Desconfío profundamente de los libros que no prioricen el hecho humano como experiencia, como centro. Desconfío de aquella poesía que se remite a elaborar listas apáticas de supermercado, a describir objetivamente un fenómeno material que niega todo sentir, todo ser más íntimo, todo lo que pueda representar sensación.
En tiempos de automatización, técnica, tecnología, y más: inteligencia artificial y redes sociales, la reivindicación de la ternura y del “nosotros mismos” se vuelve no sólo revolucionaria, sino urgente. Y no cualquier ternura sino la que se expone en su ausencia, en su nostalgia y en su duelo.
Valentina Caputo transita las posibilidades que la poesía ofrece desde lo que falta. Alguna vez, un reconocido poeta me dijo que “Dios es lo que no está, la ficha que nos permite jugar con el resto”. “…ya no hay imágenes” dirá la autora para lo que no sucede “en ningún tiempo” ¿Y qué significa este arte (tan inútil, al que uno le dedica horas, días, meses y años) de juntar palabras que lleguen al decir? Tal vez signifique poesía: “una vibración mínima en los bordes” que se desencadena a partir de una poeta que busca lo que la “talla por dentro”.
Todo lo demás reverbera en el hecho humano. Más allá de simbolismos, corrientes literarias, conferencistas, tradiciones y cátedras de universidades, grita la pureza del “soy” y en esa reafirmación de la identidad convergen los recuerdos, la “palabra que amenaza”. Porque sí: la Palabra en tanto en función del ser humano físico y metafísico, está presente para buscar en su fibra más recóndita todo lo que no puede ser expresado de otra manera.
Todo lo demás hace gala de lo que pocos libros de poesía actuales (enredados en el realismo descriptivo abúlico): el mundo de los sentimientos, la desnudez de una voz lírica que construye sus letras a partir de sentirse ajena del idioma. Dirá Caputo que “nombrar siempre es llegar después” adentrándose en la tan mentada cuestión del lenguaje; sus dudas, sus miedos, sus limitaciones.
La poeta atraviesa las páginas sin pretensión académica ni ambición de prestigio. La necesidad es su regla. En una expresión: no busca el, tan publicitado en nuestros tiempos, éxito. Desea (que no es lo mismo que “querer”) encontrarse con un otro: la complicidad. Pero no aquella complicidad de quienes sólo cruzan miradas en una esquina. Una complicidad humana, total, terrenal. Complicidad que inquiere e interpela.
La complicidad de quien se acerca al hecho humano.
Agustín Mazzini, 13 de marzo de 2026.
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