Cuando la poesía es un cuerpo que grita
Reseña literaria de Un grito cualquiera de Mariela Palermo (2024 – Ediciones Del Callejón)
Por Lic. María Andrea González
Me la presentaron como “la Palermo”. La frase completa de quien hizo de mediador en el asunto fue: “La Palermo te va a encantar”. Y aquí estamos, leyendo por segunda vez su poemario Un grito cualquiera… Mariela Palermo, poeta pilarense, merecedora del artículo “la” con su especificidad bien definida: “la Palermo”. No hay dudas del sello de una voz propia, audaz, por momentos brutal.
La poeta elige para epígrafe un verso ni más ni menos que de José Lezama Lima: “¿Qué hiciste con el amor/ mientras el otro sufría…?” De ahí en más, la interpelación es inevitable. El lector queda tratando de hacerse cargo de esa clave, durante toda la lectura del poemario. Antes, durante y después. Hay una semiótica colectiva de ese dolor en clave de símbolos y de campo semántico. Cito ―solo de manera aleatoria― algunos verbos que me llamaron la atención en distintos poemas: hundirse, tragar, se devora, acalambrarnos, arruiné, secuestrarnos, rascar, ampollar, reviente, mordiste, desamparar, maldecir, cuelgo, etc., etc. Y lo nominal: cautiverio, vértigo, borde, carajo, mierda, quilombo, espanto, quebradura, ceguera, desgarradura, jaula, torpezas, trapos, cautivo, duelo, escombros, fiebre, fuego, cataclismo, etc., etc. Pero fundamentalmente, la semiótica colectiva del dolor aparece enclavada en el título: Un grito cualquiera. Cualquiera es lo colectivo, lo que trasciende lo particular, lo que ensancha el corpus de lo que remite a un tiempo y un espacio propios para instalar una interpelación que nos involucra a todos, que nos pone en el lugar de…, porque como dice el yo poético en el poema de la página 63 que da nombre al libro, “Vos también llevás / un verbo en la piel, un dolor que no es tuyo, una guerra humillada (…) ese grito cualquiera ―cierra el poema― que no es más que esta única verdad que nos nombra”. El grito es la verdad de uno y la verdad del otro que se hace uno. Es de todos y de nadie. Y es palpable, como un cuerpo con volumen. De hecho, lo afirma la poeta cuando dice “un viento pequeño / me trae el grito que volqué / en las esquinas” (p. 52). Lo que instala el yo poético es la urgencia del grito.
Comparaciones fuera de lo previsible se nos quedan boyando y necesitamos volver. Voy con algunas porque sí: “(…) esta noche/ tan parecida a tu risa” (p.19). “Aunque el frío, / como las luciérnagas, / elige rostros y oscuridades” (p.39). A la comparación, en este último caso, le suma la autora el bonus track de la voluntad de elección con una predicación de remate. Seguimos haciéndonos un festín en la lectura: “la cascada / como un mosaico fonético / la escucho/ como a un viejo bandoneón” (p.52), “tengo tanto silencio en la voz / que. Así, aprendo a morir/ como una arteria rota/ en el borde de una zanja” (p.77) “como quien tiene la luna/ entre los ojos, / esa orilla /como un tajo en la garganta” (p.80). Y en relación con estos versos finales que selecciono, va la pregunta: ¿vale poner tan cerca dos comparaciones casi compitiendo? La respuesta claramente es sí, siempre y cuando tengan la originalidad y factor sorpresa que tienen estas, como para que eso solo otorgue un permiso extra al uso de todas las licencias y convenciones.
Dice el yo poético darle al destino su “hígado como una ofrenda” e irse “cantando como el pájaro que sabe / que armó su nido / en el rincón vulnerable de la trinchera” (p.50). La imagen del pájaro es el puente con el poema siguiente El escondite. Y es genial cómo pasa de una comparación a una condición surrealista instalada como hecho natural “No conozco ni un pájaro que no / se haya escapado de mi pecho” (p.51).
La Palermo va por más. En un trabajo tremendo con la elipsis, elimina nexo comparativo cada vez que puede y se planta como una poeta de la metáfora brutal. En estado crudo. Otra vez, hago una selección random. Elijo algunas para paladear varias “hoy no me importa ser la esquina / de los que nunca se encuentran” (p.17) “el tiempo, / querido/ es el autito a fricción/ que me regaló mi viejo para reyes” (p.25) “la ruta / es un orden / que yo no entiendo” (p.26) “la guerra / en la cocina/ es un camión/ en el carril rápido”( p.31) “tu locura es una bomba nuclear, mujer” (p.37) “Somos compás” (p.43) “Me iré siendo otra, / un pájaro inesperado/ crujido contra el cristal” (p.45) “La miro con mis ojos/ de azulejo roto / de poeta huérfana / y le hago un lugar / debajo del miedo” (p.52) “Soy un pequeño rato” (p.55) “La música es un gorrión / fusilado en la trinchera” (p.56) “El tiempo es tregua y encrucijada” (p.56) “Soy un muro que se escarcha / una revolución entre la plaga” (p.56). En Soy el epicentro de una enfermedad hay una búsqueda explícita del estado del ser: “esta sílaba descuartizada / tejido del que cuelgo / cruel ejercicio del vacío/ que llevo en mí” (p.58) porque la palabra es “este terrible elemento” (p.58) “La palabra es una balsa / que flota / hacia el destierro” (p.67).
En esta línea de análisis-inventario, voy por algunas expresiones que bien podrían servir de estampa en remera, o de cuadrito en el living. Algunas de mis preferidas “porque vos necesitás / que el invierno tenga intervalo” (p. 38), “cuando / el reloj reviente/ las sílabas” (p.44), “entre el running y el infarto/ no hay un espacio amable para morir” (p.59), “fue oportuno / contar los azulejos / para hacer callar tu voz / de una buena vez” (p.36), “morderle un labio a la certeza” (p.47) , “con la urgencia que le ganó a la noche / en el baldío” (p.70), “voy a vomitar / un poema en el cordón” (p.62). En la próxima cena de amigos, yo, particularmente haría un pasacalle en el frente de mi casa con “traigan razones para celebrar las esquinas” (p.73).
Página 36 y página 52 del poemario: dos veces aparece la palabra azulejo (que me fascina en semántica y sonido) y me quedo pensando en la idea de la poesía como mosaiquismo. Vuelvo a la página 52, y no me falla la memoria: ahí estaba ya como una mina terrestre plantada la palabra mosaico.
Me gustan los juegos de palabras entre compost y compostura de calzado (p.30), contar y descontarse a sí mismo (p.31), partir y partirse en pedazos (p. 35). El factor sorpresa no se pierde nunca. Y como si la poeta no hubiera hecho un despliegue brillante de recursos (anáforas, paralelismos sintácticos y otros tantos, aparece entre mis preferidos la repetición con variación: “Nosotros que / somos tan parecidos en nuestra lengua / que somos tan parecidos en nuestra muerte / que somos tan parecidos (…) nosotros/ que nos quisimos/ parecer tanto al fuego / parecer tanto al beso (…) nosotros / que nos quisimos/ con las manos cerradas” (p. 15) El auxiliar querer (“nos quisimos parecer”) muta de golpe en esa variación al sentido completo del deseo (“nos quisimos”). En el poema Ultimátum, también hay un juego parecido “Esperó una respuesta / encima / encima que me tuve / que atragantar la luna/ con este poema despechado” (p.28). En las repeticiones con variación, se manifiesta con una precisión mayúscula la lucidez de la escritura que no deja nada librado al azar. “Me busca / como un cóndor el destino” declara en la primera estrofa el poema Me busca, para arrancar la segunda con una modificación mínima, que lo condiciona todo “Me busca / como un cóndor arrodillado el destino” (p.49).
La voz coloquial, la del habla, ahí al ladito resonando, como lo cotidiano que nos ocurre. Amé, entre otros, el poema Microficción: “Estamos tan al borde / mi amor / tan al borde/ que nos podemos extinguir / antes de que digas / ‘carajo, lo arruiné todo otra vez’.” (p. 20). Hay un roce con un registro más duro por momentos, más tangible en la violencia “sí te quiero / todo así / hecho mierda” (…) “y te quiero mandar a la mierda/ porque me pintó / o porque te moriste y te olvidaste / de avisar” (p.22). Los versos “somos relindos juntos / somos relindos solos / somos relindos” son perfectos en esa voz para concluir con la comparación brutal “como dos muñecos destinados a sacarse los alfileres entre ellos” (p.23) ¡¡¡¡woooow!!!! “No sé si seguir en la mía” (p.26), casi como lo diría una piba de barrio. En ese marco la potencia de algunas palabras más extremas en el registro como “conchuda” (p.26) o “quilombo” (p.29) abre aún más el abanico y refuerza la incomodidad disruptiva del lenguaje.
La estética es brutal porque el mundo es brutal. De hecho, la poeta se reconoce como el “epicentro de una atrocidad”. La misión del poeta es conducir, ordenar el grito, registrarlo ¿hacerse cargo del grito vital que la devora? Es llamativo en este poema el hecho de que el primer verso abre una interrogación con tono concatenante que no se cierra y que en definitiva puede pensarse como una búsqueda que va llevando a la certeza.
Perdoná es un poema que pide perdón al maestro que la insta a la calma, pero para la poeta esa calma es impensable en un mundo que se le mueve demasiado rápido y tiene “una ciudad violenta entre las tripas” (p.60). Aquí, la semiótica de lo brutal opera con todo su bonus track porque “igual / nos va a doler la ausencia / nos va a joder la muerte/ nos va a hacer mierda el tiempo / perdido”. Es un exhibicionismo crudo de la urgencia. “Voy a vomitar/ un poema en el cordón” (p. 62). Pongásmosle nombre al maestro al que le pide perdón, me digo, como curiosidad de lectora. Y me arriesgo al juego. Abro variables: ¿el maestro de yoga? ¿el maestro de poesía? ¿el maestro de la vida? ¿el maestro en una visión mística? ¿el maestro como conciencia? ¿el maestro como un alter ego? Y también acaso y sobre todo el lector como maestro, al que no puede prometerle una calma que se contradice con su urgencia.
La interpelación al otro está en el tono y está, en muchos casos, en la elección de una segunda persona del singular (“no quiero que me calmes/ con los ojos del destino”, p. 17) o la segunda persona del plural “Traigan (…) traigan razones/ para celebrar las esquinas” (p. 73) en el plural incluyente, con intención de convite imperativo, por ejemplo, en títulos como Busquemos una sombra (p. 12). Lo imperativo es hacia afuera, pero más hacia adentro: también ahí la consonancia del tono es perfecta: afirma el yo poético “me iré siendo otra” (p. 46) y la mutación es tan natural como ascendente. “Habrá que ser pregunta” es un verso estrella que ―al margen de lo rítmico y anafórico― marida la misión del poeta con la esperanza de un futuro. Porque la urgencia del día a día requiere “fabricar la sombra / y maldecir… / solo por el viejo capricho / de no aflojarle a la vida” (p.48) y porque “Es urgente / una porción de lucha / en la garganta” (p.70). El grito (tanto cotidiano como social) es cuerpo y manifiesto. Un grito cualquiera de Mariela Palermo ausculta a la perfección ese espesor de volumen que es el lenguaje poético.
María Andrea González (CABA, 1972)
Profesora y Licenciada en Letras, autora de Pienso en lo lindo que me quedaba el rímel en las pestañas (HD ediciones, 2021), Maniobras de amarre (1er Premio Concurso. El puerto edita, 2023) y De entrecasa (1er Premio Concurso Nacional Bioy Casares 2024). Fue publicada en revistas de alcance nacional e internacional, en numerosas antologías y ha sido premiada en categorías poesía, narrativa breve y ensayo en reconocidas convocatorias.


