Mientras esperaba el colectivo, la ansiedad carcomía la mente del enamorado. En una hora debía estar en la dirección que un misterioso papel aparecido por debajo de la puerta de su casa le señaló. No sabía con certeza qué lo esperaba, pero estaba seguro que aquella mujer sería la que tantas soledades esperó. Le temblaban las manos de impaciencia y las piernas se le aflojaban de tanto en tanto. Al fin, desde una prolongada curva apareció el colectivo. Su cuerpo, lejos de relajarse, se estremeció aún más. Sacó un
boleto de los más caros y se sentó bien al fondo para que nadie lo importunara con algún gesto de innecesaria solidaridad. Se acurrucó en el asiento y dejó volar sus deseos más ocultos. Pensó en ella, en su cara, en su pelo, en sus formas femeninas. Sintió su perfume endulzando la atmósfera. Creyó divisar unos ojos muy azules en un piel muy blanca, coronados de oro entrelazando el viento. Un bache lo despertó de su ensueño desacomodándolo de su lugar. Retomó su postura luego de verificar en qué parte del trayecto se encontraba. Aún faltaban unos treinta minutos de viaje. Cerró los ojos y ella apareció con su sonrisa llena de relámpagos, con su boca carnosa destilando anhelos ocultos. Divisó unas manos delicadas aproximándose a él con ternura. Sintió el rose de esas mismas manos en su piel
sudorosa. Esbozó una suave sonrisa de complacencia. Una abrupta maniobra del chofer lo rescató nuevamente de su idealización amorosa. Ya estaba cerca, tan sólo unos minutos más y llegaría. Al fin la vería, al fin sabría si esa mujer lo amaba como él a ella. Un temor lo asaltó de golpe, una ráfaga de incertidumbre y nerviosismo. Sus piernas se aflojaron nuevamente y sus manos comenzaron a moverse sin control. Intentó tranquilizarse, pero le era imposible. Se recostó sobre el respaldo y lentamente cerró los ojos. Allí estaba ella, sonriente, perfecta, cercana, tan real, tan única. Lo miraba con delicadeza pero sin perder sensualidad. Lo llamaba con gestos casi imperceptibles, que solo él podía codificar en amorosas proposiciones. Comenzó a acercarse lentamente. Sus piernas dibujaban ensueños en cada paso. Sus labios se entreabrían deseosos y palpitantes. Ya estaban uno contra otro. Casi podían respirar las mismas partículas de aire. Sus miradas se entrelazaban y… El grito del chofer indicando el fin del recorrido lo despertó de su fantasía. El enamorado se levantó con cierta dificultad. Palpó en su bolsillo el papel con la dirección. Caminó hasta el frente del colectivo. Permaneció unos segundos en silencio. Por fin se decidió y sacó otro boleto de vuelta. Volvió a su asiento, se acomodó con sumo cuidado y cerró lentamente los ojos. Allí estaba ella esperándolo.