta estiraban las manos y tocaban las vitrinas cuando las maestras no los veían. Esa cantidad de nombres de lugares nos hacía sentir parte del mundo, como si de pronto viajar fuese posible para nosotros. El rojo de la bandera de Perú, el verde de Brasil, el amarillo de Bolivia. Era tanta la orgía visual que nos entregaban, que casi no guardo figuras. Solo una urna transparente, con tierra arcillosa del Paraguay. Y con ella, la impresión de que estaba cerca de aquel pueblo, a solo un brazo que se animara a saltar el cordón-valla. Después, al final del paseo, sentados sobre el césped del parque para el picnic, sentimos que el propio país nos trepaba por los muslos: bajo el nombre brillante de Argentina yacía también esa humedad esponjosa del humus en la que nos apoyábamos sin decir nada ni dejarla hablar.

***


LEANDRO LLULL

(1983). Publicó los libros Disonancia del jardín (EMR, 2009), Horas menores (Huesos de jibia, 2013), A los pibes crudos (VOX, 2015), Maratón (27 Pulqui, 2016), El gamo (27 Pulqui, 2019), La vida sin centro (Salta el pez, 2022), Luna del cazador (Bajo la luna, 2023) y Otra luz (Bardos, 2023), y el trabajo La lengua en soledad, dentro de la obra colectiva Prueba de soledad en el paisaje (Mansalva, 2011). Se encuentra a cargo del taller literario La rama hacia el este, dictado en la Biblioteca Popular C. C. Vigil y dirige la Colección Alfa de la Editorial Biblioteca.

CECILIA CARBALLO

 Seguir con vida cuando se agotaron las esperas

José Sbarra


¿A dónde el cansancio de la vida?

Pactamos una decadencia que no queremos. 

¿Hay puertas?

¿Hay gemidos que danzan con los pájaros?

¿Hasta dónde el hastío?

El veneno no nos mata. ¿Nos fortalece?

¿Nos hace vivir en un amor estéril?

¿En la perdida de otros?

Perdidos sufrimos desamparo, indiferencia, fuga. 

¿Hasta dónde la ignorancia robada al deseo?

Unir interrogantes, salir por la tangente, a un vacío de la vergüenza. 

Estalla la garganta una y otra vez, un fuelle no es su definición. 

Matar el lamento, matar la vehemencia, el abismo es resurrección. 

Afuera, afuera, estallido, estallido, bombaaa ¿Porvenir? ¿Venir? ¿Viento? 

¿Ventisca? ¿Brisa?

El mundo mezquino, no hay puente, lazo, enlazo, enlazar. 

¿Hacia dónde el encuentro?

El otro, lo otro desaparece. 

Yo más, más, más. 

Vos, nada, nada, nada. 

¿Nos damos por vencidos? 

¿Estamos vencidos?

Misil, misil, misil. 

Murallas que no caen.

Murallas que destrozan. 

Estorba, estorba quien une.

La palabra adentro del ladrillo.

***


Isla de las Lechiguanas


Hoy en la isla se terminó la fiesta, han devastado la melodía del campo. El vibrar latente de sus aguas desapareció. Hay pena, llanto, es tierra perdida entre pesticidas. Las escuelas flotantes y un cúmulo de especies se hundieron en un vaho harapiento. Los cultivos tóxicos son el cajón fúnebre del barro fértil. 

Antes ahí había ranas sobre juncos, flores con pétalos de algodón, que abrían sus capullos en humedales. Aves que danzaban sobre el pasto bajo agua impoluta más brillante con cada rayo de sol. El verde se dibujaba en un matiz ondulante sobre el Paraná. Los caracoles eran miel sobre las hojas en plenitud con el vacío de las tardes.

***


CECILIA CARBALLO

Nació un 25 de febrero en CABA, pero vivió su infancia entre Ituzaingó y Río Grande (Tierra del Fuego). Profesora y Licenciada en Comunicación Social (UBA). Especialista en Educación y Tecnologías. Trabaja como docente de escuelas medias e institutos superiores. 

En el 2012 obtuvo una mención en el Concurso Provincial de Poesía “Ginés García”. 

Publicó los libros “Hay tierra bajo mis pies”, “El vibrar del fuego” y “El único color que vemos” “El viento no vendrá a despeinarme”. Forma parte de varias antologías nacionales e internacionales. Este año publicó bajo su sello editorial La abeja descarriada el libro infantil La llama rodante sobre animales patagónicos y callejeros. 

En 2021 participó de la Campaña Nacional de lectura de México con su libro infantil inédito “Las casas de los vecinos y los imaginarios” en conjunto con la editorial Cayuco. 

Coordina junto a Karina Lerman el ciclo para infancias De reinas batatas. 

Actualmente da talleres para infancias y adolescencias en la Universidad Nacional de La Matanza y en breve publicará su libro infantil La llama rodante.

LYDIA HELANDER

 

EL CARCARAÑÁ

(1969)


No hay río como vos

Carcarañá,

donde me bañé desnuda

con mis tetas al viento.

En tu agüita marrón y pantanosa

saludé a mis amigos

que agitaban sus brazos

mientras yo florecía

llena de preguntas

como alguna vez

lo hiciera

el viejo Heráclito.

No hubo olitas, ni transparencias

entonces,

sólo el roce del agua fría

y un murmullo de voces

que venían

desde el barranco

hasta mis orejas.

Allá abajo, donde se pierde el equilibrio

sobre la tierra floja

cuando todavía guardamos la inocencia.

***


PEPE

(Rosario, 1968)

a Ramón Pepe Cárdenas


Dormiste bajo

un puente abandonado

y en piezas de pensión.

Dormiste iluminado

por las estrellas

en pleno invierno

con tu pulovercito rojo

y tu saco azul 

como cobertor.

Dormiste entre cuatro paredes

de madera

sobre una terraza

mientras algún compañero

imprimía

con el mimeógrafo,

los secretos pasos

del Che en Bolivia.

Pero cuando te dormiste

 para siempre en el río

alcanzado por las balas

de la policía de Rosario,

estabas sólo, Pepe,

y no pude abrigarte.

***


INDIO SOLARI


“Yo no puedo cumplir

hazañas que prometí

solo me queda esperar

cantando”

resuena la voz del Indio

sobre el silencio profundo 

de la casa.

Ha refrescado ahora

en este verano agotador

donde la soledad parece comerse

hasta el último de los árboles del jardín

mientras Flicka duerme ovillada

en la cocina

y Claudio mira tele 

ensimismado.

No tiene trabajo y está callado

aunque a veces me llama para preguntar

si necesito algo.

La vida es un rock furioso,

no un remanso

me digo,

cansada de resistir

la espera, papá,

y que por fin amanezca

para todos.

Escribo y la voz del Indio

sigue escuchándose 

como un lamento 

“En la resistencia está

todo el hidalgo valor de la vida “

Yo ya no puedo cumplir

hazañas que prometí

Sólo esperar cantando “                                                

Cuando el final se acerca demasiado,

nos queda la música.

***


LYDIA HELANDER

Nació en Buenos Aires, pero de niña vivió en Calafate y Gobernador Gregores, Santa Cruz. Estudió Magisterio en Casilda, Santa Fe, y Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Ejerció la docencia primaria, secundaria y terciaria en distintas partes del país. Actualmente reside en Florencio Varela, provincia de Buenos Aires.

Ha publicado varios libros, incluyendo:

Poesía

- "Viajes y Naufragios" (Antología Poética, Ediciones Libro y Libre, 2014)

- "Digo Sur" (Ediciones del Dock, 2017)

- "Camino a Casa" (Ediciones del Dock, 2019)

- "Walichu" (La Gran Nilson, 2021)

- "Paso Charles Furh" (La Gran Nilson, 2023)

- "Áspera es la llanura" (CR Ediciones, 2024)

Prosa

- "Memorias de un Desmemoriado"

Sus poemas también figuran en distintas antologías poéticas y fanzines. Además, coordina el Taller Literario para Jubilados Docentes en SUTEBA, Florencio Varela.


MARTINA NIMCOWICZ

 

Babel


Saliste de la noche

Con flores en las manos.

Vas a salir ahora del tumulto del mundo,

De la babel de lenguas que te nombra

Ezra Pound


Dis-moi, qu’est-ce que je peux faire ?

bajo la sombra del viejo avellano

construir un mundo ideal

a través del lenguaje

               ein Teil

                              oder eine Leiche

               (no sé)

todo cambió

las tiernas semillas

devienen soles

                          (y la hierba se quema)

                                    un corpo

                                                  o la

sostanza 

                la dulzura de una voz interior

                              cultivada en un vientre

                              (todo se quema)

la memoria

            el sabor

                          y la ciencia 

***


Concepto de persona


sí, me gusta cómo me veo en ti

de voz bien chiquita, vos

hablame de las estaciones y de los complejos

del sol invisible a las cuatro de la tarde del día domingo

y del espectro de frecuencias de los niños

jugando en un patio inalcanzable 

sí, me gusta no verme, gigante

y volver a la madrugada de la mano de la brisa húmeda

y sentir los llamadores de ángeles a lo lejos y un vacío profundo

bien adentro, en el centro, y no saber qué es

y volver a la cama

y agradecer las sábanas

y tener en mi mente una idea del amor

que no es nadie

ni casa

ni mundo

ni nada 

***


Palimpsesto


Tendrías que llegar como la noche

a llenar todo el aire de mi casa,

tendrías que caer como la sombra, 

como la sombra cae en las plazas

Idea Vilariño


ay aia uy

mi cuerpo cae

no sé si estoy preparada para el amor

            y es que nunca se aprende del todo una lengua

–ni la propia– decía

pero es que yo te quiero te     quiero como una película de Favio 

con esa voz gruesa y cálida y escondida

no sé si estoy preparada

pero me habla una voz

dentro de mí

y ya sé que soy doble 

y ya siento que soy bifaz

y te vas arrugando 

como un celofán 

sobre mi vida 

***


Acuario


Lo obvio es ideológico

hay allí un fragmento de verdad

¿pero no es también la verdad

una ideología?

¿o es un absurdo?


Si los nombres también son obvios

¿qué ideología hay en que

mi máquina latiente no se llame

tal vez

pececito exasperado de la sombra frágil?

¿es eso una declaración de existencia?


Quizás la pregunta

me podría anular de la ideología

pero no es tan simple, pececito

y nunca lo será

***


El nexo


Froto cada espejo de mi casa

limpio las arterias de este gran corazón

quiero hallar el sector más transparente de todos

donde se borre

la copia nítida 

de mi piel

***


MARTINA NIMCOWICZ

Nació el 13 de mayo de 1995 en el barrio de Balvanera, Buenos Aires, Argentina. Es profesora de Lengua y Literatura, poeta y artista plástica. En 2015 publicó su primer libro, Gestación (Textos intrusos). En 2016 formó parte de la antología Mujeres colectivas 2 (Ediciones Croupier) y, en 2017, publicó Días Púrpuras (Puntos Suspensivos Ediciones). Su último poemario, La noche permanece, fue publicado en el año 2020 por la editorial Ruinas Circulares. Participó de distintas revistas literarias y exposiciones de pintura. Actualmente, se encuentra trabajando en nuevos proyectos artísticos y finalizando una Maestría en Cultura y Literatura en Lengua Inglesa (UNSAM).


Contacto:

Instagram: martinanimco

Facebook: Martina Nimcowicz

Correo electrónico: mnimcowicz@gmail.com

ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ


PESCADOR DE SONRISAS

Para Jorge


No podrás recordar nunca esta tarde

feliz como tu padre

viéndote conducir el coche eléctrico

de juguete en el patio.

Nunca verás, sino en fotografías,

tu hermoso pelo rubio cubriéndote la frente,

mi pequeño y travieso pescador de sonrisas.

Ni tú ni yo sabemos dónde van a llevarnos

con su soplo los años,

o cómo nos veremos después de la tormenta.

Desde luego no así,

no como ahora,

tan ajenos al peso de la vida y tan libres.

Ni siquiera este apunte, que no describe nada,

servirá para mucho.

Sólo aspiro a que un día, pese a todo, recobres

parte de este momento,

al menos una lámina desprendida de pronto

de la simple alegría.

***


MEMENTO MORI


Los sabios nos recuerdan que la muerte

da sentido a la vida,

que si amamos, sentimos o reímos

se debe a que, algún día, todo habrá terminado,

se habrá cerrado el círculo y al fin conoceremos

la última anotación del pergamino.

Lo dicen los filósofos y Borges,

los gurús de culturas muy lejanas.

La muerte de la que hablan no es la nuestra,

sino la medieval de los grabados,

unos huesos con túnica y guadaña.

Ellos piensan en Séneca recostado en su tina

o en Hamlet escuchando los clarines de Fortinbras.

La muerte es el final, pero de un libro,

el último estertor de un personaje.

De la otra, de la ausencia que te hace ser un alga

incolora en el fondo del más puro silencio,

de la muerte que infunde el pánico y te empuja

como un perro furioso contra el mundo,

de esa saben muy pocos.

De Nuestro sitio en el mundo.

***


ODISEA 2.0


Ulises se ha quitado la vida esta semana.

Lo encontraron tendido sobre un banco

de los Campos Elíseos.

Eos bajó a cubrirlo con su peplo

de lluvia y hojas muertas.

No tuvo que cegar a Polifemo

para ser invisible.

El audaz Odiseo,

que se zafó de Antífates,

el que no temió a Escila ni a la fuerza

de los hijos de un dios, descansa ahora

frío bajo un extraño sol de invierno.

Lo llorará en un pueblo de Mali su Penélope.

La bella Circe ríe todavía

en un rincón perdido de Instagram.

No queda mucho para que Atenea, la de brillantes ojos,

se muestre ante Telémaco y lo anime

a atravesar el mismo mar incierto.

En la casa de empeños sigue el arco

sin que lo tense nadie.

Dicen que, enloquecidas, las sirenas

aullaron en Montmartre toda la noche.

***


ES POESÍA


Esto no es una crítica de arte ni una instancia formal ni una pintada

en un viejo vagón de cercanías.

Esto no es un eslogan de la tele ni un aforismo zen ni un tatuaje

en el durazno blanco de tu pecho.

Esto no es un apunte en el diario ni un mensaje de wasap ni una cita

de misticismo anónimo en un muro.

No es la plegaría hueca a ningún dios ni una ecuación ni un mantra de liturgia.

Tampoco es una noche en la masmédula.

Esto no es la excreción de algún cantante ni un desahogo lírico. Es poesía.

Si no te hace temblar, olvídala. Si no te hace sentir afortunado

portador de un secreto inconfesable,

no malgastes tu tiempo.

***


VERDE


Tú envidia la dureza mineral del diamante,

la rigidez y el filo del acero;

yo admiro el tallo verde de los juncos

que guardan la ribera.

Si el viento silba, bailan su canción;

si el agua se desplaza, ellos la buscan.

Quien quiera que se vista con el gris de la roca,

que yo prefiero el verde flexible de los juncos.

Vivir es claudicar. Quien vive sabe

que las piedras se parten en esquirlas,

mientras el junco oscila y bebe y sueña

que ese verdor es suyo para siempre.

Que otro envidie la pobre dureza del diamante,

que yo prefiero el verde flexible de los juncos.

Cada vez que se doblan suena un canto

de amor sobre la tierra.

De Bailando en la azotea.

***


ENCONTRARÁS DRAGONES

(Para Vega)


Despertarás muy pronto al llanto y a la risa,

a los primeros golpes, y más tarde

estallará en tu boca el don de las palabras

como el jugo agridulce de la fruta mordida.

Te invadirá el asombro, tuyo ya para siempre,

ante el enorme lienzo de este mundo esperándote.

Aquí tienes el cuerpo que nació de nosotros,

del amor y la sangre,

y en él te guardaremos como al cristal más frágil.


Pero, a pesar de todo, encontrarás dragones.

Será el regalo amargo que habrás de abrir tú sola.

Aún es pronto y descansas dentro del vientre líquido,

pero tarde o temprano, encontrarás dragones.

Aunque, antes, mucho antes, perseguirás palomas,

el perro cariñoso te lamerá la cara


y querrás ser sirena y nadar con los delfines.


Pero la vida tiene lugares más funestos,

y en sus aguas violentas encontrarás dragones.

Entonces ten en cuenta cómo fuiste engendrada,

cómo entre los primeros temblores de tus células

ya habitaba el amor. Nunca lo olvides.

Recuérdalo, hija mía, cuando encuentres dragones.

Y será tu coraje distinto de los otros,

porque nació tu cuerpo del amor y la sangre,

y en él te guardaremos como al cristal más frágil.


Porque el mundo no es solo este lienzo que espera,

debes tener presente cómo fuiste engendrada.

Recuérdalo, hija mía, cuando encuentres dragones.

De Los signos del derrumbe.

***


ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ

(Albacete, 1978) es autor de los libros de poesía El camino de vuelta (Pre-Textos, 2012), Insomnio (Fractal Poesía, 2013; Origami, 2015) Las hojas imprevistas (Ayto. de Alhaurín el Grande, 2014), Los signos del derrumbe (Hiperión, 2014), Estado líquido (La Isla de Siltolá, 2017), Nuestro sitio en el mundo (Eolas Ediciones, 2020) y Bailando en la azotea (Renacimiento, 2023). Ha recibido los premios “Antonio Machado en Baeza”, “Arcipreste de Hita”, “Antonio Gala”, “Antonio González de Lama” y “Tiflos”, entre otros. Es licenciado en Filología Hispánica y máster en Edición por la Universidad de Salamanca y trabaja como profesor de Lengua castellana y Literatura en un instituto de educación secundaria de su ciudad. Algunos de sus poemas, traducidos al inglés, han aparecido en revistas de Estados Unidos como Osiris Poetry, Asheville Poetry Review, Connecticut River Review o Cimarron. También en aquel país ha publicado Signs of Collapse (New York, Clare Songbirds Publishing House, 2018), la versión inglesa de Los signos del derrumbe, a cargo de Jorge Rodriguez-Miralles. Como dramaturgo, ha estrenado las obras de teatro La entrevista (2018) y El camino de los elefantes (2024), editadas en un solo volumen por Chamán Ediciones en 2024.

ALEJANDRO CÉSPEDES


UNO


Lo que se nos presenta como nuestro 

es una alegoría del olvido.

El calor de un asiento que acaba de dejarse,

su radiación, su irse, su desvanecimiento suavemente.

Dice Marcel Duchamp: «infraleve, adjetivo,

no hacer nunca de ello un sustantivo».

Los infraleves son también las distintas apariencias

de aquello que se muestra como idéntico.

Cualquier analogía es infraleve, vuelve a decir Duchamp.

Es eso imperceptible que difiere en lo producido en serie.

Lo que queda en el molde de la pieza copiada,

la ausencia que ha emigrado de uno a otra.

Es lo que se ha escondido debajo de su aspecto. 

Lo mismo y lo distante. 

Lo correcto y lo enfermo. Lo arrugado y lo recto.

Lo que ansía lo plano de cuando fue rugoso.

Lo que cada uno envidia cuando lo tiene el otro.

El ruido que se duerme en brazos del silencio, 

su despertar de golpe.

Las cajas de zapatos y su olor a humedad,

ese moho que vive sobre las fotos muertas,

la oscuridad de la que se alimenta.

Las perlas de un collar en blanco y negro

que aún tienen que esperar a otro poema

para existir después de ser escritas.

La gratuidad de lo que apenas pesa.

El tiempo es un objeto. El objeto y su causa es infraleve.

La sombra de la aguja que marca los segundos.

Infraleve es la tela de una araña,

pero grave el insecto que tropieza con ella.

También lo son los ecos de su vuelo,

el recuerdo del vuelo mientras muere en la araña.

El dorso de lo simple y la complejidad de lo que es cierto.

El viajero que pierde en el último instante su tren es infraleve. 

La mirada de aquel que espera su llegada en el destino

y ve el tren alejarse y el andén vacío. 

El aire que despiden los huecos de las puertas giratorias.

El veloz intercambio entre lo que se ofrece a una mirada

y lo que permanece en la retina.

Lo que queda del mundo durante un parpadeo.

El roce de los párpados encima de la córnea.

El instante indecible en que algo se olvida.

Esa fugacidad de lo impensable

en la gravitación de lo pensado.

Aquello que sucede cuando ya no se espera

y se pierde al instante por azar o por miedo.

El calor que genera el propio miedo.

El vapor del aliento sobre el frío

mientras alguien se muere en otra parte.

Las dos expiraciones buscándose en el aire.

La lluvia, cada gota que pasa delante de los ojos.

La gota que en el suelo se reúne con otras. 

Ese momento mágico del líquido que se estrella en lo sólido

y se esparce en astillas más pequeñas.

La inefabilidad que hay en lo sólido 

cuando danza en el polvo sobre un rayo de sol. 

Toda separación es infraleve y grave.

Lo que se pierde es un infraleve.

También a veces es lo que se gana.

La teoría cuántica aplicada a la ausencia, 

la superposición, eso que hace posible 

que tú sigas aquí después de haberte ido,

la existencia sincrónica de dos formas opuestas. 

El maullido del gato en la caja de Schrödinger

muerto y vivo a la vez, igual que todos.

La transparencia es en su cualidad inaprensible un infraleve.

La oquedad que en el aire va dejando una bala 

mientras busca a su víctima. Las plumas liberadas 

por ese proyectil que alcanza a la paloma,

su viaje por el aire ya sin dueño.

El aire de Madrid metido en una caja 

que se envía a Uruguay con una dirección que ya no existe

mientras alguien la espera en Buenos Aires.

Lo que queda en la lengua después de una palabra venenosa.

El veneno que absorben los oídos 

en el reverberar de esa palabra.

El fluir de la savia por el tronco.

La amargura de un árbol que se tala.

El olor a resina de su alma.

Lo que se ve aumentado en una lupa.

Todo lo que es minúsculo y ahoga.

La mirada de un niño en un escaparate de juguetes.

El cristal, la ventana, el dentro/fuera.

La mano en el cristal. La mano en el cristal.

La mano en el cristal que va a empañarse

al principio de la FRACCIÓN 15.

Lo que el cristal de esa ventana absorbe 

mientras se está mirando lo que hay fuera… 

                                                                y se va.

Lo que se queda dentro sin poder traspasarlo. 

El vaho que se fija a las ventanas,

la humedad que se escurre por el vidrio,

el surco de la gota que recorre dos mundos empañados.

La mano en el cristal. La mano en el cristal.

El llanto que divide el vaho en dos extrañas 

islas de inexistencia. 

El nombre que se escribe con la yema del índice

en una de esas islas separadas.

El irse diluyendo de los trazos.

El pájaro y la jaula, 

los pájaros huidos, 

la jaula sin el pájaro.

La oscilación del palo que conserva el impulso de la huida.

El vaivén de la puerta de la jaula.

Lo que existe, sin verse, entre lo que se elige y se rechaza. 

Toda caricia es un infraleve, 

el distinto gradiente de sus temperaturas.

Lo que aún sobrevive en el espejo 

justo cuando dejamos de mirar.

Verte desembarcar sobre la noche unánime 

contra todo pronóstico mientras sueñas que late el corazón, 

el corazón que sueña que funciona

mientras late en el sueño de otro corazón.

El corazón y su latido unánime 

y postrero e inútil...

El hueco de tu rostro encima de la almohada

después de haberte ido.

El contorno de un perro que persiste en la hierba

tras haberse tumbado. La hierba incorporándose 

tan sosegadamente de forma imperceptible.

La sombra que desea perdurar sobre el suelo

después de que la flor fuese cortada.

El hueco que se sigue imaginando lleno. 

Una escalera con los peldaños rotos. 

Los recuerdos del pie que la ha subido.

El humo de las llamas que la queman.

La decisión de hacerla prescindible.

El paisaje que está fosilizado 

dentro de los ladrillos de una ventana tapiada.

El olor del café que se escapa en la orina.

Los sueños de grandeza de un seto recortado

y la satisfacción de las tijeras.

Los recuerdos del hueso de una sepia en la arena,

su añoranza del viaje y de la hondura.

El amor esculpido en un cuerpo de mármol,

las lágrimas halladas en un bloque de hielo

extraído a la fuerza de un glaciar que se funde.

La implacable tendencia a la inexactitud de las balanzas,

las dudas permanentes que tienen sus agujas

antes de decidir dónde posarse, la indecisión, 

el tiempo y el espacio en el que oscilan,

las posibilidades que engendra el titubeo.

Lo que ocurre detrás de lo instantáneo. 

Lo que ocultó ese instante en su afán de ser visto.

Lo que anhela ocurrir mientras se evita.

Los sueños de los fetos que se abortan.

El llanto que tenían ensayado 

cuando viesen la luz por vez primera.

La fuerza del arrastre de un «te quiero».

La relatividad que curva su materia

y hace un nudo en la luz que lo traspasa.

Todo lo que resulta incalculable

y, sin embargo, nos da nuestra medida.

Lo que queda en nosotros de lo que ya perdimos.

La lucidez que nubla a los suicidas…

La certidumbre de saberse muerto

en el instante previo a ya no saber nada.

Ese momento prístino en el que te das cuenta 

de que no es necesario saber nada.


Si hubiera una razón para morir, ¿sería esa razón un infraleve?



*Del libro Los infraleves, ediciones liliputienses (2023)


***



ALEJANDRO CÉSPEDES


Licenciado por la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Oviedo, es poeta, gestor cultural y crítico literario (El Mundo, Cadena Ser, La Cultura de Madrid, Círculo de Bellas Artes, etc.., con una destacada trayectoria en la poesía contemporánea desde 1980, publicando desde entonces:
El lenguaje de las cosas mudas, Premio Internacional de poesía Centrifugados-San Gil (Ed. Lilipuetienses. 2025); Los infraleves; Soy Lola Jericó, Premio Iberoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez; Cazadores de icebergs; La infección de lo humano; El aliento del klai, Premio de la Crítica de Asturias; Las caricias del fuego; Voces en off; Topología de una página en blanco; Flores en la cuneta, Premio Jaén de Poesía; Los círculos concéntricos, Premio Blas de Otero y Premio de la Crítica de Asturias; Sobre andamios de humo, poesía reunida 1979-2008; Hay un ciego bailando en el andén; Las palomas mensajeras sólo saben volver, Premio Hiperión; James Dean, amor que me prohíbes, Premio Navarra de poesía y Ángel González; La noche y sus consejos, Premio Internacional de Poesía Ciudad de Lanjarón. Ha publicado también 4 plaquettes. Sus obras han sido incluidas en once ocasiones en las listas de los 5 mejores libros del año por diarios y revistas de ámbito nacional (ABC, El País, El Mundo, El Español, Público, El Ciervo, etc. Es editor de la obra poética de Luis Sepulveda: Disparos al aire (Madrid. Visor. 2023); O caçador descuidado. Poesia Reunida (1967-2016) (Oporto. Porto editora. 2023); Istruzioni per il viaggiatore. Poesie (1967-2016), (Milán. Guanda Editore. 2022); y Grecia (Atenas. G. MIRESSIOTIS & Co. - OPERA EDITIONS).


ENLACES


TODO SOBRE EL AUTOR, aquí está la mayor parte de su obra publicada en lectura y descarga gratuitas:  www.alejandrocespedes.com


VÍDEOPOESÍA: https://www.youtube.com/@alejandro.cespedes/videos


POESÍA ESCÉNICA:


1.- Voces en off, la invención del espacio, Carmen Teatre (Festival Vociferio, Valencia)

https://www.youtube.com/watch?v=t4rt6_FV76Y&t=84s


2.- El aliento del klai (Fragmento), Teatro Palacio de la Audiencia (ExPoesía-Soria) https://www.youtube.com/watch?v=l6dWd8Hr0Bo&t=173s


3.- El aliento del klai (espectáculo completo): Paraninfo de la Universidad Complutense de Madrid, Festival Poesía y Teatro. https://www.youtube.com/watch?v=cZWMRtYP8-E&t=786s


CINE-POESÍA: 

Las caricias del fuego: https://www.youtube.com/watch?v=OROWzH1i0gs&t=1033s