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ESPERANZA I

En el cielo oscilante el sol 
comienza tibiamente a palpitar en un amanecer soñoliento. 

Los estertores luminosos del nuevo día 
arrancan a los árboles y a las casas
las primeras sombras.

Estas se despabilan languideciendo,
se estiran de su letargo nocturno,
van acomodándose y desacomodándose 
en virtud de la inquieta postura del astro,
que jamás queda inmóvil.

Los gallos ya han cantado
pero aún se perciben los ecos lejanos
de sus madrugadoras gargantas.

Y mucho antes que ellos,
él ya deambulaba en el galpón
con una taza de mate cocido caliente.

Mira por la ventana
esperando que el camino comience a dibujarse
tras la penumbra.

Aunque en realidad no necesita esperar tanto:
sus ojos acostumbrados a la noche
podrían transitarlo a oscuras sin problemas.

Ahora ha dejado,
deja,
dejará
el pocillo sobre la mesa.

Lentamente se acerca a la puerta mal cerrada
que grita con voz de burletes rotos.

Lanza una interminable mirada hacia atrás
y emprende su carrera rutinaria.

Como ayer,
como mañana.

–aunque el patrón no se levanta hasta bien entrada la mañana-
él debe estar listo mucho antes y comenzar las faenas
sin necesidad de órdenes matutinas.

Atrás: la casa lanza su mueca obscena a la calle
que se traga el cielo en un charco.

Mientras tanto en cada paso,
él va dejando arrojados en las banquinas mugrientas
los despojos de su infancia.

Se va desvaneciendo como la luna abrumada ante tanta claridad.

Allá ha quedado su juguete favorito;
aquel diente de leche esperando propina debajo de la almohada dormida;
el amor del primer amor traicionado.

Allá se quedan los sueños.

Y allá,
del otro lado,
del lado opuesto,
se eleva imponente la cárcel laboral que lo consume.

La distancia se eterniza en sus pies mal calzados.

Su inmensidad se agiganta como el sol en el firmamento.

Cada vez más lejana, distante y fría la distancia.

Cada vez más endemoniadamente triste y desilusionada.

El camina ligero esquivando las imperfecciones del camino.

Observa a ambos lados:
allá y allá.

Los dos profundamente antagónicos,
los dos decididamente enemigos.

Aquél por su miseria,
éste por su abundante riqueza.

Allá los sueños,
allá las pesadillas. 

Atrás la vida,
delante…
siempre adelante.

Hoy camina entre mil cavilaciones y preocupaciones.

Mañana andará sin pies
por los senderos de un nuevo resurgir.

Mientras tanto la lucha es desigual,
cruenta y desoladora.

Su cuerpo mismo lo atestigua.

El cielo es la meta,
porque el sol saldrá,
pero el cielo hay que tomarlo cuanto antes.