Apenas
empezó a delinear los primeros garabatos –típicos bigotes enroscados- una mano
salió del muro y tomó del cuello al joven que sin poder zafar de su prisión ni
del súbito asombro debió soportar estoico que el señor pelado del afiche le dibujara
unos anteojos extremadamente anchos con su propio fibrón indeleble.
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