La doble pena de volver a contarlo todo es una extraña sinopsis de sucesos vívidos y de agudas reflexiones sobre la creación que Pablo Queralt despliega en cada una de las páginas desde una búsqueda intencionalmente instintiva, como queriéndonos decir “aquí está lo que quiero decir, sin puntos ni comas”.
La extrañeza del libro reside en una escritura librada al azar, como si hablara un paciente empotrado en el sillón del psicoanalista, discurriendo sin pausas sobre lo que siente, lo que duele y lo que fluye desde el fondo de la vida. Donde el poeta se quiere esconder detrás de la palabra y, simultáneamente, la palabra se oculta en el silencio del poeta.
Y, precisamente, lo que más llama la atención al lector sobre esta experiencia narrativa es ese discurso desvertebrado que construye Queralt, no resuelto desde el ritmo o la métrica convencional del poema, sino desde un lenguaje nutrido de pensamiento y de imágenes, conformando una trama atemporal que exalta realidades y fantasías entre distintos escenarios simbólicos.
Una dialéctica constante que permanece a lo largo del libro. Una sucesión de vivencias que se entrecruzan para reflejar el andar de hoy y las revelaciones que emanan del ayer. Las vivencias del hombre van al encuentro del creador, donde las disquisiciones sobre el devenir de la poesía se integran a un discurso elaborado a conciencia, manteniendo la atención del lector en todo su recorrido.
Existe una correspondencia íntima entre los recuerdos del poeta y la palabra que trasciende como si fuera un árbol plantado en medio de la infancia y sus ramas comienzan a deshojarse para darle vida a una historia no revelada: … esa atmósfera de magia y misterios… y donde la mirada del poeta todavía chispea como un libro para niños y su corazón vibra ante cada acontecimiento como una canción que no aprendí…
Un desafío sin máscara, con los ojos bien abiertos, que reproduce evocaciones que conmueven, giros expresivos que nos llevan a un lugar sin salida, simplemente porque el mismo autor no desea encontrar la salida y se siente cómodo en ese universo de círculos concéntricos que exploran su interacción con la vida, en ese limbo donde habla el ser de sí mismo.
La infancia es un ancla una cámara de fotos que los escritores usan… dice Queralt, probablemente para reconocer sus asombros, sus miedos, sus angustias, para salir de la caverna y atreverse a la aventura de descubrir su propia existencia. Pero el poeta no sólo sitúa las cosas que lo rodean, sino también exalta sentimientos o revela emociones en una combinación de actos que transforman su realidad y, por consecuencia, la realidad del lector.
Queralt también percibe que la escritura nos permite tomar distancia de los alcances y limitaciones de nuestra forma de pensar, incluso se presenta como un alivio para remendar el alma. Entiendo la palabra alma como la propia esencia del creador, como el vector que nos eleva para acceder a lo desierto, a lo inalcanzable, a lo extravagante. Y este viaje parabólico por el adentro y el afuera del Ser está condensado en este libro a través de los temblores de la infancia, de las películas que nos hicieron ver la vida al revés o de los misteriosos artificios de un sueño.
Escribir requiere de un tempo que tiene que ver con el silencio, con la mirada y, si la voluntad acompaña, con el inesperado hallazgo de la palabra. Escribir es abrazar la pasión y la belleza, pero más aún, filosóficamente, desentrañar la vida más allá de la muerte.
La poesía navega entre estos estadios y vale doblemente la pena insistir en contar todo lo que nos pasa, tal como Pablo Queralt lo propone en su nuevo libro, donde nuestro poeta ha ejercido con elocuencia el don de la palabra, desde la dignidad del creador y desde un profundo decir sin tregua ni concesiones.
La doble pena de volver a contarlo todo
Pablo Queral
ediciones la yunta
Buenos Aires, 2025

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