Desde ese lugar proclamo
Yo también,
como el chileno Pablo,
soy el poeta hijo
de pobres, padre, tío,
primo, hermano carnal
y concuñado
de los pobres, de todos,
de mi patria y de las otras,
y desde ese lugar
de pobreza proclamo
que hay que seguir luchando,
remando, hasta que los
pájaros se endurezcan,
los peces se rebelen y salgan todos del agua
las ramas se vuelvan negras
los árboles cristalicen
y el hombre se dé cuenta
que ha hecho un desastre.
Mientras las gaviotas ensayan
marchas fúnebres
el viento se queda quieto
y un navío, que se había perdido,
sale volando con mil reclamos.
***
Un amor que sepa despertarte
Tal vez haga falta
que haya un un roce de piernas atrevidas
una tarde, debajo de la mesa,
cuando dos copas de vino entrechoquen el aire
y comience un recorrido de besos apurados,
un exceso de gozos y de mieles
un zodíaco celeste de gemidos
una canción que derrote a la prudencia.
Quizás debería existir un amor que sepa despertarte
de tu sueño bonito de princesa
y exista un arrebato que tiña los días
con el amarillo de los frutos, con el rojo del deseo.
Ahí nos daríamos cuenta
que hay historias que se escriben con la boca
con la piel, con el celo, con la prisa
de todos los sentidos.
Te contengo y te abrazo mientras evoco
que hubo una mujer que rasgó su manto
y coronó su sexo con estrellas.
Hay que vivir, exclamo,
ya que muchos se fueron, y quedamos nosotros…
mordiéndonos la boca, agitando nuestras pausas,
guardando muy bien nuestro secreto,
mientras te miro en silencio
y comprendo por qué lloras
cuando hacemos el amor.
***
¿A quién le digo?
La catarsis, la confesión,
no deben confundirse con la
escritura poética.
Entonces, cómo digo que
mi poesía fundó ternuras,
y que fue un buen aprendizaje,
una herida abierta recordar tus pechos.
Cómo transmito
que me enamoraba verte encendida,
y que te amaba como si pudiera parir,
mientras los pájaros aleteaban al ver tu piel.
A quién le digo
que tu sexo era una cucharada de sombra
enhebrando la noche entre mis manos.
A quién le musito que había vuelos caóticos
elevados en suspiros
y que siempre, absolutamente siempre,
me daba miedo entrar a la cama
si entre mi cuerpo desnudo y la otra pared
no estaba tu geografía.
***
La abuela María
Los ojos de mi abuela María recorrían el dibujo
de las acequias tranquilas de Mendoza
por donde antes yo había paseado,
mientras me preguntaba para qué iba
si era mejor quedarse adentro dibujando.
La abuela siempre se quejaba del frío
cordillerano que le perforaba los pulmones
mientras recordaba al abuelo Pascual
cuando iba a buscar uvas al galpón,
en tanto su memoria lo traía a nuestro lado.
Me pedía que lo dibuje,
un poco más grande la nariz.
Han pasado muchos años y le juro
que no revelaré sus secretos.
***
La Norma
Mi vecina Norma
tenía arranques de violencia
un día me atenazó el cuello con sus fuertes
brazos de loca y me salvó su madre
que me liberó de esas tenazas implacables.
Siempre me decía que le gustaba
ir a la Laguna y llenar de olor a peces
sus pulmones averiados.
Pobre Norma que no era comprendida
y soñaba con ser reina de la primavera
sin darse cuenta de sus pilosidades y sus kilos.
Cada tanto se quedaba mirando la tele
ojos perdidos, brazos en oración,
sin perseguir imágenes, sólo cavilando.
Hoy que la recuerdo la vinculo
con ese cuadro espatulado de Behrens
la mujer mirando el Mediterráneo
como quien está a punto de tirarse
y acabar con sus pensamientos sombríos.
***
Sangre encendida
¿Qué es la piel?
Es hambre viva,
es el altar donde la lengua reza
y los dedos dictan su ley.
El beso metido bien adentro
no ternura, sino invasión caliente,
desgarrar la boca con deseo
hasta que el aire se rinda.
La viga y el tajo
cruzados en la penumbra,
madera dura contra herida húmeda,
golpe y refugio,
latido y gemido en el mismo filo.
La sangre encendida de nuevo
revienta las venas,
sube, arde,
gira en espasmos
que hacen del cuerpo un incendio.
Pasar la lengua a la piel
es arrancar su secreto,
saborearlo lento,
sal, sudor y carne
que no se cansan.
Que los cuerpos vuelvan a los cuerpos,
que se crucen, se hundan, se rompan,
que no haya arriba ni abajo
sino pura fusión animal.
Que la piel sea el territorio
donde reine nuestro temblor.
***
JUAN CARLOS RODRÍGUEZ
Periodista y escritor, nació en Junin y reside en Venado Tuerto (Santa Fe). Fue designado Embajador de Paz por Mil Milenios de Paz.Obtuvo recientemente el reconocimiento mundial con diploma de honor de APREINT (Agencia de Prensa Internacional) como escritor y periodista. Está incluido en la Gran Enciclopedia de la Cultura Universal, tomo 1. Formó parte de la Antología 100 Poetas por la Paz en ocho ediciones.
Obtuvo recientemente el Premio Internacional de Literatura Manuel Ekiwa Estrella. Ha publicado siete libros de poesía y uno de revisionismo histórico.
Ha estado presente en las ferias del libro virtuales de N. York, Italia, México, España, Colombia, Chile, Perú, Angola, Puerto Viejo (Ecuador), Australia, Filipinas y Argentina. Parte de su obra ha sido traducido al portugués y al catalán.
Su obra forma parte de múltiples antologías americanas y bibliotecas de Argentina y España. Ha ganado varios concursos nacionales e internacionales en poesía y narrativa. Forma parte de Cien Poetas por la Paz y del Movimiento Poetas del Mundo.

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