Era una cálida noche. El aire, tranquilo, parecía arremolinar el silencio a su alrededor. Los árboles se agitaban suavemente con el empuje delicado que les imprimía el viento tímido y despreocupado.
Para saciarse de esa particular armonía, el joven poeta había llegado a la pequeña estancia. Allí se sentía resguardado de un mundo caótico, de una existencia cada día más frenética.
por ello disfrutaba de esos instantes en que se alejaba del tumulto grotesco de masas amorfas agolpadas en las atolondradas y descuidadas calles. Le gustaba salir a caminar por las noches. Sobre todo en los momentos como aquél en que el universo parecía hallar su estado ideal, su plenitud cósmica. Sentirse parte de ese mundo de fantasías era para él como acariciar la realidad de sus sueños, de sus poemas arrojados al azar sobre la hoja en blanco.
La noche de la charla, el poeta había salido de la casa luego de deleitar su paladar con un exquisito vino que sus abuelos habían reservado especialmente para él. Prefería comúnmente dirigirse hacia la carretera a observar el horizonte que parecía tragarse sigilosamente el asfalto con su insaciable boca.
Era de no creer estar viendo a un lado y otros sin que atine a surcar el pavimento ningún vehículo. La ruta, como arrojada a descuido, se asemejaba a una larga y profunda cicatriz en medio del armónico paisaje rural.
Sin embargo aquella jornada el joven permaneció un poco más en su habitual recorrida. Exhalando el tiempo que se dilataba incesantemente, disfrutaba de aquella tranquilidad incomparable.
De repente, a lo lejos, unas extrañas luces comenzaron a parpadear en la oscuridad. Sin lograr distinguir -quizás a causa de la bebida- el poeta sintió escalofríos. Un sonido perturbador se dejaba oír cada vez con mayor intensidad. De pronto se detuvo ante él un extraño artefacto. Recubierto de metal dejaba entrever zonas traslúcidas a través de las cuales lograba divisarse el interior del mismo.
La noche se cubrió de sombras.
Por unos minutos el poeta permaneció absorto y temeroso sin atreverse a realizar un sólo movimiento. Tal era su temor.
Luego de unos segundos de tensa espera, la misteriosa nave cesó de emitir aquel desagradable sonido, y sus luces palidecieron. Entonces, una compuerta ubicada al costado del artefacto se abrió lentamente, emergiendo de ella un ser desconocido por el joven.
Su presencia infundió aún más temor en el pecho del joven que, a pesar de ello, permaneció incólume en su sitio.
El personaje comenzó a acercarse a él. Llevaba puesto sobre la piel un atuendo raro que parecía ahorcarlo, puesto que se estrechaba de tal modo que -a la altura del cuello- su tamaño se reducía considerablemente. Todo él era de un solo color. De pies a cabeza.
El poeta y el ser se quedaron por unos minutos mirándose en medio de la carretera sin atreverse a pronunciar palabra alguna. Tal era la impresión que uno y otro sentían.
El ser fue el primero en hablar:
- ¡Hola! -dijo en tono frío y calculador.,
- ¡Hola! -contestó el otro luego de unos segundos.
El extraño se aproximó unos pasos más, como queriendo contemplar ese otro espécimen que se asombraba -como él- de aquel increíble y azaroso encuentro.
- ¿Este es tu mundo? -preguntó por fin el ser.
- Sí, aquí es donde vivo.
El joven permaneció inmóvil.
- Es muy hermoso verdaderamente. Lástima que no lo comprenda.
El poeta se paralizó por aquella afirmación dicha como al pasar pero cargada de una profunda significación.
- ¿Qué es lo que no comprendes?
- Nada. Todo lo que nos rodea me es enteramente indiferente -contestó el ser en todo despectivo. Aquéllo, por ejemplo, qué es y para qué sirve -interrogó al tiempo que señalaba el firmamento.
El joven se extrañó de semejante pregunta y, absorto, contestó solo como lo de su especie pueden hacerlo:
- Eso es la Luna. Ella se encarga de iluminar las noches de insomnio de los afligidos; de cobijar en sus senos robustos el llanto del amor traicionado y del olvido. Ella custodia las puertas de la noche y conoce los secretos del infinito, porque es hermana de la muerte.
El ser lo miró extrañado y luego dirigió su vista al astro sin entender demasiado.
- ¿Y aquéllas luces diminutas? -volvió a inquirir.
- Esas son las Estrellas. Son pequeñas hogueras que ondulan el firmamento titilantes y errabundas. Ellas guían a los perdidos, a los que vagan sin rumbo. Son las joyas y alhajas que se coloca la noche para salir cada vez que se ocultan los rayos del Sol.
El ser las observó pero atisbó un gesto de confusión.
- Dime ahora: ¿qué son esas oscuras formas que parecen cubrirlas de a ratos?
- Esas, amigo -dijo el poeta ya calmado- son las Nubes. Su función es llorar por las injusticias del mundo y verter, así, su sangre redentora en los senos de la tierra. Ellas corren de la mano del viento y galopan la inmensidad del globo.
Un largo silencio se estableció luego de estas palabras. Ambos se miraron, y miraron el cielo.
El peculiar visitante observaba asombrado todo aquel inmenso espectáculo natural que lo invadía hasta la esencia misma de su ser. Sin embargo, no lograba captar en profundidad esa mágica virtud que las transformaba, al decir del poeta, en hechos de singular relevancia.
La atmósfera, ahora, percibíase difusa. Parecía haberse tornado en un profundo conglomerado de fenómenos indescriptibles y, pese a ello, nada sustancialmente destacado había sucedido.
Sólo se había modificado todo ese conjunto de astros y rarezas naturales a la luz de la descripción del poeta. Pero eso había bastado para que nada permaneciera idéntico e inmutable.
El forastero exhaló aquel aire viciado de melancolía y ensueño. Luego tosió abruptamente por unos minutos.
- He visitado miles de lugares aún más bellos que éste que describes, y en ninguno he visto tales cosas -indicó con voz grave. Quizás nunca antes lo había notado, o tal vez de los sitios que he recorrido todos carecían de luna, de estrellas y de nubes como las que aquí me asombran.
El joven poeta lo miró entristecido y, al mismo tiempo, divagando en su mente, dibujando los paisajes fantásticos que aquel ser acaso había visitado, mundos inimaginables que jamás hombre alguno conoció.
- Pero aún intentando comprender lo que me refieres de estos objetos, no logro entender su significado. ¿De qué sirven todos ellos? ¿Qué forma su unión cósmica para que tus palabras los enaltezcan de tal modo?
- Todo ello es a la vez la Nada y, en esencia, la Vida misma -dijo en tono solemne.
El extraño lanzó una última y fatal mirada de incomprensión. ¿Cómo aquellas insignificantes luces, esos vapores y esas manchas del firmamento podían ser la Vida? ¡Imposible!
De inmediato pensó en subir a su nave y proseguir su camino. Llegar a la fiesta donde lo esperaban sus compañeros de oficina para despedir el año y recibir el próximo. Sonrió tristemente desajustando la corbata que se estrechaba cruelmente sobre su garganta. Miró al cielo y luego al poeta sumido en su propia indiferencia.
Finalmente, subió a su auto rumbo a la tumultuosa ciudad.
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