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JUAN CARLOS RODRÍGUEZ

Desde ese lugar proclamo


Yo también, 

como el chileno Pablo,

soy el poeta hijo

de pobres, padre, tío,

primo, hermano carnal

y concuñado

de los pobres, de todos,

de mi patria y de las otras, 

y desde ese lugar 

de pobreza proclamo

que hay que seguir luchando,

remando, hasta que los

pájaros se endurezcan,

los peces se rebelen y salgan todos del agua

las ramas se vuelvan negras

los árboles cristalicen

y el hombre se dé cuenta 

que ha hecho un desastre.

Mientras las gaviotas ensayan

marchas fúnebres

el viento se queda quieto

y un navío, que se había perdido,

sale volando con mil reclamos.

***


Un amor que sepa despertarte


Tal vez haga falta 

que haya un un roce de piernas atrevidas

una tarde, debajo de la mesa, 

cuando dos copas de vino entrechoquen el aire

y comience un recorrido de besos apurados,

un exceso de gozos y de mieles

un zodíaco celeste de gemidos

una canción que derrote a la prudencia.

Quizás debería existir un amor que sepa despertarte

de tu sueño bonito de princesa

y exista un arrebato que tiña los días

con el amarillo de los frutos, con el rojo del deseo.

Ahí nos daríamos cuenta

que hay historias que se escriben con la boca

con la piel, con el celo, con la prisa

de todos los sentidos.

Te contengo y te abrazo mientras evoco

que hubo una mujer que rasgó su manto

y coronó su sexo con estrellas.

Hay que vivir, exclamo,

ya que muchos se fueron, y quedamos nosotros…

mordiéndonos la boca, agitando nuestras pausas,

guardando muy bien nuestro secreto,

mientras te miro en silencio

y comprendo por qué lloras

cuando hacemos el amor.

***


¿A quién le digo?


La catarsis, la confesión,

no deben confundirse con la 

escritura poética.

Entonces, cómo digo que

mi poesía fundó ternuras,

y que fue un buen aprendizaje,

una herida abierta recordar tus pechos.

Cómo transmito

que me enamoraba verte encendida,

y que te amaba como si pudiera parir,

mientras los pájaros aleteaban al ver tu piel.

A quién le digo

que tu sexo era una cucharada de sombra

enhebrando la noche entre mis manos.

A quién le musito que había vuelos caóticos

elevados en suspiros

y que siempre, absolutamente siempre,

me daba miedo entrar a la cama

si entre mi cuerpo desnudo y la otra pared

no estaba tu geografía.

***


La abuela María    


Los ojos de mi abuela María recorrían el dibujo

de las acequias tranquilas de Mendoza

por donde antes yo había paseado,

mientras me preguntaba para qué iba

si era mejor quedarse adentro dibujando.

La abuela siempre se quejaba del frío

cordillerano que le perforaba los pulmones

mientras recordaba al abuelo Pascual

cuando iba a buscar uvas al galpón,

en tanto su memoria lo traía a nuestro lado.

Me pedía que lo dibuje, 

un poco más grande la nariz.

Han pasado muchos años y le juro

que no revelaré sus secretos.

***


La Norma   


Mi vecina Norma

tenía arranques de violencia

un día me atenazó el cuello con sus fuertes

brazos de loca y me salvó su madre

que me liberó de esas tenazas implacables.

Siempre me decía que le gustaba

ir a la Laguna y llenar de olor a peces

sus pulmones averiados.

Pobre Norma que no era comprendida

y soñaba con ser reina de la primavera

sin darse cuenta de sus pilosidades y sus kilos.

Cada tanto se quedaba mirando la tele

ojos perdidos, brazos en oración,

sin perseguir imágenes, sólo cavilando.

Hoy que la recuerdo la vinculo

con ese cuadro espatulado de Behrens

la mujer mirando el Mediterráneo

como quien está a punto de tirarse

y acabar con sus pensamientos sombríos.

***


Sangre encendida


¿Qué es la piel?

Es hambre viva,

es el altar donde la lengua reza

y los dedos dictan su ley.


El beso metido bien adentro

no ternura, sino invasión caliente,

desgarrar la boca con deseo

hasta que el aire se rinda.


La viga y el tajo

cruzados en la penumbra,

madera dura contra herida húmeda,

golpe y refugio,

latido y gemido en el mismo filo.


La sangre encendida de nuevo

revienta las venas,

sube, arde,

gira en espasmos

que hacen del cuerpo un incendio.


Pasar la lengua a la piel

es arrancar su secreto,

saborearlo lento,

sal, sudor y carne

que no se cansan.


Que los cuerpos vuelvan a los cuerpos,

que se crucen, se hundan, se rompan,

que no haya arriba ni abajo

sino pura fusión animal.

Que la piel sea el territorio

donde reine nuestro temblor.

***


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ

Periodista y escritor, nació en Junin y reside en Venado Tuerto (Santa Fe). Fue designado Embajador de Paz por Mil Milenios de Paz. 

Obtuvo recientemente el reconocimiento mundial con diploma de honor de APREINT (Agencia de Prensa Internacional) como escritor y periodista. Está incluido en la Gran Enciclopedia de la Cultura Universal, tomo 1. Formó parte de la Antología 100 Poetas por la Paz en ocho ediciones.

Obtuvo recientemente el Premio Internacional de Literatura Manuel Ekiwa Estrella. Ha publicado siete libros de poesía y uno de revisionismo histórico.

Ha estado presente en las ferias del libro virtuales de N. York, Italia, México, España, Colombia, Chile, Perú, Angola, Puerto Viejo (Ecuador), Australia, Filipinas y Argentina. Parte de su obra ha sido traducido al portugués y al catalán.

Su obra forma parte de múltiples antologías americanas y bibliotecas de Argentina y España. Ha ganado varios concursos nacionales e internacionales en poesía y narrativa. Forma parte de Cien Poetas por la Paz y del Movimiento Poetas del Mundo.


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