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DESLIZARSE EN SENSACIONES por Iván Quezada. Chile 🇨🇱


ME LLAMAN NIEBLA, de Isabel Gómez (Editorial Cuarto Propio, 2024), es un libro compacto en todos los sentidos, a pesar del título: la autora ha descubierto su identidad ancestral a través de un idioma, paradójicamente, nada de autóctono como es el castellano y todo lo que declara en verso, desde ese instante, confluye hacia ese núcleo original. Su sentimiento es elegíaco, ya que la historia aludida no tiene nada de épica o celebérrima.  

Todo el libro es, realidad, un solo poema. Subdividido con páginas en blanco entremedio o con poemas breves, de tres o cuatro versos, que, como en una partitura musical, indican pausas e invitan al silencio. El ánimo de la autora serpentea por este laberinto que no corresponde a ningún plan, surge a medida que escribe. No es ideológico y por eso el sentimiento jamás se exalta, sino que suma matices de la melancolía, desde la meditación a un lamento distante.

Es inevitable que esta tonalidad se resuelva, de pronto, en imágenes, motivos o temas herméticos. Cuanto más profundamente se interna la espiral, las formas reconocibles se convierten en otras que generalmente están más allá de las capacidades de la metáfora. Pero la poeta no se tienta o resigna a la depresión, sino que, al detectar el trance descrito, se reafirma al identificarse con el paisaje y la naturaleza chilenos, además de la historia del país y de sus propios antepasados.

De modo que no es una letanía el sonido que se desenvuelve, a pesar de su semejanza. El cimiento o mito (en el sentido de Cesare Pavese) sobre el que se levanta es la memoria, pero con el cuidado de no confundirla con el recuerdo. La memoria no es nostalgia o añoranza, que no son sino recursos para apelar a ella o entreverla, pero están lejos de constituir su ser. Como parece que la memoria es en sí misma inefable (por tal motivo la tendencia a definirla por lo que no es), resulta conveniente expresarla con imágenes generales (ríos, bosques, tierra, cordilleras). ¿La memoria es todo y nada? Sin duda es una realidad que desafía las mediciones.

Pero el tema del libro no es las limitaciones del lenguaje. Se desplaza por territorios más íntimos, por una soledad que no alecciona, sino que se remite a describir, a mostrar. La identidad no es simplemente una proclama, una imagen estática que luego puede convertirse en una bandera. Es un camino que se va angostando, pero es vital y colectivo, no termina con la muerte de una persona, sino que se prolonga en una posta que se extiende hacia el pasado y el futuro. Por lo mismo, la autora escribe sin apuro, con la convicción de que todo lo perdido se recuperará.

Visto con frialdad, uno podría concluir que el libro plantea una teoría anatómica de la memoria. Como es natural, valiéndose de metáforas y recuerdos. Pero los sentimientos son parte de esta alquimia, de manera que es más correcto hablar de una fisonomía, ya que esta palabra, al usarse habitualmente en el arte pictórico y en el dibujo, posee un valor alegórico. Para «correr el tupido velo» y alcanzar la intensidad personal cifrada en esta colección de versos y murmullos, es imprescindible conservar cierta inmutabilidad emocional durante la lectura y también después de ella. La memoria no es un efecto, un darse cuenta de nada. Es lo que permanece per se, aunque sea invisible e imperceptible en la suma de nuestros días, del primero al último.

Nada mejor que un ejemplo para aclarar el punto:


La memoria intenta ocultarse

sabe que pronto envejecerá

sin follaje ni ruta de lágrimas


La tierra nos enseña el camino

para volver a encontrarnos.


Como es ostensible, Isabel Gómez imposta la voz de un sueño, como hablando desde el trasnoche de la muerte. Más allá de nuestra experiencia terrenal, lo sobremos todo... Naturalmente, su juego de luces y sombras no se erige como una religión o un dogma. Es una pieza más en su tablero de ajedrez, su movimiento se asemeja al del alfil, perpendicular u oblicuo; por los ángulos que deja en la superficie, vamos anudando los eslabones perdidos de la memoria.


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