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LOS MORRIS

La pava comenzaba a ensayar su singular silbido de advertencia, cuando la delicada y envejecida mano la rescató del tenaz halo de llamas.

Los pequeños dedos, rematados en uñas prolijamente recortadas, se deslizaban apacibles entre los utensilios de la cocina. Por aquí, tomaban una taza floreada y la colocaban en la fuente de madera labrada. Por allá, arrebataban de la alacena unos tarros con sacos de té, azúcar y, finalmente, con masas y galletas dulces.

Una vez vertida el agua en la reluciente tetera y transcurridos el tiempo necesario para que se forme la infusión, todo era cargado por esas manitas arrugadas y cansinas.

Enfundados en pantuflas de peluche, los cómodos pies se trasladaban lentamente, como pidiéndose permiso. La silueta de la anciana se dibujaba en sombras sobre la pared, describiendo el gracioso vaivén de su andar. ¡Qué avenida interminable aquella que separaba la cocina del living! ¡Parecía eterna!

Ya concluido el viaje, reposaba dulcemente la bandeja sobre la diminuta mesa ratona y se sentaba en el sillón de terciopelo verde.
Primero dejaba caer dos cucharadas de azúcar en la primera taza, y la llenaba hasta el tope con sumo cuidado de no derramar ni un milímetro del líquido. Luego, agregaba al pocillo restante tres medidas de edulcorante y vertía la bebida hasta la mitad. Colocaba, más tarde, las masitas y las galletitas al alcance de la mano. Finalmente, con un suave llamado, prorrumpía en el armónico ambiente:

- Ya casi es la hora. ¡Apúrate que va a empezar!

El llamado parecía perderse en los recovecos de la gran casona. De pronto, el cálido estar
se convulsionaba en un grito desagradable:

- ¡Ya voy!

La voz resonaba en las paredes oscuras haciendo eco en la sala.

A pesar de estar acostumbrada a aquellas desagradables réplicas, idénticas con el devenir de los años, la Sra. Morris se exaltaba al oírlas. Un frío le recorría la espalda y la piel se le erizaba de improviso.
Los pasos resonaban sobre el piso de madera como el cuero de un tambor viejo, remarcando en cada estruendo la dilatación incesante del tiempo.

Cronológicamente avanzaban uno tras otro los sonidos huecos de los sigilosos pasos hasta detenerse, ceremoniales, ante el sillón de cuero reforzado. Entonces, el anciano se dejaba caer en el cómodo asiento y encendía el aparato eléctrico dejando el volumen a un nivel casi imperceptible para el oído humano. Era su programa favorito. No había tarde que aquel singular ritual no se llevara a cabo.

La Sra. Morris permanecía a considerable distancia de su esposo, sin animarse a hacer el más leve susurro para no perturbar el ambiente fúnebre que la envolvía. Imaginariamente, se entretenía divisando figuras en las manchas de humedad que destilaban los muros cerca del techo o contando, una vez y otra, las tablas que conformaban el piso a su alrededor.
Todo era apacible al menos por dos horas. Lapso durante el cual el Sr. Morris permanecía absorto en la maraña televisiva sin realizar otro acto que el de llevar la taza de té a su boca y consumir alguna que otra masita. A intervalos regulares, que  generalmente coincidían con los cortes publicitarios, lanzaba una mirada a su esposa que luego retiraba inexpresivamente. Por ello, la anciana concluía que el té estaba demasiado caliente o demasiado frío; que no le gustaban las galletas; o simplemente que era un viejo renegado e insensible (conclusión a la que arribaba con mayor frecuencia).

Así, a pesar de estar casada durante más de treinta años –o tal vez por ese motivo- la Sra.
Morris llevaba una vida solitaria. Su insolente compañero, una vez concluido su
entretenimiento, se dirigía a su estudio y se encerraba allí hasta la hora de la cena. Luego de comer se retiraba a dormir no sin antes protestar y culpar a su pobre esposa por algún que otro problema sin importancia, aunque la anciana no hacía caso a los infundados reproches del viejo.

Muchas veces la invadía la nostalgia de los tiempos pasados. Recordaba su juventud, su
vitalidad. Su incontrolable impulso vital que la había llevado a cometer tantas pasionales
aventuras. Y al hacerlo, reafirmaba aquella época en que bastaban las ganas y el ideal (tan lejano ahora). No cesaba de preguntarse dónde estaba eso que añoraba, al tiempo que
observaba –entristecida- sus manos soñadoras. Sentía dilatarse el fuego que antaño bañaba las orillas de su pecho.
Al ver a su esposo sumido en la nefasta aberración de los años, no lograba entender cómo había sucedido todo. Él que era como el viento al bailar, con visible dificultad podía ahora transitar los pasillos de la casa sin agitarse. Él que desafiaba cíclopes con su sonrisa, guarda sus dientes en un vaso con agua que rara vez cambia. Él que gozaba en los placeres de la carne y de la noche, no podía ahora mantenerse despierto por más de ocho o nueve horas sin que el sueño lo desmayara con su soplo inmortal.

Ella, como él, no había hecho más que acumular años. Unos tras otros. Cada uno más pesado que el anterior. Y las pupilas que antes deshacían cielo y tierra, hoy no se
encuentran, más bien se repelen como imanes de igual carga.

Así pasaba su vida, entre recuerdos y soledad, entre sueños y realidad, creyendo ver en su angustia el silencio que precede al huracán.

Muchas veces había sentido ese amargo sabor, quizás demasiadas veces, esa nerviosa
sensación de comprender la inexorable y definitiva embestida de los años maltratando la existencia. Llegando a temer, más que la muerte futura, la vida presente que se empecinaba en resistir. Pues así, en tales circunstancias, la Sra. Morris aborrecía ese don vital del que carecen los muertos.

Ese sofocamiento constante que inundaba de infelicidad sus días la apremiaba aún más
que el pensamiento de una desaparición inevitable y cercana. ¿Cuántas veces se sintió
desaparecer en ese océano infecundo de años? Su devenir en el mundo en poco se
diferenciaba de las lunáticas sombras que vagan sin rumbo buscando refugio de las
asesinas luces; o de las hojas huérfanas que el otoño arrebata y el invierno se encarga de
extraviar con sus pulmones de alaridos y misterio.

Aquella tarde, se deshacía en desgarradores diluvios. La infranqueable bóveda celeste
parecía haber abierto sus compuertas y el cielo se estremecía. Los relámpagos desgarraban la penumbra de la noche con fulgores de blanquísima claridad. Los truenos resonaban en los rincones y el mundo parecía estremecerse bajo aquella impensada pero arrasadora tormenta.
En la casa, como de costumbre, se dejaba oír un silencio aterrador.

En el living se divisaban dos inertes figuras. Impregnados de un silencio sepulcral, el Sr. y la Sra. Morris ocupaban sus puestos frente al televisor. La anciana se encargaba del té y de acomodar las masitas, en tanto su marido como de costumbre- se esforzaba en permanecer indiferente.

Una vez terminado los quehaceres rutinarios, la Sra. encendió el televisor. Sin embargo, algo desacostumbrado y temerario surgió por un impulso que emanaba del fondo de su pecho. “¿Qué pasaría si cambio de canal?” –se preguntó de improviso la anciana. Su osadía le permitió materializar su pensamiento. A pesar de ello, el viejo no se inmutó.

Ella, por su parte, ya no se extrañaba de aquel silencio –aunque aún le causaba cierto
escalofrío que a veces la movía a poner el programa habitual. Ya hacía más de un mes que aquella rutina odiosa y asfixiante había cambiado. Aunque en sí misma su relación con el Sr. Morris no había variado en lo sustancial, podía divisarse una extraña mueca de felicidad en la avejentada faz de la anciana.
Un trueno ensordecedor se dejó escuchar en la lejanía. En ese preciso instante, el anciano movió levemente la cabeza como esquivando la mirada. Con absoluta tranquilidad, la Sra. Morris depositó su taza de té en la mesita, se acercó a su esposo y tiernamente acomodó la fría calavera en la antigua posición. Luego, subió el volumen del televisor y perdió la vista en una enorme mancha de humedad en forma de puñal.

EMPANADAS

Todos los días, sin importar el frío o el calor, la lluvia o la helada, pasaba por el kiosco y compraba dos empanadas. Se sentaba en la esquina con la mirada perdida, esperando, y las comía con parsimonia. "Disculpe que me entrometa", dijo un día la cocinera: "Todos los días compra lo mismo y espera...". La miró en silencio: "Sí, espero a mi hermano que un día vino a comprar aquí y nunca volvió". Los ojos de ella se nublaron de pronto: "Lo siento". "Hasta mañana", dijo. Él no sabía que su hermano estaba muerto, que la cocinera era una asesina y que el relleno de las empanadas no era de carne vacuna.

AMANTE INFERNAL

Cuando ella se acercó, un escalofrío tétrico recorrió mi espalda. Tocó mi hombro y las gélidas falanges de sus manos muertas evocaron en mí el deseo del abismo.

REFLEJO

Un hombre contempla un gran cuadro y se impresiona al ver plasmada en la tela la muerte de un hombre que contempla un gran cuadro.

ASESINO

Le recordaba citas, reuniones, cumpleaños, citas. Era insufrible. Tomó el martillo. Lo alzó con violencia. Y asesinó al celular.

VINO

Paladearte, degustarte, olerte, sentir las finas notas de tu piel, elevar la copa de tu cuerpo a trasluz y beberte poco a poco.

DESESPERADO

Asaltó un banco. Estrelló su auto contra una escuela. Atentó contra el Presidente. Algo había que hacer: no vendía ni un solo diario.

DESTINO

Desde tiempos inmemoriales el Hombre ha establecido un vínculo profundo con su Destino; a veces, lo ha aceptado sin miramientos; otras, lo ha rechazado con ímpetu. Pero siempre ha intentado comprender las fuerzas misteriosas que manejan los hilos de la vida.
La historia de Ricardo "el Loco" Ramírez es un claro ejemplo de este infructuoso combate humano contra lo inasible.
Jugador compulsivo de cuanto azaroso entretenimiento hubiere, Ramírez se empeñó en descifrar las combinaciones, en calcular las repeticiones, en clasificar, enumerar y ordenar lógicamente la mayor parte de los juegos que habitualmente practicaba. Entre ellos podemos citar: los dados, el póquer, el dominó, la ruleta (por la que demostraba una especial predilección), el truco, la casita robada, el culo sucio, la escoba y el desconfío. Lo cierto es que Ricardo se encargó de realizar un estudio detallado de esos menesteres lúdicos y halló, por ejemplo, que la probabilidad de acertar a la quiniela era proporcional a las apuestas realizadas. Sus amigos intentaron convencerlo de que aquello no era un descubrimiento sino, más bien, una verdad declarada. Sin embargo, "el Loco" no bajó los brazos. Por el contrario, siguió puliendo sus mecanismos de adivinación.
Es oportuno mencionar que las largas jornadas que dedicaba a la investigación probabilística eran inversamente proporcionales a los resultados positivos que dichas conclusiones reflejaban en el juego. Con esto queremos decir que nunca se anotaba un poroto a favor.
Era evidente que los mecanismos del azar eran mucho más complejos de lo que él creía. Romper su racha y vencer al Destino eran ya una obsesión para él. Durante años el deseo de provocar una ruptura en la impenetrable lógica universal motivó en Ricardo un sin fin de dificultades y sufrimientos. El primero, y casi evidente, fue su progresiva pobreza, su constante endeudamiento. Su capital decrecía conforme aumentaba su anhelo de triunfo. El segundo, y quizás fundamental, fue el surgimiento de un deseo irrefrenable de vencer al Destino. Ya no le importaba apostar hasta el último centavo. En muchas ocasiones se vio obligado a robar a sus conocidos y solicitar créditos que jamás pagaba. Pasaba sus días y sus noches en bares, esquinas, casinos y milongas desafiando a la suerte en un mazo de cartas, en un paño desteñido. Se fue aislando cada vez más. Pasaba horas consultando sus anotaciones, revisando sus papeles para descubrir una verdad clarificadora, un error que le permitiera arrebatar al Destino su triunfalismo.
Una noche, cerca de un sucio bodegón, un mendigo le tendió la mano suplicante. Ricardo, cansado por otra agobiante faena lúdica, sin un peso, decepcionado y abatido, le ofreció sus cuadernos, sus apuntes, su desgraciada fortuna. Caminó unos pasos y sintió una extraña voz que lo llamó dulcemente:
- Ricardo, esperá.
- ¿Quién es?
- No me reconocés, viejo amigo, soy yo: el Destino.
- Mayor gusto -dijo sin mucho interés Ramírez.
- Quiero darte un regalo, un reconocimiento por tus años de entrega y dedicación. Quiero revelarte un secreto prohibido a los oídos humanos y que sólo a ti se te mostrará claro y transparente.
"El Loco" no se inmutó aunque ya se había convencido de que aquel andrajoso era su amigo infiel.
- Mañana a la noche, a las once menos cuarto, saldrá el 32 a la cabeza en la Nacional, nadie apostará a ese número, nadie confía en él. Ahora tú conoces el Destino y la Fortuna que tanto anhelaste escrutar. Tienes hasta mañana para conseguir dinero y apostar. Te deseo buena suerte -y sin vacilar aquel harapiento desapareció frente a los ojos extasiados de Ricardo.
Aquella noche no pudo dormir. A la mañana siguiente se puso en campaña para recaudar el dinero necesario para escapar a su suerte y recuperar su vida perdida. Tenía la posta, la Fija.
A última hora de la tarde ingresó a la casa de juego en una calle solitaria y polvorienta.
Llevaba consigo 239 pesos. Hizo su apuesta y partió con rumbo desconocido. A las diez de la noche, prendió la radio, se sentó en un viejo sillón y colocó sobre la mesa el comprobante de la quiniela. 45 minutos después el niño cantor anunciaba el puesto uno para el 32. 
Ricardo "el Loco" Ramírez sonrió satisfecho. Su pecho se llenó de alegría y su alma se inundó de gozo. Tranquilo, indiferente, se levantó, se colocó el sobretodo oscuro y salió con rumbo incierto hasta perderse en la noche profunda y silenciosa. Nunca más se supo nada de él. Varios días después, cuando sus amigos entraron a su departamento por la fuerza, encontraron una pequeña radio cerca de un viejo sillón y una constancia de una casa de juego sobre la mesita en la que figuraba una apuesta de 25 centavos al número 63. 
Para algunos, fue la primera y única vez que alguien pudo vencer al Destino; para otros, el Destino se cumplió al pie de la letra pues aquella noche nadie había apostado al 32 en la Nacional.

***

DOBLE

Al cruzar la calle le pareció extraño, quizás familiarmente extraño. El parecido era
asombroso. Con sólo ver sus ojos pudo leer una mirada conocida. Tal vez la recordaba de un lugar que a menudo frecuentaba pero que ya había olvidado. Era indudable, aunque no innegable, que por su mente circularon ráfagas imaginativas, casi tan lejanas que debió realizar un esfuerzo extra humano para divisarlas. Fueron sus manos –las de él, las del otro- dibujando enmarañadas figuras de arrugas y miseria. Pero se asemejaban tanto una a otra, una con la otra. Claro que todas, en mayor o menor medida, se parecen. “Es tan
universalmente repetible el Hombre”, pensó. O lo dijo con esa voz que grita para adentro y al hacerlo calla. Pero miró sus pies desnudos tan idénticos, tan genuinos, tan inmóviles, petrificados casi, en el cemento adoquinado. Y creyó que aún podían servir, aunque más no sea, para cruzar –como él, como el otro- esa calle estrecha y desaliñada. Que podían llevarlo tan lejos como fuera necesario, allí donde los senderos sean tan lejanos como la noche y el día. Sintió, con cierto asombro, que sus pasos resonaron más pesados, más lentos, más acompañados pero sacudió las piernas con un gracioso ademán como para aligerar la carga. ¡Qué alivio deshacerse de la ilusión! Luego escuchó su voz, ese hilo sonoro que apenas podía percibir. Y en un acto de cronológica simultaneidad no pudo descifrar las palabras –las de él, las del otro- mezclándose, no supo quién había pedido y
quién había negado, quién terminaba de cruzar la calle y quién concluía sus esperanzas.

EL REGALO DE CLARA

La mañana del martes trece de febrero Nicolás se despierta como todos los días, va al baño, se cambia la ropa, toma sus cosas, baja las escaleras y sale a la calle sin notar en todo ese lapso de tiempo, ni por un segundo siquiera, que su cuerpo sigue tendido sobre la cama con los ojos abiertos, las manos tiesas y frías, el rostro pálido con una extraña mueca de asombro y a pesar de estos evidentes signos Nicolás sale al mundo como si aún tuviera un cuerpo adherido a él y comienza a recorrer las tiendas en busca de un regalo para su prima Clara pero al no encontrar nada de su agrado, decide ir a la casa de su amigo Lucas y pedirle que lo acompañe mientras su madre golpea por segunda vez la puerta de su cuarto exigiéndole que se levante pero Nicolás llega a la casa de Lucas y por más que llama, Lucas no atiende por lo que piensa en ir al almacén de Alfredo donde su amigo hace todas las mañanas las compras para su abuela en el momento exacto en que su madre y su padre comienzan otra discusión sobre las cuotas impagas de la hipoteca que finaliza con un portazo de su padre y un llanto ahogado de su madre que se limpia discretamente con un pañuelo cuando Nicolás entra en el almacén de Alfredo y para su decepción tampoco encuentra a Lucas allí y continúa solo, toma el colectivo para ir hasta la calle Reconquista donde hay locales con descuentos y ofertas interesantes pero no termina de sentarse que su madre saca la pava del fuego, sirve el té en tazas con flores rojas, amarillas, lilas y verdes (regalo de bodas que aún conserva) y las lleva a la mesa en donde se topa con su hermana que baja las escaleras para ir a encontrarse con Andrés por lo que la detiene en el último peldaño y le ordena con un grito que se cambie la ropa y se abrigue recordándole, también a los gritos, que es "una señorita" y que "no podés andar desnuda por la calle”, frase con su madre siempre se refiere a la ropa de su hermana que insulta dando patadas y golpes al aire y sube las escaleras a grandes pasos por lo que no escucha al chofer del colectivo anunciando que el motor se rompió y "qué se le va a hacer" y las quejas de los pasajeros y Nicolás caminando por las veredas rumbo a Reconquista hasta que se detiene frente a un letrero luminoso que indica "grandes rebajas por liquidación en juguetería y artículos de bazar" y entra al negocio y recorre los estantes en busca de un regalo para Clara cuando su madre, impaciente y furiosa, golpea por tercera vez la puerta de su cuarto exigiéndole que abra "en el acto" porque el desayuno se enfría sin saber que el padre entra a la casa de Enriqueta (una bailarina exótica con la que él se ve todos los martes antes de ir al trabajo) y la besa apasionadamente arrojando el saco sobre una silla desvencijada al tiempo que Enriqueta corre las cortinas que separan el "living" del "dormitorio" en el preciso instante que Nicolás observa un juego de mesa con tetera, seis tacitas de colores, y hasta una máquina para hacer macitas y un horno para cocinarlas con intención de comprarlo pero ve la etiqueta del precio y se da cuenta que no le alcanza el dinero por lo que opta por la segunda opción (un set de maquillaje completo con espejo, pinturitas y lápiz labial) que está de oferta, al tiempo que su madre golpea la puerta con un martillo que su padre había comprado en la ferretería un día en que se encontró con Enriqueta y no tenía excusas para llegar tarde y dijo que había ido a comprar el martillo y se había quedado discutiendo con Mario por el partido de la noche anterior y en ese instante su hermana se escapa por la ventana de su cuarto y desciende como puede aferrada al tronco de un viejo árbol que había plantado su padre en tiempos en que no conocía los clubes nocturnos y su madre no bebía a escondidas ocultando el licor en una muestra gratis de perfume y ella sacaba solo dieces en la escuela y llega al suelo y corre con todas sus fuerzas a encontrarse con su novio con el que tenía planeado fugarse esa misma tarde y lo abraza dándole un beso entre lágrimas cuando Nicolás llega a la estación del tren y espera junto al andén con el regalo que ha comprado con el dinero ahorrado durante meses con los vueltos del almacén y las monedas que su padre olvidaba en los bolsillos de la ropa sucia y para él es el mejor día del mundo porque sorprenderá a Clara en su cumpleaños con un regalo bien lindo aunque hubiera preferido llevarle el hornito y el juego de mesa pero era muy caro y en todas estas cosas pensaba Nicolás cuando siente un golpe y un empujón y pierde estabilidad junto a la línea amarilla del andén y siente el vacío bajo sus pies y la caída que se hace eterna y la madre entra al cuarto luego de romper el picaporte y la cerradura y lo ve allí tendido sin movimiento, sin respirar, lívido, frío desde hace horas y el golpe en los durmientes y en las vías y el silencio del tren que no frena a tiempo justo cuando Enriqueta despide con un beso a su padre y recibe el dinero que debía ser para la hipoteca y Andrés saca los boletos a Córdoba mientras su hermana sigue llorando aferrada a su brazo y su madre se desmaya junto a su cuerpo tendido sobre la cama, con los ojos muy abiertos, las manos tiesas y frías, el rostro pálido con una extraña mueca de asombro como quien ve llegar un tren que irremediablemente está destinado a no frenar.

DESCUBRIMIENTO

La tormenta arreciaba dejando oír el repiquetear de las gotas sobre el viejo tejado de la casa. De pronto, la poca luz del cuarto se fue súbitamente dejando en total oscuridad la habitación. Unos pasos se oyeron detrás de la puerta. Al acercarme una hoja se deslizó por debajo. Para cuando logré abrir, el silencio de la noche llenaba la casona. A mis pies la hoja esperaba revelar una verdad que no esperaba. La tomé, cerré con llave y volví al cuarto. Coloqué la carta junto a la tenue luz de una vela y la abrí: “Eres un fantasma”.

INMORTALIDAD

En la China Imperial, en tiempos en que la historia no se dividía en un antes y un después, hubo un Emperador muy afortunado. Un mago de su corte le dijo a aquel soberano en su niñez que había logrado volverse invulnerable. El monarca vivió contento pensando en lo dichoso que era. Pero un día, en un paseo por los campos, se clavó una espina en el pie: le dolió y sangró. El Emperador vivió triste el resto de sus años, sin dejar descendencia y en la más cruda melancolía.

RETORNO

SÁBADO 22, 00:03 hs.

El hombre quedó solo en medio de la oscuridad que lo asechaba. En la desértica lejanía miró a un lado y a otro contemplando, con un leve escalofrío, que la noche tragaba el mundo alrededor. Pensó en la casa y en los regalos que lo esperaban. Pensó en su esposa y en en sus hijos. En Dexter corriendo por la sala y retozando en su sillón de cuero negro. Y, al fin, pensó en sí mismo: silencioso, huérfano en una carretera olvidada, lejos de todo y de todos. Sintió una opresión en el pecho, un fuerte dolor punzante que lo agobiaba. Se creyó perdido para siempre en medio de la nada. Sin saberlo acaso lloró.
De pronto, como si una ráfaga lo atravesara por entero, recordó aquello y la angustia empezó a invadirlo. El temor comenzó a apoderarse de su ser, a invadirlo completa y desesperadamente. En la lejanía de las sombras divisó unas luces ajenas, diáfanas, acercarse poco a poco. Su cuerpo se tensó a tal punto que le costaba respirar. Una terrible opresión parecía doblegar su espíritu, su alma comenzaba a descubrir la tempestuosa verdad.
A medida que el auto se acercaba, el olor se acrecentaba. Hacía horas que lo persivía sin conocer sin conocer su procedencia, pero ahora era mucho más penetarnte y familiar. No estaba seguro de haberlo sentido antes a excepción de las últimas horas. Además le resultaba trabajoso –casi imposible- compararlo con otros aromas por él conocidos. Pero, claro, en medio de aquella soledad, no podía perder tiempo en eso, debía concentrar sus esfuerzos en recordar aquello, tartar de unir en su mente alucinada los fragmentos esparcidos y desencajados para intentar dar coherencia al caos. Permaneció a unos metros de su auto averiado mientras las luces en la carretera incrementaban lentamente su tamaño e intensidad. Echó un vistazo a su alrededor. La penumbra lo envolvía todo pero aún así algo familiar, extrañamente conocido, le llamaba particularmente la atención. No podía identificarlo y mucho menos mexplicarlo, pero la sensación de cotidianeidad que reflejaba aquel paraje olvidado por Dios,  lo estremeció.
Cuando el auto estuvo lo suficientemente cerca, temeroso, comenzó a hacer tibias señas de auxilio. En realidad no estaba seguro de solicitar ayuda en tanto no había logrado descifrar aquello, pero su ser se debatía entre la racionaldad más estricta y la demencia más oscura.
Ya podía ver con nitidez los contornos del vehículo. De repente, como quién recibe una revelación divina, bajó instintivamente las manos y silenció sus pedidos bruscamente. El coche se detuvo a unos metros de él. Su ocupante permaneció unos minutos en su interior sin movimiento aparente. El hombre, temeroso, intentó descubrir algo, una señal, un gesto, una sombra que lo ayudara a completar el rompecabezas mental que no le permitía reaccionar. El extraño descendió del auto, tiró un cigarrillo al asfalto que se extinguió bajo la suela de su zapato. Al pasar ante los faros dejó entrever unas facciones conocidas: un tupido bigote, unos rasgos angulosos, un cabello desordenado. Y un arma en la diestra.
El disparo llenó la noche.
Aunque muerto, o casi, el hombre pudo reconocer aquel rostro a medias, aquellas facciones familiares, y lo comprendió todo. Su angustia, su temor, sus dudas, todo, absolutamente todo quedó claro en ese mismo instante. Abatido, dejó que su alma se deslizara lentamente hasta desaparecer y hacerse eterna.
La noche y el silencio velaron su cuerpo en soledad.

٭٭٭

VIERNES 21, 19:50hs

O la máquina funcionaba con demasiada parcimonia o él, realmente, no tenía un buen día. Todo lo rutinario se le hacía doblemente insoportable. Claro está, esto atrajo su atención. Sin dudas era una jornada poco común. Si algo se destacaba era su obsesiva y descomunal manía por las tareas laborales. Siempre fue muy cuidadoso y detallista. No le gustaba andar perdiendo el tiempo. Sin embargo, hoy se le hacía imposible desempeñar su oficio con la soltura y solvencia de siempre. Ni siquiera podía hacer qwue la computadora funcionara. Creyó que un café podría despavilar sus aletargados sentiodos. Pero el destino parecía ensañarse con él. La máquina expendedora no solo no cumplió con su función sino que, además, devoró sin ningún remordimiento sus últimas tres monedas. Por suerte ya era la hora de salida asi que tomó su saco y su maletín y salió del edificio que a esa hora comenzaba a desfigurarse y a metamorfosearse con las primeras penumbras del atardecer.
En el ascensor, absolutamnente vacío, notó ese extraño perfume que lo espantara al salir de su casa. Revisó todo el ascensor en los primeros tres pisos pero la tarres fue interrumpida por un viajero inoportuno en el noveno. Se admiró de que su compañero de viaje no mostrara incomodidad por el olor. Cabían dos posibilidades: o bien el caballero hacía gala de su condición sin suscitar alarma por el aromático incidente; o bien –y esto empezaba a preocuparlo poco a poco- aquel inocente desconocido no llegaba a oler absolutamente nada.
Ya en la calle el aire fresco de la tarde renovó sus perspectivas. Comenzó a caminar en dirección al taller donde su mujer había dejado el auto, a unas cuadras de la oficina. El no conocía el lugar pero había anotado claramente la dirección y el nombre del mecánico: debía preguntar por Enrique. Por suerte el arreglo ya estaba pago, pensó, porque había olvidado la billetera en el otro maletín al salir temprano. En realidad, no lo había encontrado pero recordaba claramente haberlo dejado sobre la mesada junto con sus llaves y el teléfono. Sin embargo, al partir solo encontró las llaves. “Estos chicos inquietos”, dijo en voz baja con una sonrisa en los labios.
-Enrique no está en este momento, señor. Salió hace una hora, más o menos, a ver un trabajito. Va a demorar de seguro, pero me dijo que usted vendría a buscar el auto. No se preocupe que está todo listo, un poco de tierra en el carburador, eso es todo. Aunque hubo que hacer una revisión completa por las dudas.
“Revisar un auto casi  0Km por las dudas… y por la plata”, pensó el hombre enseguida. Pero estaba en planes de no discutir nada. solo quería tomar el auto y volver a casa. Después de todo su cumpleaños empezaba en unas pocas horas.

٭٭٭

VIERNES 21, 12:35hs

 Aquello lo tenía inquieto, molesto, preocupado. A tal punto que no probó el almuerzo que su mujer le había dejado preparado junto a las llaves de la oficina sobre la mesada. Tenía un nudo en el estómago, una sensación desesperante y, a la vez, deseaba con todas sus fuerzas desentrañar aquella confusión que lo había despertado temeroso en la mañana. Deseaba llegar cuanto antes a casa para comentárselo a su esposa y que ella, que tenía experiencia en la interpretación de esos asuntos, pudiera tranquilizarlo. El resto del descanso lo utilizó en estos pensamientos y en buscar calma. Se daba ánimos recordando que era viernes y se terminaba la semana de una buena vez. Pensó en su cumpleaños y los regalos.
A eso de las 13:30 el teléfono le trajo la voz de su mujer y le reconfortó el alma escuchar sus palabras: “Tanquilo amor, ya falta poco, ya vas a venir y te vamos a mimar… sí, no te preocupes yo me fijo a ver qué pasa… debe ser Dexter que trajo algún animal muerto y lo ocultó en alguna parte… llamaba para avisarte que dejé eñl auto en un taller cerca de la oficina… no sé que le pasó, de pronto se quedó y no pude hacerlo funcionar de nuevo… anotá la dirección… sí… Artigas 435… se llama Enrique… no… no, ya está pago… lo dejé para que vengas rápido y me fui en taxi… te amo… sí… no te preocupes… esta anoche nos vemos… sí, sí… me fijo, no te preocupes…. Chau…”
Fue un bálsamo para él escuchar aquellas palabras que un día común le hubieran parecido vanas o lo hubieran irritado. Pero en un día como el que tenía, oír una voz familiar lo era todo. Tomó fuerzas para soportar el resto de la jornada. Pero no dejó de torturarlo aquel pensamiento que a cada instante volvía a su mente, que a cada segundo amenazaba con destruir el tenue equilibrio de su senzatez.

 ٭٭٭

VIERNES 21, 06:30hs

En el pequeño corredor que divide la sala principal de las habitaciones había un olor extraño. No supo definirlo claramente. Era unos de esos aromas que por la mezcla de fragancias no termina de parecerse a nada. le llamó la atención aquel vaho ediondo pero no reparó demasiado en él, seguro de que Dexter había redecorado el lugar con uno de sus estomacales desatinos. Entró al baño para arreglarse antes de emprender el viaje hacia la oficina, que despúes de mucho tiempo debía hacer en micro y subte ya que su mujer ocuparía el auto por la mañana. Para su sorpresa, el toalet edía curiosamente igual quie el pasillo. Este nuevo cdescubrimiento lo inquietó bastante. Acaso la casa estaba infectada con algún tipo de hongo propio de la humedad o algo parecido. Recordó los trabajos exhaustivos del mes anterior en las paredes, la pintura nueva, y se alarmó al pensar que eso era origen y causa principal de aquel aroma. Preocupado dejó atrás estas cavilaciones y se preparó a partir. Tomó las llaves que había sobre la mesada y descubrió, con enorme alegría, una pequeña bolsa con el almuerzo. Pensó en su esposa dormida y partió.
En el subte se cruzó con un hombre extraño. No porque el tipo fuera particularmente raro, sino más bien porque le parecía conocido, como si lo hubiera visto pero no podía recordar cuando. Le recordaba esos sueños intensos que al despertar se van desvaneciendo hasta hacerse imposibles de describir,  aunque la sensación vivida es arrolladora. Lo miró unos minutos sin que el hombre se percatar de la observación. De improvisto, sus miradas se cruzaron y el rumor de cierta cercanía erizó su piel y lo desencajó rotundamente. Perduró en la ignorancia de la identidad pero más aún perduró en eél la estrecha confianza de quien cree reconocer a alguien aún sin saber de él. Cuando resolvió acercarse para hablar con el hombre y despejar sus dudas, el subte abría sus puertas en la estación Artigas y el desconocido desaparecía entre la multitud dse rostros de aquella marejada humana.

٭٭٭

VIERNES 21, 04:20hs.

Se despertó sobresaltado y jadeante. Su corazón se agitaba enloquecido en su pecho. Aún en la oscuridad absoluta del cuarto pudo distinguir ese rostro anguloso, de bigote tupido y boca pequeña. De entre los sueños parecía escapar la visión de ese rostro, de ese hombre sin ojos que parecía resuelto a atormentarlo con sus ciegas y estériles miradas. Durante unos segundos la imagen pareció fija, inmutable frente a él, en la penumbra. Luego se desvaneció como la bruma y perduró en él el recuerdo de lo que había  visto claramenteante sus ojos. Se levantó sin hacer ruido y fue hasta el baño. Esa pesadilla horrible lo había alteradoy necesitaba almarse. En el botiquín, el frasco de somníferos estaba vacío, lo que le llamó poderosamente la atención pues su esposa no acostumbraba ingerir esos medicamentos. Salió del cuarto y recorrió a tientas el pasillo hasta la habitación de los niños que dormían tiernamente iluminados por la tibia luz de un velador. En la antesala se encontró con Dexter tendido a más no poder sobre la alfombra sin enterarse siquiera de lo que sucedía a su alrededor. Intentó recordar su pesadilla, quiso reconstruir aquel espantoso sueño. Pero solo acudía a su mente la imagen de aquel rostro sin nombre, de aquellos labios cerrados e una boca diminuta de esos ojos vacíos. De pronto una ráfaga de imágenes acudieron  atropellándose en su cabeza. Un hombre, una noche fría, un disparo, el silencio de una carretera, el automóvil, cerca pero lejos, inutilizado, gimiendo humo. Se vio a sí mismo, besando el asfalto y un auto perdiénsose en la oscuridad de la noche. Su cadáver tendido en medio de la nada, lejos de su esposa, de los niños, de los regalos, de Dexter retozando sobre el sillón de cuero marrón.

٭٭٭

SÁBADO 22, 03:45hs.

En el silencio de la madrugada el sonido del teléfono invade la casa. Retumba entre ecos diáfanos por el pasillo, la cocina, hasta perderse en la habitación. Ella lo escucha, entre sueños, pero lo deja sonar, lo abandona. No necesita levantar el tubo para escuchar al oficial diciéndole, o mejor, buscando la forma de decirle, lo que ella ya sabe. “Un auto señora, gris, patente CPD 139… la carretera solitaria… el motor averiado… es su marido… señora… lo siento…. No sufrió nada…. lo siento… señora…” Palabras, nada. sabía de memoria lo que le iban a decir y claro está, lo que ella debía decir. Pero dejó que sonara. Sería más creíble atender en el segundo llamado, con voz ronca y entrecortada.
-¿No atendés?¿Qué pasa te arrepentiste?
La voz surgió de la oscuridad entre el humo de un cigarrillo. Los rasgos angulosos, el tupido bigote y la boca pequeña de Enrique aparecieron entre los silencios de la noche y esbozaron una macabra sonrisa de victoria aplacada prontamente opr un beso furtivo.
En la sala, mientras tanto, el teléfono comenzaba a sonar.

ASESINO


Dejó el revolver sobre la mesa como quien abandona para siempre un recuerdo gris. Caminó lentamente hasta la cocina. Encendió un cigarrillo. Lo fumo despacio, succionando cada milímetro, saboreando ese duro y dulce sabor negro. Tomo un vaso de cristal esfumado. Cargo wiski y agregó dos hielos. Los hielos bailaron un momento en el fondo hasta quedarse perfectamente quietos, fijos en el centro. Los miró un instante y luego, sin pestañar, vacío el vaso de un trago carraspeando al final. Se limpió los labios con la manga de la camisa. De pronto, se vio en el espejo de la cocina, un espejo pequeño, chato. Hacía mucho que no se miraba así, solo, triste, vencido. Y ahora qué pensó, hacia donde. Que hacer. Será cuestión de acostumbrarse pero como. Cuando uno pasa la vida en el mismo trabajo y lo pierde. Como se acostumbra uno. Claro que su trabajo no era común y la paga era buena. Lo cierto es que nunca lo había hecho por el dinero sino porque le gustaba. Lo disfrutaba. En ciertos casos se divertía dependiendo del cliente. Pero el de esa noche había sido el último trabajo. Y no sabía qué hacer ni que pensar ni que decir. Solo se miraba en el espejo de la cocina, un espejito miserable, pálido, casi tan frío como él.

TRABAJO

Amanecí dolorido y cansado. Un extraño sabor amargo contagiaba mi boca y un intenso dolor en las sienes me decía que la noche había sido movida. Con el sol levantándose ya en el cielo mis ojos se entrecerraron hasta que mis párpados se unieron al fin. Con notable esfuerzo adopté mi mejor postura para soportar la agobiante jornada laboral que me esperaba. Era mi trabajo. Los visitantes del parque ya podían disfrutar de la estatua de San Martín.

CUENTO SELECCIONADO

Editorial DUNKEN seleccionó mi cuento "EL TOBOGÁN" para integrar su antología "Lo que quieras decir".

Muchas gracias a María Florencia Estévez Bejo -compiladora del proyecto- que consideró mi relato para esta antología.

BORRACHO

Borracho

Bebió una, luego otra y otra más. Sin detenerse a paladear su sabor. Su sed era de las que no se calman. Y se embriagó de palabras.


CUARTO NEGRO

El cuarto era pequeño, oscuro y sombrío. Casi no podía percibía nada desde donde estaba, solo una leve claridad amarillenta que se mezclaba con la penumbra en lo alto de la habitación. Cuando quiso moverse sintió un dolor agudo en las costillas, una puntada y una momentánea ausencia de aire lo paralizó unos segundos. No sabía cómo había llegado allí, ni cuándo ni por qué. No recordaba nada desde el martes cuando había salido del cine y se dirigía a casa, feliz y extasiado. Luego nada. La sombra del cuarto y el silencio atroz de la noche.

EL TOBOGAN

Para Ernesto Aguirre –conocido por sus familiares y amigos como “Ernestito”- un juego de la plaza estaba prohibido. No le permitían subir, bajo ningún punto de vista, a tobogán de túnel.
Los que han concurrido con cierta asiduidad a estos centros de entretenimiento que cariñosamente llamamos “placitas” seguramente sabrán de lo que hablo. Un tobogán de túnel cumple con los requisitos de todo tobogán: una escalera alta con peldaños de metal, dos pasamanos a cada lado rematado en una pequeña base desde la que se desprende una pendiente pronunciada de superficie lisa. La diferencia es que la caída libre propia de estos juegos está completamente cerrada con una estructura cilíndrica. A Ernestito le llamaba poderosamente la atención aquel juego. Y el hecho de que sus padres se lo prohibieran era para él una razón aún más poderosa para desearlo. Ernestito fantaseaba con lanzarse para sentir el temor de la oscuridad inicial y la dulce calidez de la luz al final del túnel.
Pero sus padres se lo habían dicho claramente: “No se te ocurra acercarte, ¿entendiste?”; “¿No ves la altura que tiene eso?”; “Es solo para los chicos grandes”. Incluso su madre, en un acto extraño que a Ernestito le pareció excesivo, le hizo prometer que no se subiría. El niño, más por cierta piedad filial que por propia convicción, juró. Pero lo cierto es que a cada advertencia, a cada promesa de castigo que sus padres pronunciaban, su deseo de subir y lanzarse se hacía cada día más y más fuerte.
Intentó mucho tiempo mantener su juramento. Se entretuvo largas tardes de verano con juegos que le resultaban insulsos. Y el deseo volvía a cada paso, en cada vacío que los otros juegos dejaban en su interior. Él fingía disfrutar por el temor de que sus padres dejaran de llevarlo a la plaza. No mencionaba al tobogán de túnel nunca. Incluso evitaba pasar cerca de él cuando corría de juego en juego buscando una diversión que le era esquiva. Aquella aparente falta de interés tranquilizó poco a poco a sus padres que dejaron con el tiempo sus advertencias y sus retos. Ernestito esperó mucho tiempo para realizar su anhelo. Cuando supo que su madre tenía certeza de que él ya había comprendido, comprendió que era el momento de actuar.
Un día, Ernestito se acercó cariñoso a su madre y le pidió una gaseosa. Ella, ingenua y confiada, fue hasta el puesto de bebidas. Ernestito esperó hasta que ella llegara y hablara con el vendedor. Sabía que la distancia que lo separaba de ella haría imposible cualquier posibilidad de fracaso.
Ernestito miró alternativamente a su madre y al tobogán. Cedió a su tentación y en un segundo salió disparado hacia el juego. Corrió con todas sus fuerzas hasta alcanzar la escalerita. Justo en el momento en que colocó el pie en el primer peldaño logró ver que su madre lo buscaba con la mirada. Aprovecho esa breve confusión de ella para trepar los peldaños sin respirar. Sus ojos en la altura se cruzaron con los de su madre. Por unos segundos ambos se quedaron mirándose en el calor de la tarde. Y al unísono, su madre comenzó a correr y él terminó de trepar hasta llegar a la plataforma. Miró por última vez a su madre. Ya no escuchaba los gritos de ella exigiéndole que se bajara, que se quedara quieto, que no se tirara. Solo escuchaba el latido de su corazón que golpeaba su pecho acallando sus sentidos. Cerró los ojos y se dejó caer.
Lo abrazó un silencio absoluto, definitivo. El túnel era interminable. Una extraña calidez en su interior lo reconfortó. Pero a esa agradable sensación le siguió un súbito escalofrío que inquietó su alma.
Cuando al fin la caída terminó,  sintió la arena húmeda bajo sus pies. Los gritos de los otros niños y los de su madre ya no se escuchaban. Abrió los ojos lentamente como quien despierta de un largo sueño. Buscó, parpadeando intensamente, a su madre pero no pudo encontrarla en ningún sitio. A decir verdad, todo le parecía extraño. La plaza ya no era la plaza. Un poco triste y resignado se levantó con notable dificultad. Se sentía pesado, cansado. Se pasó las manos arrugadas por los ojos lagrimosos y comprendió, en ese mismo instante, que estaba demasiado viejo para volver atrás.

EN LAS ALTURAS

Octavio Flores vivía a un metro del suelo.
No metafórica sino literalmente a un metro del suelo. Nadie sabía por qué ocurría aquello. Incluso él mismo llegó a dudarlo muchas veces. Lo cierto es que Octavio pasaba por las calles o las plazas volando. O mejor dicho, flotando, como si levitara constantemente. Sin tocar jamás el piso.
Las viejas del barrio y los comerciantes inescrupulosos se horrorizaban de esta anomalía gravitacional. Lo nombraban con apodos oprobiosos y discutían sobre el mejor método para acabar con esa aberrante anormalidad. Es más, llegaron a la conclusión de que ese defecto se debía a la licenciosa vida de su padre poeta. Algunos se animaron a afirmar que se debía a la influencia de un empleo pasajero que el padre del muchacho había realizado como vendedor de globos cuando la fábrica en la que trabajaba cerró. Otros opinaban que las costumbres liberales y desprejuiciadas de la madre tenían la culpa del mal.
Los chicos lo veían surcar los potreros con sonrisas cándidas y lo saludaban. Ellos entendían, deseaban, aquella situación porque les permitía soñar. Les gustaba fantasear en voz alta con las cosas que harían si tuvieran la suerte de Octavio.
Las mujeres lo miraban de reojo porque las señoritas bien educadas y cristianas no pueden ni deben mirar a un hombre de esa condición volátil. Ellas merecen hombres formales, decentes, preparados, educados… burgueses.
Él se burlaba de eso simulando ser el Cristo en la cruz. Le encantaba pasearse agarrado de las puntas de la reja de la Iglesia los domingos. Esperaba allí hasta que la misa acabara y cuando salían las devotas extendía sus brazos y juntaba los pies. Un día, llegó al colmo de la paciencia de los espectadores cuando se apareció con una túnica cubriendo sus partes nobles y una corona de espinas que había hecho sustrayendo unas rosas de la casa de Doña Eulalia. Los presentes no soportaron tan descarado espectáculo y el asunto termino con insultos, blasfemias de toda índole y hasta algunos proyectiles improvisados con baldosas rotas. Octavio se dio a la fuga con un ataque de risa.
De más está decir que la policía lo tenía entre ceja y ceja. Buscaban siempre un pretexto para detenerlo y encerrarlo. Esto último lo lograban solo después de grandes esfuerzos ya que debían utilizar sogas y escaleras para arrestarlo. Así, resignado y risueño, Octavio se dejaba arrastrar por los oficiales como un globo de cumpleaños hasta la dependencia policial. Lo dejaban libre al día siguiente luego de despacharse unos sermones interminables acerca del orden público, la moral, la decencia y las leyes físicas del universo. El muchacho asentía sonriendo hasta perderse entre las copas de los árboles. No entendía por qué lo perseguían aunque no daba mayor importancia al asunto. Estaba acostumbrado.
Sin embargo eso no siempre fue así. Hubo un tiempo en que Octavio padeció realmente esta situación.
Cuando nació el médico no cortó el cordón umbilical por temor a que el niño saliera flotando por la ventana y se perdiera para siempre. Su madre, amorosa y comprensiva,  lo tomó entre sus brazos y lo besó tiernamente en la frente sujetándolo fuerte para que la brisa no lo alejara de su pecho.
En la escuela no la pasó del todo bien. Cuando el resto de los niños miraba al frente para copiar la lección del pizarrón, él debía hacer grandes esfuerzos mirando hacia abajo para poder leer lo que el maestro anotaba en la pizarra. Esto le ocasionaba constantes dolores de cuello y mareos. En los recreos no podía saltar la soga, ni jugar al fútbol, ni lanzarse por el tobogán. Se lanzaba pero flotaba a medio metro de la pendiente sin llegar nunca a la arena. Era frustrante.
Tuvo una adolescencia solitaria. Su primer beso fue a los doce años cuando una de sus compañeras de clase jugaba en el sube y baja. Él estaba locamente enamorado, pero ella apenas lo registraba. Era un amor no correspondido, es decir, un amor doloroso. Octavio estaba resuelto a besarla. Lo pensó bien, tomó coraje y se decidió. Fue acercándose despacio, con sigilo. En el momento en que la niña subió al punto máximo que le permitía el juego, él aprovechó la simetría de altura y la besó apasionadamente. Ella gritó, bajó, volvió a subir y con una admirable contundencia le sacudió las ideas con una olímpica bofetada en medio del rostro. Ese mismo día Octavio supo lo que es padecer por amor.
“Un hombre de verdad debe tener los pies sobre la tierra” había oído decir a una madre durante una reunión de la escuela. Su padre, al ver el semblante de su hijo, argumentó que un hombre es hombre por su capacidad de amar y de soñar y no por ser un próspero ferretero. Octavio sintió por primera vez orgullo. Desde esa tarde juró no renegar más de su situación y aceptarse así mismo sin vacilaciones.
Una noche, durante una fiesta en la plaza del barrio, vio a lo lejos algo que le llamó poderosamente la atención. Él se encontraba abrazado a una columna de alumbrado, solo, cuando descubrió a lo lejos la figura encantadora de una muchacha. Primero no dio crédito a lo que veía. Lo adjudicó al exceso de ponche que había injerido durante la tertulia. Pero poco a poco aquella silueta divina parecía acercarse más a él. Obviamente lo que más lo deslumbraba era que podía verla directo a los ojos. Sí. La muchacha se acercaba a él a un metro del suelo. Octavio vio sus pies suspendidos, los zapatos impecables, inmaculados, el vestido amplio, floreado, la mirada enamorada. Al fin, luego de un momento de timidez, se presentó y le tendió la mano invitándola a bailar.
Danzaron toda la noche.
Primero a la altura de los bancos de la plaza, luego casi por encima de los árboles. Pronto sobre los postes de luz, cada vez más pequeños hasta hacerse invisibles desde el suelo.
Hasta que nadie más pudo verlos.