Un monarca ordenó que se ejecutara la pena de muerte para aquellos que incurrían en el delito de asesinar a un semejante. Cierto día, fue apresado en las afueras de la ciudad un joven pastor acusado de matar a su padre. Tras largas sesiones de “interrogatorios” el pastor firmó su declaración de culpabilidad con el único dedo que le había
quedado sano. Luego, el joven fue llevado al patíbulo. Allí lo esperaba el verdugo con su rostro cubierto. A los pocos minutos la cabeza de aquel hombre rodaba hacia el canasto. Luego de un prolongado silencio de reflexión, un grupo de soldados irrumpió en los aposentos reales. Tomaron al Rey y lo condujeron al cadalso. Horrorizado contempló la cabeza del muchacho recién decapitado. Los soldados ayudaron al verdugo a mantener quieto al monarca sobre el yunque de sacrificios. Poco después, la cabeza –aún ceñida a la corona- rodó hasta la cesta. El verdugo, ante el asombro general, aplicó su cruel oficio sobre sí mismo. Igual actitud tomaron los soldados que capturaron al Rey. La plaza se convirtió en un cementerio improvisado. El pueblo anonadado permaneció atónito unos minutos. Luego, entre gritos y corridas, preparó una gran fiesta en honor al Rey. Después de todo, la Ley había sido cumplida al pie de la letra.