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LEANDRO LLULL

 

Ropa tendida


Desde el patio veía el pecho de los pájaros atravesar el celeste y me imaginaba lo que ellos veían. Seguramente se trataba de casas y patios y calles muy parecidas a las mías. El terreno del fondo habitualmente tenía una parte de baldosas o de portland y otra de césped, cuando no pura tierra. Ahí verían los alambres arrugados o sogas que los vecinos tendían de un extremo al otro y que lo normal era apuntalar con un palo o un fierro. En casa había uno de estos últimos, color óxido. Una vez que mi mamá o mis abuelas terminaban de tender, empujaban el puntal hacia arriba y lo trababan con un ladrillo o lo enterraban en el pasto. Allá, en lo alto, quedaban las prendas aleteando al sol. De los ruedos chorreaba la sinfonía brillante y silenciosa de las gotas, que caían graves o agudas y formaban pequeños plops ahogados de barro. Yo las admiraba como velas de un barco que navega sin haber zarpado nunca; era posible porque mis lanchas y aviones siempre fueron los sillones inamovibles que rodeaban la mesa de granito. Se tejía así una música que le hablaba a mis ojos y a mi piel, y cuando las notas se tornaban sabidas, daba un paso y luego otro y otro, tratando de que nadie me descubriera. Me paraba bajo los fantasmas empapados y tomaba una manga. Me la llevaba a la nariz, la exploraba. El perfume del jabón en polvo me trasladaba a un futuro de naves intergalácticas y patinetas voladoras, y como queriendo atrapar aquella promesa de viaje en el tiempo, me la metía en la boca y empezaba a chupar. El sabor coincidía con el olor, yo sentía esparcirse en mí otra forma de vida, más metálica y estridente, opuesta a lo que creía que era: madera terciada oscura. Así fue que por mucho tiempo los únicos testigos de mis trips chamánicos con Ala fueron los pájaros y algún que otro gato asomado a deshora durante el día. Hasta que una tarde, al darse cuenta, mi mamá, en vez de retarme, desde la galería me preguntó riéndose qué hacía y no supe qué responder. Solo me reí tragándome el agua jabonosa y esta me atravesó rápida el esófago como los gorriones y los benteveos cruzaban el cielo.

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Goofy


Alguien me regaló un llavero de Mickey que traía un sliding puzzle con la cara de Goofy. El rompecabezas consistía en once fichas móviles en un tablero de doce y uno debía deslizarlas utilizando el espacio vacío. Yo aprendí bastante rápido y a cada adulto que llegaba a casa le mostraba el juego a ver qué les parecía. Algunos tardaban más y otros menos, pero a todos les ganaba. Tanto ellos como yo creíamos que mi facilidad provenía de la práctica, solo que con el tiempo entendí que no era así.

Al encontrar en la adolescencia el llavero en un cajón, armé la figura en un instante. Lo mismo ocurrió una década y media después, cuando tuve que mudarme (misma velocidad, misma soltura). A los cuarenta y uno, leyendo un poema de Paul Muldoon, reparé en estos versos: «mientras medito bien / sobre las reglas de este juego indescifrable / al que parece faltarle al menos una pieza», y recordé su existencia. Pero como no podía buscarlo, tuve que conformarme con escribir.

En el puzzle, el espacio vacío era el que permitía su resolución. Como un tokonoma o el Kū, la ficha que faltaba les brindaba a las otras la posibilidad de movimiento. Implicaba una especie de objeto x desplazándose a lo largo de una serie. Me di cuenta de que cuando yo armaba el Goofy, en vez de concentrarme en la figura, lo que hacía era apoyarme en ese hueco, pivotear sobre él como un eje mientras el rabillo del ojo delineaba al personaje entre los fragmentos: lo importante era cómo trasladar el vacío por el tablero.

A veces le tenemos miedo a la oquedad, la vivimos como absorción; llenamos y llenamos para no experimentar ser succionados y, sin embargo, es gracias a ella que logramos hallar lo querido. Más que como causa del deseo, el faltante provee la chance de articular. Requerimos de su presencia para disponer de lo dado y alcanzar lo entrevisto, lo leído, lo interpretado.

Esto me llevó a preguntarme si lo goofy, si un goof, no resulta un modo de operación del vacío en el pensamiento, un accidente de ilogicidad o sinsentido que abre el espacio para que las formas aparezcan en su gracia. Me remití entonces a la agilidad de los pulgares sobre el tablero, a cómo todas sus decisiones dependían de la ficha inexistente, cómo ese rectángulo ausente —ese no-ser que a simple vista representaba una rotura o una pérdida— le daba su ser a aquel juguete.

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Navidades sin nieve


Navidad. Alguien la dice y ya veo el bajoescalera de portland pintado de gris. Sobre su pared, cucarachas. Brillantes, consistentes, voladoras. Trato de matarlas con una ojota. Detrás, el tablón con caballetes tiene puesto el mantel. La noche cae con aliento de bueyes. Miro las estrellas a través de la enredadera. Parecen ajenas al sopor, a los bichos, al sufrimiento de la piel. Con su rigor plateado reflejan eso que en otro hemisferio está teniendo lugar: la nieve. Busco en el cuadrante el Carro de los Reyes. Ese fulgor helado es el deseo que durante años cultivé como televidente. Nochebuenas blancas, el Polo Norte, furiosas tormentas a través de las cuales los héroes van por las calles hasta encontrar un lugar junto al fuego.

Entonces, la pregunta: ¿por qué nací donde nunca jamás caerá la nieve? Persigo con mayor énfasis a las cucarachas. Cuando las mato a todas, me siento en el zócalo que separa la porción de césped de las baldosas. Me palpo la frente. Húmeda. Me calzo la ojota. Percibo el aroma del arrollado, la ensalada rusa. No puedo asociarla con Rusia, aun si las palabras me obligan. La ensalada está tan lejos del Norte como este de mí. Nunca voy a vivir como en la tele; acá la navidad es el agobio del aire, y pobre el Niño Dios en su pesebre, tan encerrado. Todos los años lo armamos con papel madera. Arrugamos la lámina hasta que parece una cueva y después envolvemos envases de manteca o margarina y tapas de cremas para los bebederos y comedores. Ponemos a José, a María, a los burros, vacas, corderos, a los Reyes, los camellos. En el centro está el bebé, cuna de paja.

Pero Jesús nació en el desierto, donde no nieva. Así que tampoco está tan mal que lo haga en casa, bajo este arbolito heredado, cuyos adornos también lo son. El problema es que me convoca el frío, sueño ser Clark Kent descubriendo la verde barra alienígena en el granero de su casa y lanzándose sin mayores explicaciones rumbo al Polo. ¿Qué puede haber en esa blancura radiante, esa nada? En el camino están las casas de troncos a dos aguas, los trineos, los muñecos con nariz de zanahoria y brazos de ramas; patinar sobre lagos congelados, guerras de bolas, dejarse rodar por una pendiente. Quizás me detendría ahí un tiempo, hasta encontrar en esa hostilidad geográfica un interior. El nombre del cubil que alojará a Superman lo sugiere: Fortaleza de la Soledad. Cuando la nieve aparece, vienen con ella la lejanía y la intimidad, tan distintas a la furia del verano que nos saca piel afuera.

Van a servir la comida. Me paro. La palabra navidad queda atada a los élitros repulsivos de las cucarachas, pero por debajo de su sonido late la nieve. Su sola blancura mental me abre algo: veo un sendero barrido, la nevada apisonada, los abetos densos, ruedas de autos con cadenas; voy hacia otra parte de mí sin dejar de estar ahí, en el patio, el 24 de diciembre, a más de treinta y cuatro grados, y las ramas del plátano, alzadas por encima de la casa, me parecen más vívidas bajo las luces anaranjadas de la calle, como si en vez de fuego cansado revolvieran en ellas un atardecer boreal.

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Zanjas 


Eran un fenómeno propio del más-allá-del-boulevard. Cuando cruzábamos para ir a algún negocio, yo creía entrar en un reino de estanques y fosos en el que las casas eran castillos. Bastaba con el primer roce de su olor para que sintiera una leyenda. Por Roca, antes de llegar a Casablanca, las primeras que salían al cruce generalmente estaban secas; había que pasar 24 de Septiembre para que aparecieran las verdaderas. Yuyos altos o juncos, agua negra salpicada de hojas y papelitos, ranas, sapos, renacuajos, a veces ratas, a veces pescaditos que alguien había soltado, los puentes hechos de portland con un caño de material o solo tablas o chapones.

Mientras caminábamos, yo me preguntaba por qué del-otro-lado teníamos que someternos al aburrimiento del cordón; por qué los chicos de-este-lado podían andar con sus cañas encarnadas con pollo o carne picada y sus baldes llenos de sapos y ranas. Esa frescura, aunque llena de mosquitos y jejenes, le humectaba el alma a uno, la volvía más vital, le soplaba un árbol por dentro, y en sus orillas los gomeros y los paraísos crecían con más fuerza, alimentándose del verde que les besaba los pies para hacerlo brillar más intenso en sus copas.

Siempre las deseé. Aun cuando comenzaron a llenarse de basura; aun cuando vi pibes recostados en ellas aspirando Poxi; aun cuando algunos empezaron a taparlas con losas y hormigón y solo quedaron unas pequeñas ranuras rebanadas hacia la chata oscuridad. Siempre. Y en la adolescencia, cada vez que visitaba amigos que tenían una, antes de tocar timbre me paraba en los bordes o sobre los puentecitos y miraba hacia la oquedad de sus vientres como si hubiese habido un porqué.

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Fidel


Más que como espectáculo de la naturaleza, nos llevaron a verlo como fenómeno social. Desde hacía semanas en la tele habían hecho público el maltrato y el pedido de que fuese trasladado a lugar más propicio. Las maestras nos habían puesto a buscar recortes de diario con la noticia y nos habían explicado qué era el abuso animal, pero no se habían metido demasiado con el concepto de zoológico.

Mi idea sobre el oso Fidel era la de los zíngaros de Disney. El aro del hocico lo imaginaba dorado y brillante, su pelaje reluciente, el semblante ameno. Pero cuando lo tuve ante mí, me sentí frente a un embalsamamiento mal hecho. Todo su pelo estaba ajado, y le crecía bastante más raleado de lo que correspondía. Su postura daba lástima, apenas si alzaba la cabeza cuando lo llamaban. Más que caminar, se arrastraba, y con él, restregaba la cadena contra el cemento de la jaula a cielo abierto tipo piletón. Era extremadamente flaco, como un hombre gordo que de pronto baja veinte, treinta kilos. Nos miraba repleto de pena, profiriendo algún que otro quejido grave, sofocado.

Yo estaba apoyado sobre el hombro de unos compañeros, abriéndome paso para tratar de verlo mejor, pero desde atrás me empujaban y en un momento tuve que hacerme al costado. Fuera del tumulto, me llené desilusión. No sabría decir si del oso, de la visita o del zoológico. Lo cierto es que los saludos que los demás les mandaban y los clics de algunas cámaras que habían llevado las madres de los más adinerados me desconcentraron por completo y ya no quise pensar en él. Sin separarme demasiado, fui hacia otra jaula (la de las nutrias), y ahí me quedé en un banco hasta que las maestras dijeron que venía otra escuela y había que avanzar.

Mientras caminábamos, alguien cantó agravando falsamente la voz «Yo vivía en el bosque muy contento...». Unos días antes, la profesora de música había aprovechado el revuelo periodístico para enseñarnos el tema. Entonces la metáfora que había querido mostrarnos cambió de relación y no vi a un oso que valiera un hombre, sino a un oso que había valido un hombre y que volvía a ser oso después de haber sido hombre, y —no con estas palabras que siguen, sino con una impresión sensorial— algo me decía que todo lo que Fidel tenía de harapiento y desvencijado era el costo que debía pagar por haberse animado a ser humano alguna vez.

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Plesiosaurio


Por decoro, llamémoslo Luis Pedro San Juan. Era un amigo de la primaria. Recuerdo que pasaba toda la semana en lo de sus abuelos, que vivían a la vuelta de la escuela, y los fines de semana se iba de los viejos (unas diez cuadras al suroeste). Hay tres cosas suyas que siempre me acompañan: su fanatismo por Jurassic Park, el pelo puntudo (especialmente en la nuca) y el terror que daba la ducha.

Contaba sin vergüenza que para que no lo retaran ni lo persiguieran para bañarse, entraba, abría el agua, y la dejaba correr durante una hora. Con el vapor, los dedos se le arrugaban. Este espanto felino por la ducha, si podía sostenerlo (es decir, si la abuela o los viejos no lo metían de prepo en la bañera) lo convertía en una fuente de olores mortíferos que no vale la pena describir, aunque sí referir que de un modo u otro se equivalían al color pardo de sus ojos.

Se trataba de un nene buenísimo, inocentón, algo torpe, algo aplicado (con resultados que oscilaban entre el bueno y el regular en libreta), regordete, tímido y con reacciones físicas graciosas ante la agresión externa. Desde que había visto la peli en el cine, su habitación y sus cuadernos y cartucheras se plagaron de dinosaurios. Yo no entendía por qué le gustaba esa historia sin héroes, donde valía lo mismo quién interpretara a los humanos (y por tanto, siendo intercambiables a lo largo de la saga sin generar nostalgia ni apego en el público) y en la que lo único que ocurría era el escape de las criaturas.

Un sábado fui a la casa de sus viejos. Era de dos plantas, amplia, sobria y bonita. Se decía que al papá le iba muy bien como visitador médico; la mamá era una mamá como la de las series argentinas de los ochenta y la hermana se parecía a las gemelas Olsen, de Full House (o Tres por tres). El acento que tenían era entre anticuado y patagónico y se distinguía mucho de cómo hablaba Luis Pedro. Cuando los escuchaba, yo me sentía en una película con doblaje.

Vimos Rescate en el Barrio Chino en un VHS que mi amigo había pedido como regalo (ahora se había fanatizado también con esa peli). A pesar de que era como su décima vez, él no paraba de sorprenderse, y cuando subimos a jugar a la habitación, corría y saltaba de la cama tirando patadas. Entonces entró la hermanita (debería andar por los cuatro cuando nosotros tendríamos ocho o nueve) con su timbre de topo Giggio. Luis Pedro la quiso echar, pero subió por la escalera un grito de la madre y él paso de la negativa a recibirla como a una princesa. Jugamos un rato entre los tres a recrear las escenas de Rescate en el Barrio Chino, después merendamos, luego anocheció y vinieron a buscarme.

En el auto, mi papá le preguntó a mi mamá por qué Luis Pedro no vivía ahí, con los viejos, y mi mamá, con un gesto, desvió el tema. Más adelante, aproveché un silencio y le contesté a mi papá con las propias palabras de Luis Pedro: «Porque la abuela vive cerca de la escuela». «¿Y la hermana no va a preescolar?», retrucó él. Contesté que sí y no dije más nada. Unas cuadras adelante, mirando por la ventanilla, vi a Luis Pedro sentado sobre la tabla de inodoro, rodeado de vapor, con la ropa puesta, aguardando a que los minutos corrieran para justificar su no-ducha con un simple manotazo de agua tibia sobre el pelo.

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Sala de las banderas


Eran realmente bellos todos los colores y las formas. Yo tenía un gusanito de felicidad en el estómago, o un puñado de ellos perforándomelo con pequeñas e infinitas alegrías que se encendían y apagaban como una lluvia de asteroides. Mis compañeros igual. ¿Quién sabe por qué cada tanto los niños de barrio somos cooptados por la luz del gozo? Lo cierto es que vimos cada pabellón y nos regocijamos, tal vez por las lámparas que avivaban las telas, al punto de parecer lustrosas como plumas en el lomo de pájaros paradisíacos. Todos se codeaban y soltaban sus ¡guau!; algunos hasta estiraban las manos y tocaban las vitrinas cuando las maestras no los veían. Esa cantidad de nombres de lugares nos hacía sentir parte del mundo, como si de pronto viajar fuese posible para nosotros. El rojo de la bandera de Perú, el verde de Brasil, el amarillo de Bolivia. Era tanta la orgía visual que nos entregaban, que casi no guardo figuras. Solo una urna transparente, con tierra arcillosa del Paraguay. Y con ella, la impresión de que estaba cerca de aquel pueblo, a solo un brazo que se animara a saltar el cordón-valla. Después, al final del paseo, sentados sobre el césped del parque para el picnic, sentimos que el propio país nos trepaba por los muslos: bajo el nombre brillante de Argentina yacía también esa humedad esponjosa del humus en la que nos apoyábamos sin decir nada ni dejarla hablar.

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LEANDRO LLULL

(1983). Publicó los libros Disonancia del jardín (EMR, 2009), Horas menores (Huesos de jibia, 2013), A los pibes crudos (VOX, 2015), Maratón (27 Pulqui, 2016), El gamo (27 Pulqui, 2019), La vida sin centro (Salta el pez, 2022), Luna del cazador (Bajo la luna, 2023) y Otra luz (Bardos, 2023), y el trabajo La lengua en soledad, dentro de la obra colectiva Prueba de soledad en el paisaje (Mansalva, 2011). Se encuentra a cargo del taller literario La rama hacia el este, dictado en la Biblioteca Popular C. C. Vigil y dirige la Colección Alfa de la Editorial Biblioteca.

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