I. Quebrar la racha
Habrías llegado así, entonando alguna antífona, con dos flores exhumadas y un jarrón deshecho.
No, muy poco que contar. Imposible descifrar la mancha de humedad del baño. El tapial aún rezuma una fragancia austera. Las hormigas son legión que arrasa, solo cumplen su rutina los jacintos.
Habrías llegado así, pura pompa, a hacer preguntas.
Nada que decir. El día es una sucesión de diferencias mínimas que acaba resolviendo en un continuo. Mirados desde lejos, los días son iguales a los días.
Pero no sucedió. Torcer el viento, quebrar la racha, quedará para otra vida. A todos los efectos, consideremos cumplido el protocolo.
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II. Lo que no tiene nombre
La madrugada es una perra idiota y bella que él no ve. La realidad, ahora, es un cordel y una certeza. El mundo es un rumor lejano, lo habitan voces incomprensibles. Son veinte pasos nada más – el otoño anda en chancletas – o quizás treinta hasta la viga. Lo sigue el perro, pero tampoco entra en el cuadro. El viento aúlla disparates.
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III. Esto, así.
Esta manera fragmentaria, entrecortada, hosca. Una palabra, o a lo sumo dos y no más. Media línea y cuando alumbra. Estos signos vacilantes, ciegos, agua entre los dedos. Este ejercicio reiterado e infecundo de rumiar siempre lo mismo, de maquillarse para salir a escena. Este empecinamiento de obrero. Esta esperanza, esta ilusión, este veneno. Esta rutina burocrática de marioneta infeliz, con sus hilos invisibles que la mueven. Esta pose, este jamás ser uno mismo, este ya no saber quién soy ni adónde pertenezco.
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IV. Poder
Podría haber huido, haber resuelto un viaje intempestivo a coordenadas inexistentes. Podría no parpadear – el ojo, sin el vaivén de la pestaña, adquiere la dureza de una piedra y de las piedras, ya se sabe, la mordedura y la succión no devuelven, ni en mil años, savia, sangre, piel
– O, por la costumbre de no mirar de frente, no mirar. O entumecerte el pensamiento con discursos. Podría haber gritado no me mates. Pero, ¿sabés?, estoy cansada, voy a ofrecerte el flanco izquierdo. Me desabrocho la camisa, inclino treinta grados la cabeza, percibo el vaho turbio, adivino tu incisivo y me abandono al dolor mientras sueño que soy libre.
(La rata, última carta a la anaconda encontrada en la mesita de luz)
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María de los Milagros
Esa forma de partir que tiene el tiempo, de dislocarse en caras, en lugares, en momentos, de diluirse en baratijas de alto precio – minucias de la vida, yo qué sé, un apretón, un beso, aquella medallita despintada, ¿te acordás? – acabó por convertirte en sal, en yeso. Al cabo, caminar era perder a cada paso un miembro.
Fantasma de los puentes, suburbio fuera de órbita, por fin tu eje descentrado se partió y no hubo fuerza, María de los Milagros, virgen precoz, viuda de vos misma, ni ruego, ni infusión, que logre desposarte con la suerte.
Yuxtapongamos a la errancia una fe ínfima y qué nos queda: una pasión cada vez más desganada, esa falta de histamina y la ictericia. Feo, María de los Milagros, deslucido, el baile tuyo aquel, con el sapo tuerto.
¿Y ahora? Desvirtuadas las verdades, disminuidas la pulsión, el intelecto, ¿adónde ir?, ¿rumiando qué, qué verbo?
¡María de los Milagros que no advienen, si el trompo gira loco no desentonemos! Vayamos de la mano de un enano y un bufón a ver salir el sol entre las cuatro paredes de un hospicio, consigamos un retrete de madera y orinemos dentaduras de oro y plata que la épica ya nos va quedando lejos.
Y si en un recodo de los años que subsisten se nos da por preguntar qué significa todo esto; si una luz, una emoción, una piedad, un sueño, asoman, ¡asesinémoslo! Yo llevo, oculta y presta, por si me asaltara un reblandecimiento, una garra adscripta al pecho. Aquí, ¿la ves?, en el costado izquierdo. Ahoga un poco a veces, pero no duele. Ya no. Tendrás la tuya, también.
Paciencia, ya llegará tu tiempo. Y la usarás, seguro. No otra cosa nos queda para defendernos, que una garra de gorila adherida a la garganta o al pecho.
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I.
Signos
Ni la mirada estéril ni el veto intempestivo a las ventanas
y a los pájaros. Ni haber ungido así, sin avisar,
el silencio más atroz. Fue el modo
en que depositó sobre la mesa aquel objeto trivial
lo que nos hizo saber que algo, tan inconcebible como cierto,
tan inasible como real,
algo como una garra o la túnica de un ángel, lo rozaba
una vez más.
Que no sepas cómo fue ni quién lo hizo.
Que no tenga sentido ni razón. Que el viento
que arrastra bolsas, hojas, gente, te deposite a vos también
allá, en el lugar exacto de la incertidumbre. Que el estupor
marque el camino y el ritmo. Pero que una parte de vos
esté despierta cuando vengan a explicarte
la forma inexplicable de una nube.
II.
Impromptu del laurel
Primero tiemblo. Las venas lo adivinan:
en un espasmo de furor acude el zumo. Arrasa.
Sube por el pecíolo hasta el ápice y desde allí
derrama. Por la nervadura central viaja la savia,
vena a vena, hasta los márgenes.
Entonces sí, redonda, llena, me deshojo.
Me transfiguro en dulzor,
rocío, insecto, luz.
Pero antes tiemblo.
Si la ictericia del final, la rigidez, el quiebre;
si de la corrupción al átomo sin nombre
o la inverificable promesa de volver me turban,
primero tiemblo.
Después olvido. Yo no guardo la memoria para mí,
la siembro. Una papa y tres papines me enseñaron el vaivén
del tiempo. Y a mentir, un guijarro icosaedro.
Igual que el mono aquel - ese animal fallido –
busqué una vez decir, pero no pude.
No me arrepiento. Me aboco a mi silencio y tiemblo.
III.
Otro poema de amor
Yo, el último licántropo,
harto de vagar y de esconderme,
sucio de gramillas,
herido por todas
las zarzas de los montes,
inclinada la testuz,
hundido el rabo,
ceñido de hambre
y de sed pleno,
falto ya de ideas,
huero de esperanzas
vengo ante ustedes,
a que laven cada mácula,
perfumen cada hedor
y latiguen
cada una de las muertes
que les di.
Descarguen sobre mí
todo su odio
– yo ya del mío me vacié,
demasiado tambalear de tanto lastre –
Recíbanme a morir.
Quiero acabar desnudo
de culpas y,
si se pudiera,
recuperar mi estatuto
de hijo vuestro.
¡Oh, víctimas mías,
infelices a los que evisceré!
Recordaré sus rostros,
sus despojos,
aullaré cada uno de sus nombres.
Rezar no sé,
implorar no puedo,
pero el último aullido que libere
no será por mí, lo juro,
será por sus almas
por toda esa carne lacerada
– tanta pasión inútil, tanta saña –
Declaro en mi defensa:
ni yo ni los míos
jamás hemos comido carne humana
– las objeciones que formulo
son estrictamente gastronómicas –
Pero todos, hasta el perro, nos saciamos de la luna.
Y en mi contra:
era yo el que robaba los malvones,
yo, quien arranqué
uno a uno cada tallo
– la soledad, amigos, de un licántropo,
es la de un muerto,
si no fuera por las flores… –
Y la luna, ¡ah, la luna,
esa maldita enamorada!
que nos deja hambrientos, siempre,
desguarnecidos al amor
y solos.
***
IV. Casi tres haikus
1.
No lo creerías:
las dos mitades
del perro atropellado
siguen ladrando.
2.
El viejo Lucio
duerme, su pata tiembla
sueña que ladra
3.
Un día azul.
Un ave, a contraviento,
no acierta el vuelo.
***
Juan Gomez


