Hace mil novecientos setenta y siete años, Jesús encabeza
una mítica y legendaria cena. A su lado, doce apóstoles, doce
amigos, levantan sus copas y brindan en paz. A sabiendas de
la inminente traición y la futura crucifixión, el Mesías
observa a sus compañeros reunidos y sonríe. Mil novecientos
setenta y siete años después, por esas mutaciones de la
historia, Ramón se sienta a la mesa de su humilde casilla en
un barrio oscuro del conurbano. A su lado toman posición
sus once hijos y su fiel esposa. Las migajas de lo que
aparenta ser una cena yacen sobre las tablas frías. Al igual
que nuestro Señor, Ramón conoce de sacrificios y traiciones.
Por la mañana, el Cristo saldrá a las calles polvorientas
donde lo esperan miradas de reprobación. Será acusado,
condenado y marginado por aquellos que lo conocen.
Caminará senderos tortuosos, padeciendo las inclemencias
del tiempo y aún de los hombres. Finalmente detendrá su
marcha y mirando al cielo preguntará a Dios porque lo ha
abandonado. Sinn oír respuesta alguna aceptará su Destino;
sin titubear cruzará la barrera que separa al hombre del
mártir. El Otro, a mil novecientos setenta y siete años de
distancia, exhalará su último respiro e ingresará a la
Divinidad.