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EMPANADAS

Todos los días, sin importar el frío o el calor, la lluvia o la helada, pasaba por el kiosco y compraba dos empanadas. Se sentaba en la esquina con la mirada perdida, esperando, y las comía con parsimonia. "Disculpe que me entrometa", dijo un día la cocinera: "Todos los días compra lo mismo y espera...". La miró en silencio: "Sí, espero a mi hermano que un día vino a comprar aquí y nunca volvió". Los ojos de ella se nublaron de pronto: "Lo siento". "Hasta mañana", dijo. Él no sabía que su hermano estaba muerto, que la cocinera era una asesina y que el relleno de las empanadas no era de carne vacuna.

AMANTE INFERNAL

Cuando ella se acercó, un escalofrío tétrico recorrió mi espalda. Tocó mi hombro y las gélidas falanges de sus manos muertas evocaron en mí el deseo del abismo.

REFLEJO

Un hombre contempla un gran cuadro y se impresiona al ver plasmada en la tela la muerte de un hombre que contempla un gran cuadro.

ASESINO

Le recordaba citas, reuniones, cumpleaños, citas. Era insufrible. Tomó el martillo. Lo alzó con violencia. Y asesinó al celular.

VINO

Paladearte, degustarte, olerte, sentir las finas notas de tu piel, elevar la copa de tu cuerpo a trasluz y beberte poco a poco.

DESESPERADO

Asaltó un banco. Estrelló su auto contra una escuela. Atentó contra el Presidente. Algo había que hacer: no vendía ni un solo diario.

DOBLE

Al cruzar la calle le pareció extraño, quizás familiarmente extraño. El parecido era
asombroso. Con sólo ver sus ojos pudo leer una mirada conocida. Tal vez la recordaba de un lugar que a menudo frecuentaba pero que ya había olvidado. Era indudable, aunque no innegable, que por su mente circularon ráfagas imaginativas, casi tan lejanas que debió realizar un esfuerzo extra humano para divisarlas. Fueron sus manos –las de él, las del otro- dibujando enmarañadas figuras de arrugas y miseria. Pero se asemejaban tanto una a otra, una con la otra. Claro que todas, en mayor o menor medida, se parecen. “Es tan
universalmente repetible el Hombre”, pensó. O lo dijo con esa voz que grita para adentro y al hacerlo calla. Pero miró sus pies desnudos tan idénticos, tan genuinos, tan inmóviles, petrificados casi, en el cemento adoquinado. Y creyó que aún podían servir, aunque más no sea, para cruzar –como él, como el otro- esa calle estrecha y desaliñada. Que podían llevarlo tan lejos como fuera necesario, allí donde los senderos sean tan lejanos como la noche y el día. Sintió, con cierto asombro, que sus pasos resonaron más pesados, más lentos, más acompañados pero sacudió las piernas con un gracioso ademán como para aligerar la carga. ¡Qué alivio deshacerse de la ilusión! Luego escuchó su voz, ese hilo sonoro que apenas podía percibir. Y en un acto de cronológica simultaneidad no pudo descifrar las palabras –las de él, las del otro- mezclándose, no supo quién había pedido y
quién había negado, quién terminaba de cruzar la calle y quién concluía sus esperanzas.

DESCUBRIMIENTO

La tormenta arreciaba dejando oír el repiquetear de las gotas sobre el viejo tejado de la casa. De pronto, la poca luz del cuarto se fue súbitamente dejando en total oscuridad la habitación. Unos pasos se oyeron detrás de la puerta. Al acercarme una hoja se deslizó por debajo. Para cuando logré abrir, el silencio de la noche llenaba la casona. A mis pies la hoja esperaba revelar una verdad que no esperaba. La tomé, cerré con llave y volví al cuarto. Coloqué la carta junto a la tenue luz de una vela y la abrí: “Eres un fantasma”.

INMORTALIDAD

En la China Imperial, en tiempos en que la historia no se dividía en un antes y un después, hubo un Emperador muy afortunado. Un mago de su corte le dijo a aquel soberano en su niñez que había logrado volverse invulnerable. El monarca vivió contento pensando en lo dichoso que era. Pero un día, en un paseo por los campos, se clavó una espina en el pie: le dolió y sangró. El Emperador vivió triste el resto de sus años, sin dejar descendencia y en la más cruda melancolía.

ASESINO


Dejó el revolver sobre la mesa como quien abandona para siempre un recuerdo gris. Caminó lentamente hasta la cocina. Encendió un cigarrillo. Lo fumo despacio, succionando cada milímetro, saboreando ese duro y dulce sabor negro. Tomo un vaso de cristal esfumado. Cargo wiski y agregó dos hielos. Los hielos bailaron un momento en el fondo hasta quedarse perfectamente quietos, fijos en el centro. Los miró un instante y luego, sin pestañar, vacío el vaso de un trago carraspeando al final. Se limpió los labios con la manga de la camisa. De pronto, se vio en el espejo de la cocina, un espejo pequeño, chato. Hacía mucho que no se miraba así, solo, triste, vencido. Y ahora qué pensó, hacia donde. Que hacer. Será cuestión de acostumbrarse pero como. Cuando uno pasa la vida en el mismo trabajo y lo pierde. Como se acostumbra uno. Claro que su trabajo no era común y la paga era buena. Lo cierto es que nunca lo había hecho por el dinero sino porque le gustaba. Lo disfrutaba. En ciertos casos se divertía dependiendo del cliente. Pero el de esa noche había sido el último trabajo. Y no sabía qué hacer ni que pensar ni que decir. Solo se miraba en el espejo de la cocina, un espejito miserable, pálido, casi tan frío como él.

TRABAJO

Amanecí dolorido y cansado. Un extraño sabor amargo contagiaba mi boca y un intenso dolor en las sienes me decía que la noche había sido movida. Con el sol levantándose ya en el cielo mis ojos se entrecerraron hasta que mis párpados se unieron al fin. Con notable esfuerzo adopté mi mejor postura para soportar la agobiante jornada laboral que me esperaba. Era mi trabajo. Los visitantes del parque ya podían disfrutar de la estatua de San Martín.

BORRACHO

Borracho

Bebió una, luego otra y otra más. Sin detenerse a paladear su sabor. Su sed era de las que no se calman. Y se embriagó de palabras.


CUARTO NEGRO

El cuarto era pequeño, oscuro y sombrío. Casi no podía percibía nada desde donde estaba, solo una leve claridad amarillenta que se mezclaba con la penumbra en lo alto de la habitación. Cuando quiso moverse sintió un dolor agudo en las costillas, una puntada y una momentánea ausencia de aire lo paralizó unos segundos. No sabía cómo había llegado allí, ni cuándo ni por qué. No recordaba nada desde el martes cuando había salido del cine y se dirigía a casa, feliz y extasiado. Luego nada. La sombra del cuarto y el silencio atroz de la noche.

Candela

Candela coquetea, se muestra, se pasea por la plaza, por el parque, por las calles. Se da vuelta cuando se sabe observada. Desafía con la mirada. Él la deja hacer, porque sabe que el amor es libre o no es. Ella lo sabe. Se esconde, se aleja, pero vuelve, siempre vuelve. Entre ellos no hay palabras. Se llaman con los gestos, con los silencios. Se comprenden. La intensidad del cariño no entiende frases ni el corazón de palabras. Y en el momento precioso él la llama como quien espera un sueño y ella, traviesa, loca, lo mira, mueve la cola y lo abraza.

Para mi hermano del alma... hippie.

2001

A las víctimas de la represión del 19 y 20 de diciembre.

Me llamas o te llamo. Me llamas llamándote o te llamo llamándome. Te escucho en el inquebrantable horizonte que delinea la nada. Parece que las voces se agotan y se pierden. Tu voz se confunde con la mía y ambas con las otras. Nos escuchamos en la lejanía. El viento hace sensible el deslizamiento de los sonidos entrecruzados. ellos escuchan el canto de las gargantas sedientas. Ruidos conocidos silban en los oídos marchitos de rencor. Cataratas de fonemas. Lluvia de letras. Sopas de sílabas revueltas. Todo un huracán de palabras imperceptibles. Del confín de la agonía se filtran las voces por las grietas del alma. ¿Qué no se entienden? Se escuchan. Con eso basta. No es preciso entender. Esos abruptos remolinos de alfabeto se sienten. Gimen nuestro dolor en un mar de lágrimas. Claman la memoria que nos olvida sin tregua, que nos oculta, que nos somete a un confinamiento que rara vez se transforma en libertad. Un llamado. Eso es. Una llamado de los espíritus que supera la mortal convalecencia del ser. Trasciende las fronteras del entendimiento para hermanarse en un grito de desahogo. Poco importa el sentido estricto, lo importante es la fuerza que arrastra consigo esa música arrojada del paladar hambriento. Me llamas, o mejor, te llamo con tu voz. Tu singular deterioro es el mío. No hay direcciones opuestas ni caminos encontrados. Las veredas confluyen en la única dirección posible. La Plaza estalla y se revuelca. Se baña de pañuelos, puños y acuarelas. Se tiñe de sangre y de esperanza. Corre con pies de niños, con piernas de joven, con cabeza de años. Sus brazos se prolongan cobijando a sus ¡hijos, sus nietos, sus enaltecidos vástagos. El mundo parece resuelto y vibrante. Empecinado y loco. Suenan las sirenas. ¿Escuchas? Las voces comienzan a unirse. Son muchas, son una sola. Los ruidos parpadean. Ensordecen. ¿De goma? Que bah... suenan como a guerra. Aquí y allá caen tus árboles, vieja Plaza. Pero sus raíces están intactas. Aferradas aún más a la tierra que les da sustento. Quizás la próxima primavera no haya sombra donde se acuesten los enamorados. Quizás no la próxima. Pero brotarán pronto los retoños. De una floreciente naturaleza asentada en las viejas raíces. Viejas como tú que me llamas con tu nido de voces en la garganta. O acaso soy yo que me abrazo a tu esperanza. Ofreces tus rincones, tus baldosas, tus monumentos. Te entrego mis venas, mi sangre, mi hombría plena. Caen las cadenas por tu llamado -o el mío. Es un despertar de la conciencia adormecida, soñadora. Hasta aquí el mensaje llega. Invita al sueño a ser realidad y a la realidad a construir un sueño. Hoy caerá el sol en el horizonte gris. Pero mañana surgirá en él uno nuevo y desafiante. Y su resplandor cubrirá de anhelos tu pasado y de augurios tu presente. Y el recuerdo vivo se llenará de gloria en las generaciones y un niño mirará al cielo, y el cielo mirará al niño.

VENGANZA

Apenas empezó a delinear los primeros garabatos –típicos bigotes enroscados- una mano salió del muro y tomó del cuello al joven que sin poder zafar de su prisión ni del súbito asombro debió soportar estoico que el señor pelado del afiche le dibujara unos anteojos extremadamente anchos con su propio fibrón indeleble.

LOS LIBROS MUERDEN

Siempre me pareció absurdo aquello de “Los libros no muerden” con que las viejas comedidas y las maestras inescrupulosas intentan acercar a los jóvenes a la lectura. “Los libros no muerden” se parece mucho a “Los libros no hacen nada”, lo que es una falsedad absoluta. Por supuesto que lo libros muerden, y bien fuerte. No solo eso: dejan marcas imborrables. Cuando nos muerde un libro por primera vez nos atrapa, nos sujeta con sus garras y clava en nosotros sus historias secretas. Porque si un libro no muerde, si no nos marca, si no nos inicia en los caminos dolorosos de la vida es preferible gastar nuestro tiempo en los vacíos confines sin sentido de la TV y la comida chatarra.

DESVARÍOS

Cuando el perro metió la cabeza en el pozo nadie esperó menos que estrellas porque en la cima de la montaña las autopistas son más cortas y la vida más amarga. De todas formas el tren pasó a horario aunque el cordón de la vereda estuviese torcido y, a decir verdad, el carnicero estaba con dolor de muela en la esquina de la verdulería. alguien pensó que sería bueno nacer con la nariz en la nuca y los ojos en los dedos, justo cuando el farol de la estación se prendió hasta quedarse ciego. la señora tira al bebé por la ventana del 4º G y él vuela hasta la fuente de la plaza para refrescarse los juanetes con naftalina. hay que saber hablar con los postes de alumbrado a pesar de que su sabiduría es relativa y su humor, pésimo. y todo pasa: la calle, el edificio, el perro, la estación, el niño, la fuente, la verdulería... todo menos yo que sigo en el mismo, único imposible lugar de siempre.

REPETICION III

No creo estar errado si afirmo que ella lo planeó todo. Sí. Aunque la historia fue luego modificada y adaptada a las conveniencias de una mujer de su categoría y posición, eso no quita que los hechos hayan ocurrido de una manera completamente opuesta a la que se conocen.
Ella lo amaba. Sí. Él también. Aunque no lo demostraban. Ella se cuidaba bien de aparentar en los pasillos y los paseos públicos pero en el fondo su único deseo era estrecharlo entre sus brazos. Era un amor prohibido y, por ello, apasionado. Solo se habían visto una vez: el día que lo encerraron para siempre. Pero una mirada bastó, un solo gesto, para entender que debían estar juntos.
Ella intentó llegar a él muchas veces. Él buscó mil y una formas de librarse de su prisión, de derribar los muros, de escapar. Extenuó los corredores, las galerías en desesperada fuga sin encontrar los medios ni las formas. El tiempo, vil enemigo, pasaba sin esperanzas. Ella desfallecía.
Sin embargo, aquella mañana fría y silenciosa la sorprendió la inesperada presencia de aquel hombre. Vio en él la posibilidad que tanto tiempo había esperado. Le costó mucho trabajo no ceder a la desesperación que la invadía por dentro. Cuando su padre se lo presentó actuó con naturalidad y aplomo, sin dejar entrever sus verdaderas intenciones. Con astucia consumada fue ganando su atención, atrayéndolo, guiándolo a sus redes. Hasta que al fin logró lo que anhelaba: aquel hombre –aprovechando unos momentos a solas- le declaró fervorosamente su amor. Ella, pérfida, segura, exultante, se hizo rogar, retrocedió, se ofuscó pero solo lo necesario para comprobar que estuviera dispuesto a todo. Y lo estaba.
Fue una noche de intriga y tensión. Él prometía todo y ella dejaba escapar alguna que otra promesa, algún que otro beso. Cuando consideró que las condiciones estaban dadas arremetió con su plan plagado de fábulas y mentiras: entre lágrimas fingió un gran disgusto con su padre a causa del prisionero, simuló una aberración inexistente hacía el condenado. Remató la argucia con cinismo y determinación: le prometió su mano si se deshacía de él. El hombre no podía contenerse. Su amor era irrefrenable y estaba en condiciones de prometerlo todo. Y aceptó.
La noche siguiente fue particularmente cálida y oscura. Como habían convenido, se encontraron en las puertas de la enorme prisión a medianoche. Ella llevaba un sugerente vestido de seda. Él, el pecho descubierto. La besó con pasión. Ella aprovechó la ocasión para deslizar una tímida sugerencia que él aceptó antes de comprender.
Tomó el hilo y avanzó por los pasillos volviendo la vista a cada paso hasta que no pudo distinguirla en la inmensidad de la noche.

Pasaron unas horas de tensión y duda. Ella aguardaba ansiosa repasando el plan que había ideado meticulosamente: él saldría luego de vencer sin problemas a aquel hombre engreído y torpe, escaparían en una balsa que su criada de confianza dejaría en la orilla del río, navegarían todo el día y toda la noche hasta una pequeña isla donde permanecerían escondidos un tiempo. Todo era perfecto. O casi.
Algo estaba fallando en ese momento sin que ella lo supiera.
Se aproximó lentamente hasta la puerta al oír unos pasos acercándose. Su rostro iluminado de felicidad comenzó a palidecer a medida que las primeras luces del alba le permitían identificar una silueta odiosa: aquel hombre con el que ella había jugado salía a duras penas, ensangrentado, herido… triunfante.
Antes de desmayarse alcanzó a escuchar unas terribles palabras:
-         Sonríe, el Minotauro está muerto.